502 «¡Qué vergüenza, argivos! Ya llegó el momento de morir ó de salvarse rechazando de las naves á los teucros. ¿Esperáis acaso volver á pie á la patria tierra, si Héctor, de tremolante casco, toma los bajeles? ¿No oís cómo anima á todos los suyos y desea quemar los navíos? No les manda que vayan á un baile, sino que peleen. No hay mejor pensamiento ó consejo para nosotros que éste: combatir cuerpo á cuerpo y valerosamente con el enemigo. Es preferible morir de una vez ó asegurar la vida, á dejarse matar paulatina é infructuosamente en la terrible contienda, junto á los barcos, por guerreros que nos son inferiores.»

514 Con estas palabras les excitó á todos el valor y la fuerza. Entonces Héctor mató á Esquedio, hijo de Perimedes y caudillo de los focenses; Ayax quitó la vida á Laodamante, hijo ilustre de Antenor, que mandaba los peones; y Polidamante acabó con Oto de Cilene, compañero de Meges Filida y jefe de los magnánimos epeos. Meges, al verlo, arremetió con la lanza á Polidamante; pero éste hurtó el cuerpo—Apolo no quiso que el hijo de Panto sucumbiera entre los combatientes delanteros,—y aquél hirió en medio del pecho á Cresmo, que cayó con estrépito, y el aquivo le despojó de la armadura que cubría sus hombros. En tanto, Dólope Lampétida, hábil en manejar la lanza (habíalo engendrado Lampo Laomedontíada, que fué el más valiente de los hombres y estuvo dotado de impetuoso valor), arrancó contra Meges y acometiéndole de cerca, dióle un bote en el centro del escudo; pero el Filida se salvó, gracias á una fuerte loriga que protegía su cuerpo, la cual había sido regalada en otro tiempo á Fileo en Éfira, á orillas del río Seleente, por su huésped el rey Eufetes, para que en la guerra le defendiera de los enemigos, y entonces libró de la muerte á su hijo Meges. Éste, á su vez, dió una lanzada á Dólope en la parte inferior de la cimera del broncíneo casco, rompióla é hizo caer en el polvo el penacho recién teñido de vistosa púrpura. Y mientras Dólope seguía combatiendo con la esperanza de vencer, el belígero Menelao fué á ayudar á Meges; y poniéndose á su lado sin ser visto, envasó la lanza en la espalda de aquél: la punta impetuosa salió por el pecho, y el guerrero cayó de bruces. Ambos caudillos corrieron á quitarle la broncínea armadura de los hombros; y Héctor exhortaba á todos sus deudos é increpaba especialmente al esforzado Melanipo Hicetaónida; el cual, antes de presentarse los enemigos, apacentaba bueyes, de tornátiles pies, en Percote, y, cuando llegaron los dánaos en las encorvadas naves, fuése á Ilión, sobresalió entre los troyanos y habitó el palacio de Príamo, que le honraba como á sus hijos. Á Melanipo, pues, le reprendía Héctor, diciendo:

553 «¿Seremos tan indolentes, Melanipo? ¿No te conmueve el corazón la muerte del primo? ¿No ves cómo tratan de llevarse las armas de Dólope? Sígueme; que ya es necesario combatir de cerca con los argivos, hasta que los destruyamos ó arruinen ellos la excelsa Ilión desde su cumbre y maten á los ciudadanos.»

559 Habiendo hablado así, echó á andar, y siguióle el varón, que parecía un dios. Á su vez, el gran Ayax Telamonio exhortó á los argivos:

561 «¡Oh amigos! ¡Sed hombres, mostrad que tenéis un corazón pundonoroso, y avergonzaos de parecer cobardes en el duro combate! De los que sienten este temor, son más los que se salvan que los que mueren; los que huyen, ni gloria alcanzan ni entre sí se ayudan.»

565 Así dijo; y ellos, que ya antes deseaban derrotar al enemigo, pusieron en su corazón aquellas palabras y cercaron las naves con un muro de bronce. Júpiter incitaba á los teucros contra los aqueos. Y Menelao, valiente en la pelea, exhortó á Antíloco:

569 «¡Antíloco! Ningún aqueo de los presentes es más joven que tú, ni más ligero de pies, ni tan fuerte en el combate. Si arremetieses á los teucros é hirieras á alguno...»

572 Así dijo, y alejóse de nuevo. Antíloco, animado, saltó más allá de los combatientes delanteros; y revolviendo el rostro á todas partes, arrojó la luciente lanza. Al verle, huyeron los teucros. No fué vano el tiro, pues hirió en el pecho, cerca de la tetilla, á Melanipo, animoso hijo de Hicetaón, que acababa de entrar en combate: el teucro cayó con estrépito, y la obscuridad cubrió sus ojos. Como el perro se abalanza al cervato herido por una flecha que al saltar de la madriguera le tira un cazador, dejándole sin vigor los miembros; así el belicoso Antíloco se arrojó á ti, oh Melanipo, para quitarte la armadura. Mas no pasó inadvertido para el divino Héctor; el cual, corriendo á través del campo de batalla, fué al encuentro de Antíloco; y éste, aunque era luchador brioso, huyó sin esperarle, parecido á la fiera que causa algún daño, como matar á un perro ó á un pastor junto á sus bueyes, y huye antes que se reunan muchos hombres; así huyó el Nestórida; y sobre él, los teucros y Héctor, promoviendo inmenso alboroto, hacían llover acerbos tiros. Y Antíloco, tan pronto como llegó á juntarse con sus compañeros, se detuvo y volvió la cara al enemigo.

592 Los teucros, semejantes á carniceros leones, asaltaban las naves y cumplían los designios de Júpiter, el cual les infundía continuamente gran valor y les excitaba á combatir, y al propio tiempo abatía el ánimo de los argivos, privándoles de la gloria del triunfo, porque deseaba en su corazón dar gloria á Héctor Priámida, á fin de que éste arrojase el abrasador y voraz fuego en las corvas naves, y se realizara de todo en todo la funesta súplica de Tetis. El próvido Júpiter sólo aguardaba ver con sus ojos el resplandor de una nave incendiada, pues desde aquel instante haría que los teucros fuesen perseguidos desde las naves y daría la victoria á los dánaos. Pensando en tales cosas, el dios incitaba á Héctor Priámida, ya de por sí muy enardecido, á encaminarse hacia las cóncavas naves. Como se enfurece Marte blandiendo la lanza, ó se embravece el pernicioso fuego en la espesura de poblada selva, así se enfurecía Héctor: su boca estaba cubierta de espuma, los ojos le centelleaban debajo de las torvas cejas y el casco se agitaba terriblemente en sus sienes mientras peleaba. Y desde el éter, Júpiter protegía únicamente á Héctor, entre tantos hombres, y le daba honor y gloria; porque el héroe debía vivir poco, y ya Palas Minerva apresuraba la llegada del día fatal en que había de sucumbir á manos del Pelida. Héctor deseaba romper las filas de los combatientes, y probaba por donde veía mayor turba y mejores armas; mas, aunque ponía gran empeño, no pudo conseguirlo, porque los dánaos, dispuestos en columna cerrada, hicieron frente al enemigo. Cual un peñasco escarpado y grande, que en la ribera del espumoso mar resiste el ímpetu de los sonoros vientos y de las ingentes olas que allí se rompen; así los dánaos aguardaban á pie firme á los teucros y no huían. Y Héctor, resplandeciente como el fuego, saltó al centro de la turba como la ola impetuosa levantada por el viento cae desde lo alto sobre la ligera nave, llenándola de espuma, mientras el soplo terrible del huracán brama en las velas y los marineros tiemblan amedrentados porque se hallan muy cerca de la muerte; de tal modo vacilaba el ánimo en el pecho de los aqueos. Como dañino león acomete un rebaño de muchas vacas que pacen á orillas de extenso lago y son guardadas por un pastor que, no sabiendo luchar con las fieras para evitar la muerte de alguna vaca de retorcidos cuernos, va siempre con las primeras ó con las últimas reses; y el león salta al centro, devora una vaca y las demás huyen espantadas: así los aqueos todos fueron puestos en fuga por Héctor y el padre Júpiter, pero Héctor mató á uno solo, á Perifetes de Micenas, hijo de aquel Copreo que llevaba los mensajes del rey Euristeo al fornido Hércules. De este padre obscuro nació tal hijo, que superándole en toda clase de virtudes, en la carrera y en el combate, figuró por su talento entre los primeros ciudadanos de Micenas y entonces dió á Héctor gloria excelsa. Pues al volverse, tropezó con el borde del escudo que le cubría de pies á cabeza y que llevaba para defenderse de los tiros; y enredándose con él, cayó de espaldas, y el casco resonó de un modo horrible en torno de las sienes. Héctor lo advirtió en seguida, acudió corriendo, metió la pica en el pecho de Perifetes y le mató cerca de sus mismos compañeros que, aunque afligidos, no pudieron socorrerle, pues temían mucho al divino Héctor.

653 Por fin llegaron á las naves. Defendíanse los argivos detrás de las que se habían sacado primero á la playa, y los teucros fueron á perseguirlos. Aquéllos, al verse obligados á retroceder, se colocaron apiñados cerca de las tiendas, sin dispersarse por el ejército porque la vergüenza y el temor se lo impedían, y mutua é incesantemente se exhortaban. Y especialmente Néstor, protector de los aqueos, dirigíase á todos los guerreros, y en nombre de sus padres así les suplicaba: