617 «¡Meriones! Aunque eres un ágil saltador, mi lanza te habría apartado para siempre del combate si te hubiese herido.»
619 Respondióle Meriones, célebre por su lanza: «¡Eneas! Difícil te será, aunque seas valiente, aniquilar la fuerza de cuantos salgan á pelear contigo. También tú eres mortal. Si lograra herirte en medio del cuerpo con el agudo bronce, en seguida, á pesar de tu vigor y de la confianza que tienes en tu brazo, me darías gloria y á Plutón, el de los famosos corceles, el alma.»
626 Así dijo; y el valeroso hijo de Menetio le reprendió, diciendo: «¡Meriones! ¿Por qué, siendo valiente, te entretienes en hablar así? ¡Oh amigo! Con palabras injuriosas no lograremos que los teucros dejen el cadáver; preciso será que alguno de ellos baje antes al seno de la tierra. Las batallas se ganan con los puños, y las palabras sirven en las juntas. Conviene, pues, no hablar, sino combatir.»
632 Dijo, echó á andar y siguióle Meriones, varón igual á un dios. Bien así como el estruendo que se produce en la espesura de un monte y se deja oir á lo lejos, cuando los hombres hacen leña; tal era el estrépito que se elevaba de la tierra espaciosa al ser golpeados el bronce, el cuero y los escudos de pieles de buey por las espadas y las lanzas de doble filo. Y ya ni un hombre perspicaz hubiera conocido al divino Sarpedón, pues los dardos, la sangre y el polvo lo cubrían desde los pies á la cabeza. Agitábanse todos alrededor del cadáver como en la primavera zumban las moscas en el establo por cima de las escudillas, cuando los tarros rebosan de leche: de igual manera bullían aquéllos en torno del muerto. Júpiter no apartaba los refulgentes ojos de la dura contienda; y contemplando á los guerreros, revolvía en su ánimo muchas cosas acerca de la muerte de Patroclo: vacilaba entre si el esclarecido Héctor debería matar con el bronce á Patroclo sobre Sarpedón, igual á un dios, y quitarle la armadura de los hombros, ó convendría extender la terrible pelea. Y considerando como lo más conveniente que el bravo escudero de Aquiles Pelida hiciera arredrar á los teucros y á Héctor, armado de bronce, hacia la ciudad y quitara la vida á muchos guerreros, comenzó por infundir timidez en Héctor, el cual subió al carro, se puso en fuga y exhortó á los demás teucros á que huyeran, porque había conocido hacia qué lado se inclinaba la balanza sagrada de Júpiter. Tampoco los fuertes licios osaron resistir, y huyeron todos al ver á su rey herido en el corazón y echado en un montón de cadáveres; pues cayeron muchos hombres á su alrededor cuando el Saturnio avivó el duro combate. Los aqueos quitáronle á Sarpedón la reluciente armadura de bronce y el esforzado hijo de Menetio la entregó á sus compañeros para que la llevaran á las cóncavas naves. Y entonces Júpiter, que amontona las nubes, dijo á Apolo:
667 «¡Ea, querido Febo! Ve y después de sacar á Sarpedón de entre los dardos, límpiale la negra sangre; condúcele á un sitio lejano y lávale en la corriente de un río; úngele con ambrosía, ponle vestiduras divinas y entrégalo á los veloces conductores y hermanos gemelos: el Sueño y la Muerte. Y éstos, transportándolo con presteza, lo dejarán en el rico pueblo de la vasta Licia. Allí sus hermanos y amigos le harán exequias y le erigirán un túmulo y un cipo, que tales son los honores debidos á los muertos.»
676 Así dijo, y Apolo no desobedeció á su padre. Descendió de los montes ideos á la terrible batalla, y en seguida, levantó al divino Sarpedón de entre los dardos, y conduciéndole á un sitio lejano, lo lavó en la corriente de un río; ungiólo con ambrosía, púsole vestiduras divinas y entrególo á los veloces conductores y hermanos gemelos: el Sueño y la Muerte. Y éstos, transportándolo con presteza, lo dejaron en el rico pueblo de la vasta Licia.
684 Patroclo animaba á los corceles y á Automedonte y perseguía á los troyanos y licios, y con ello se atrajo un gran infortunio. ¡Insensato! Si se hubiese atenido á la orden del Pelida, se hubiera visto libre de la funesta Parca, de la negra muerte. Pero siempre el pensamiento de Júpiter es más eficaz que el de los hombres (aquel dios pone en fuga al varón esforzado y le quita fácilmente la victoria, aunque él mismo le haya incitado á combatir), y entonces alentó el ánimo en el pecho de Patroclo.
692 ¿Cuál fué el primero y cuál el último que mataste, oh Patroclo, cuando los dioses te llamaron á la muerte?
694 Fueron primeramente Adrasto, Autónoo, Equeclo, Périmo Mégada, Epístor y Melanipo; y después, Élaso, Mulio y Pilartes. Mató á éstos, y los demás se dieron á la fuga.
698 Entonces los aqueos habrían tomado á Troya, la de altas puertas, por las manos de Patroclo, que manejaba con gran furia la lanza, si Febo Apolo no se hubiese colocado en la bien construída torre para dañar á aquél y ayudar á los teucros. Tres veces encaminóse Patroclo á un ángulo de la elevada muralla; tres veces rechazóle Apolo, agitando con sus manos inmortales el refulgente escudo. Y cuando, semejante á un dios, atacaba por cuarta vez, increpóle la deidad con aterradoras voces: