364 Como se va extendiendo una nube desde el Olimpo al cielo, después de un día sereno, cuando Júpiter prepara una tempestad; así los teucros huyeron de las naves, dando gritos, y ya no fué con orden como repasaron el foso. Á Héctor le sacaron de allí, con sus armas, los corceles de ligeros pies; y el héroe desamparó la turba de los teucros, á quienes detenía, mal de su grado, el profundo foso. Muchos veloces corceles, rompiendo los carros de los caudillos por el extremo del timón, los dejaron en el mismo.—Patroclo iba adelante, exhortando vehementemente á los dánaos y pensando en causar daño á los teucros; los cuales, una vez puestos en desorden, llenaban todos los caminos huyendo con gran clamoreo; la polvareda llegaba á lo alto debajo de las nubes, y los solípedos caballos volvían á la ciudad desde las naves y las tiendas. Patroclo, donde veía á los enemigos más desordenados, allí se encaminaba vociferando; los guerreros caían de bruces debajo de los ejes de sus carros, y éstos volcaban con gran estruendo. Al llegar al foso, los caballos inmortales que los dioses dieran á Héctor como espléndido presente, lo salvaron de un salto, deseosos de seguir adelante; y cuando á Patroclo el ánimo le llevó hacia Héctor para herirle, ya los veloces corceles se le habían llevado. Como en el otoño descarga una tempestad sobre la negra tierra, cuando Júpiter hace caer violenta lluvia, irritado contra los hombres que en el foro dan sentencias inicuas y echan á la justicia, no temiendo la venganza de los dioses; y los ríos salen de madre y los torrentes cortan muchas colinas, braman al correr desde lo alto de las montañas al mar purpúreo y destruyen las labores del campo; de semejante modo corrían las yeguas troyanas, dando lastimeros relinchos.
394 Patroclo, cuando hubo separado de los demás enemigos á los que formaban las últimas falanges, les obligó á volver hacia los bajeles, en vez de permitirles que subiesen á Troya; y acometiéndoles entre las naves, el río y el alto muro, los mataba para vengar á muchos de los suyos. Entonces envasóle á Prónoo la lanza en el pecho, donde éste quedaba sin defensa al lado del escudo, y le dejó sin vigor los miembros: el teucro cayó con estrépito. Luego acometió á Téstor, hijo de Énope, que se hallaba encogido en el lustroso asiento y en su turbación había dejado que las riendas se le fuesen de la mano: clavóle desde cerca la lanza en la mejilla derecha, se la hizo pasar á través de los dientes y lo levantó por cima del barandal. Como el pescador sentado en la roca saca del mar un pez enorme, valiéndose de la cuerda y del anzuelo; así Patroclo, alzando la reluciente lanza, sacó del carro á Téstor con la boca abierta y le arrojó de cara al suelo; el teucro, al caer, perdió la vida.—Después hirió de una pedrada en medio de la cabeza á Erilao, que á acometerle venía, y se la partió en dos dentro del fuerte casco: el teucro dió de manos en el suelo, y le envolvió la destructora muerte.—Y sucesivamente fué derribando en la fértil tierra á Erimante, Anfótero, Epaltes, Tlepólemo Damastórida, Equio, Pires, Ifeo, Evipo y Polimelo Argéada.
419 Sarpedón, al ver que sus compañeros, de lorigas sin cintura, sucumbían á manos de Patroclo Menetíada, increpó á los deiformes licios:
422 «¡Qué vergüenza, oh licios! ¿Adónde huís? Sed esforzados. Yo saldré al encuentro de ese hombre, para saber quién es el que así vence y tantos males causa á los teucros, pues ya á muchos valientes les ha quebrado las rodillas.»
426 Dijo; y saltó del carro al suelo sin dejar las armas. Á su vez Patroclo, al verlo, se apeó del suyo. Como dos buitres de corvas uñas y combado pico riñen, dando chillidos, sobre elevada roca; así aquéllos se acometieron vociferando. Viólos el hijo del artero Saturno; y compadecido, dijo á Juno, su hermana y esposa:
433 «¡Ay de mí! El hado dispone que Sarpedón, á quien amo sobre todos los hombres, sea muerto por Patroclo Menetíada. Entre dos propósitos vacila en mi pecho el corazón: ¿lo arrebataré vivo de la luctuosa batalla, para dejarlo en el opulento pueblo de la Licia, ó dejaré que sucumba á manos del Menetíada?»
439 Respondióle Juno veneranda, la de los ojos grandes: «¡Terribilísimo Saturnio, qué palabras proferiste! ¿Una vez más quieres librar de la muerte horrísona á ese hombre mortal, á quien tiempo ha que el hado condenó á morir? Hazlo, pero no todos los dioses te lo aprobaremos. Otra cosa voy á decirte, que fijarás en la memoria: Piensa que si á Sarpedón le mandas vivo á su palacio, algún otro dios querrá sacar á su hijo del duro combate, pues muchos hijos de los inmortales pelean en torno de la gran ciudad de Príamo, y harás que sus padres se enciendan en terrible ira. Pero si Sarpedón te es caro y tu corazón le compadece, deja que muera á manos de Patroclo en reñido combate; y cuando el alma y la vida le abandonen, ordena á la Muerte y al dulce Sueño que lo lleven á la vasta Licia, para que sus hermanos y amigos le hagan exequias y le erijan un túmulo y un cipo, que tales son los honores debidos á los muertos.»
458 Así dijo. El padre de los hombres y de los dioses no desobedeció, é hizo caer sobre la tierra sanguinolentas gotas para honrar al hijo amado, á quien Patroclo había de matar en la fértil Troya, lejos de su patria.
462 Cuando ambos héroes se hallaron frente á frente, Patroclo arrojó la lanza, y acertando á dar en el empeine del ilustre Trasidemo, escudero valeroso del rey Sarpedón, dejóle sin vigor los miembros. Sarpedón acometió á su vez; y despidiendo la reluciente lanza, erró el tiro; pero hirió en el hombro derecho al corcel Pédaso, que relinchó mientras perdía el vital aliento. El caballo cayó al polvo, y el espíritu abandonó su cuerpo. Forcejaron los otros dos bridones por separarse, crujió el yugo y enredáronse las riendas á causa de que el caballo lateral yacía en el polvo. Pero Automedonte, famoso por su lanza, halló el remedio: desenvainando la espada de larga punta que llevaba junto al fornido muslo, cortó apresuradamente los tirantes del caballo lateral, y los otros dos se enderezaron y obedecieron á las riendas. Y los héroes volvieron á acometerse con roedor encono.
477 Entonces Sarpedón arrojó otra reluciente lanza y erró el tiro, pues aquélla pasó por cima del hombro izquierdo de Patroclo sin herirle. Patroclo despidió la suya y no en balde; ya que acertó á Sarpedón y le hirió en el tejido que al denso corazón envuelve. Cayó el héroe como la encina, el álamo ó el elevado pino que en el monte cortan con afiladas hachas los artífices para hacer un mástil de navío; así yacía aquél, tendido delante de los corceles y del carro, rechinándole los dientes y cogiendo con las manos el polvo ensangrentado. Como el rojizo y animoso toro, á quien devora un león que se ha presentado en la vacada, brama al morir entre las mandíbulas de la fiera; así el caudillo de los licios escudados, herido de muerte por Patroclo, se enfurecía; y llamando al compañero, le hablaba de este modo: