492 «¡Caro Glauco, guerrero afamado! Ahora debes portarte como fuerte y audaz luchador; ahora te ha de causar placer la batalla funesta, si eres valiente. Ve por todas partes, exhorta á los capitanes licios á que combatan en torno de Sarpedón y defiéndeme tú mismo con la pica. Seré para ti motivo constante de vergüenza y oprobio si, sucumbiendo en el recinto de las naves, los aqueos me despojan de la armadura. ¡Pelea, pues, denodadamente y anima á todo el ejército!»

502 Así dijo; y el velo de la muerte se extendió por sus ojos y su rostro. Patroclo, sujetándole el pecho con el pie, le arrancó el asta; con ella siguió el corazón, y salieron á la vez la punta de la lanza y el alma del guerrero. Y los mirmidones detuvieron los corceles de Sarpedón, los cuales anhelaban y querían huir desde que quedó vacío el carro de sus dueños.

509 Glauco sintió hondo pesar al oir la voz de Sarpedón; se le turbó el ánimo porque no podía socorrerle; y apretándose con la mano el brazo herido por una flecha que Teucro le tirara, cuando él asaltaba el muro y el aqueo defendía á los suyos, oró de esta suerte al flechador Apolo:

514 «Óyeme, oh soberano, ya te halles en la opulenta Licia, ya te encuentres en Troya; pues desde cualquier lugar puedes atender al que está afligido, como lo estoy ahora. Tengo esta grave herida, padezco agudos dolores en el brazo y la sangre no se seca; el hombro se entorpece, y me es imposible manejar firmemente la lanza y pelear con los enemigos. Ha muerto un hombre fortísimo, Sarpedón, hijo de Júpiter que ya ni á su prole defiende. Cúrame, oh soberano, la grave herida, adormece mis dolores y dame fortaleza para que mi voz anime á los licios á batallar y yo mismo luche en defensa del cadáver.»

527 Tal fué su plegaria. Oyóle Febo Apolo y en seguida calmó los dolores, secó la negra sangre de la grave herida é infundió valor en el ánimo del teucro. Glauco, al notarlo, se holgó de que el gran dios hubiese escuchado su ruego. En seguida fué por todas partes y exhortó á los capitanes licios para que combatieran en torno de Sarpedón. Después, encaminóse á paso largo hacia los troyanos; buscó á Polidamante Pantoida, al divino Agenor, á Eneas y á Héctor armado de bronce; y deteniéndose cerca de los mismos, dijo estas aladas palabras:

538 «¡Héctor! Te olvidas completamente de los aliados que por ti pierden la vida lejos de los amigos y de la patria, y ni socorrerles quieres. Yace en tierra Sarpedón, el rey de los licios escudados, que con su justicia y su valor gobernaba la Licia. El férreo Marte lo ha matado con la lanza de Patroclo. Oh amigos, venid é indignaos en vuestro corazón: no sea que los mirmidones le quiten la armadura é insulten el cadáver, irritados por la muerte de los dánaos á quienes hicieron perecer nuestras picas junto á las veleras naves.»

548 Así se expresó. Los troyanos sintieron grande é inconsolable pena, porque Sarpedón, aunque forastero, era un baluarte para la ciudad; había llevado á la misma muchos hombres y en la pelea los superaba á todos. Con grandes bríos dirigiéronse aquéllos contra los dánaos, y á su frente marchaba Héctor, irritado por la muerte de Sarpedón. Y Patroclo Menetíada, de corazón valiente, animó á los aqueos; y dijo á los Ayaces, que ya de combatir estaban deseosos:

556 «¡Ayaces! Poned empeño en rechazar al enemigo y mostraos tan valientes como habéis sido hasta aquí ó más aún. Yace en tierra Sarpedón, el que primero asaltó nuestra muralla. ¡Ah, si apoderándonos del cadáver pudiésemos ultrajarle, quitarle la armadura de los hombros y matar con el cruel bronce á alguno de los compañeros que lo defienden!...»

562 En tales términos les habló, aunque ellos ya deseaban derrotar al enemigo. Y troyanos y licios por una parte y mirmidones y aqueos por otra, cerraron las falanges, vinieron á las manos y empezaron á pelear con horrenda gritería en torno del cadáver. Crujían las armaduras de los guerreros, y Júpiter cubrió con una dañosa obscuridad la reñida contienda, para que produjese mayor estrago el combate que por el cuerpo de su hijo se empeñaba.

569 En un principio, los teucros rechazaron á los aqueos, de ojos vivos, porque fué herido un varón que no era ciertamente el más cobarde de los mirmidones: el divino Epigeo, hijo de Agacles magnánimo; el cual reinó en otro tiempo en la populosa Budío; luego, por haber dado muerte á su valiente primo, se presentó como suplicante á Peleo y á Tetis, la de argentados pies, y ellos le enviaron con Aquiles á Ilión, abundante en hermosos corceles, para que combatiera contra los troyanos. Epigeo echaba mano al cadáver cuando el esclarecido Héctor le dió una pedrada en la cabeza y se la partió en dos dentro del fuerte casco: el guerrero cayó boca abajo sobre el cuerpo de Sarpedón, y la destructora muerte lo envolvió. Apesadumbróse Patroclo por la pérdida del compañero y atravesó al instante las primeras filas, como el veloz gavilán persigue á unos grajos ó estorninos; de la misma manera acometiste, oh hábil jinete Patroclo, á los licios y troyanos, airado en tu corazón por la muerte del amigo. Y cogiendo una piedra, hirió en el cuello á Estenelao, hijo querido de Itémenes, y le rompió los tendones. Retrocedieron los combatientes delanteros y el esclarecido Héctor. Cuanto espacio recorre el dardo que lanza un hombre, ya en el juego para ejercitarse, ya en la guerra contra los enemigos que la vida quitan; otro tanto se retiraron los teucros, cediendo al empuje de los aqueos. Glauco, capitán de los escudados licios, fué el primero que volvió la cara y mató al magnánimo Baticles, hijo amado de Calcón, que tenía su casa en la Hélade y se señalaba entre los mirmidones por sus bienes y riquezas: escapábase Glauco, y Baticles iba á darle alcance, cuando aquél se volvió repentinamente y le hundió la pica en medio del pecho. Baticles cayó con estrépito, los aqueos sintieron hondo pesar por la muerte del valiente guerrero, y los teucros, muy alegres, rodearon en tropel el cadáver; pero los aqueos no dejaron de mostrar su impetuoso valor y arremetieron denodadamente al enemigo. Entonces Meriones mató á un combatiente teucro, á Laógono, esforzado hijo de Onétor y sacerdote de Júpiter Ideo, á quien el pueblo veneraba como á un dios: hirióle debajo de la quijada y de la oreja, la vida huyó de los miembros del guerrero, y la obscuridad horrible le envolvió. Eneas arrojó la broncínea lanza, con el propósito de herir á Meriones, que se adelantaba protegido por el escudo. Pero Meriones la vió venir y evitó el golpe inclinándose hacia adelante: la ingente lanza se clavó en el suelo detrás de él y el regatón temblaba; pero pronto la impetuosa arma perdió su fuerza. Penetró, pues, la vibrante punta en la tierra, y la lanza fué echada en vano por el robusto brazo. Eneas, con el corazón irritado, dijo: