661 «¡Oh amigos! Sed hombres y mostrad que tenéis un corazón pundonoroso ante los demás varones. Acordaos de los hijos, de las esposas, de los bienes, y de los padres, vivan aún ó hayan fallecido. En nombre de estos ausentes os suplico que resistáis firmemente y no os entreguéis á la fuga.»

667 Con estas palabras les excitó á todos el valor y la fuerza. Entonces Minerva les quitó de los ojos la densa nube que los cubría, y apareció la luz por ambos lados, en los navíos y en la lid sostenida por los dos ejércitos con igual tesón. Vieron á Héctor, valiente en la pelea, y á sus propios compañeros, así á cuantos estaban detrás de los bajeles y no combatían, como á los que junto á las veleras naves daban batalla al enemigo.

674 No le era grato al corazón del magnánimo Ayax permanecer donde los demás aqueos se habían retirado; y el héroe, andando á paso largo, iba de nave en nave con una gran percha de combate naval que medía veintidós codos y estaba reforzada con clavos. Como un diestro cabalgador escoge cuatro caballos entre muchos, los guía desde la llanura á la gran ciudad por la carretera, muchos hombres y mujeres le admiran, y él salta continuamente y con seguridad del uno al otro, mientras los corceles vuelan; así Ayax, andando á paso tirado, recorría las cubiertas de muchas naves y su voz llegaba al éter. Sin cesar daba horribles gritos, para exhortar á los dánaos á defender naves y tiendas. Tampoco Héctor permanecía en la turba de los teucros, armados de fuertes corazas: como el águila negra se echa sobre una bandada de alígeras aves—gansos, grullas ó cisnes cuellilargos—que están comiendo á orillas de un río; así Héctor corría en derechura á una nave de negra proa, empujado por la mano poderosa de Júpiter, y el dios incitaba también á la tropa para que le acompañara.

696 De nuevo se trabó un reñido combate al pie de los bajeles. Hubieras dicho que sin estar cansados ni fatigados, comenzaban entonces á pelear. ¡Con tal denuedo batallaban! He aquí cuáles eran sus respectivos pensamientos: los aqueos no creían escapar de aquel desastre, sino perecer; los teucros esperaban en su corazón incendiar las naves y matar á los héroes aquivos. Y con estas ideas, asaltábanse unos á otros.

704 Héctor llegó á tocar la popa de una hermosa nave de ligero andar; aquella en que Protesilao llegó á Troya y que luego no había de llevarle otra vez á la patria tierra. Por esta nave se mataban los aquivos y los teucros: sin aguardar desde lejos los tiros de flechas y dardos, combatían de cerca y con igual ánimo, valiéndose de agudas hachas, segures, grandes espadas y lanzas de doble filo. Muchas hermosas dagas, de obscuro recazo, provistas de mango, cayeron al suelo, ya de las manos, ya de los hombros de los combatientes; y la negra tierra manaba sangre. Héctor, desde que cogió la popa, no la soltaba; y teniendo entre sus manos la parte superior de la misma, animaba á los teucros:

718 «¡Traed fuego, y dispuestos en escuadrón cerrado, trabad la batalla! Júpiter nos concede un día que lo compensa todo, pues vamos á tomar las naves que vinieron contra la voluntad de los dioses y nos han ocasionado muchas calamidades por la cobardía de los viejos, que no me dejaban pelear cerca de aquéllas y detenían al ejército. Mas si entonces el longividente Júpiter ofuscaba nuestra razón, ahora él mismo nos impele y anima.»

726 Así dijo; y ellos acometieron con mayor ímpetu á los argivos. Ayax ya no resistió, porque estaba abrumado por los tiros: temiendo morir, dejó la cubierta, retrocedió hasta un banco de remeros que tenía siete pies, púsose á vigilar, y con la pica apartaba del navío á cuantos llevaban el voraz fuego, en tanto que exhortaba á los dánaos con espantosos gritos:

733 «¡Amigos, héroes dánaos, ministros de Marte! Sed hombres y mostrad vuestro impetuoso valor. ¿Creéis, por ventura, que hay á nuestra espalda otros defensores ó un muro más sólido que libre á los hombres de la muerte? Cerca de aquí no existe ciudad alguna defendida con torres, que nos proporcione refugio y cuyo pueblo nos dé auxilio para alcanzar una ulterior victoria; sino que nos hallamos en la llanura de los troyanos, de fuertes corazas, á orillas del mar y lejos de la patria. La salvación, por consiguiente, está en los puños; no en ser flojos en la pelea.»

742 Dijo, y acometió furioso con la aguda lanza. Y cuantos teucros, movidos por las excitaciones de Héctor, quisieron llevar ardiente fuego á las cóncavas naves, á todos los mató Ayax con su larga pica. Doce fueron los que hirió de cerca, delante de los bajeles.