707 «¡Retírate, Patroclo de jovial linaje! El hado no ha dispuesto que la ciudad de los altivos troyanos sea destruída por tu lanza, ni por Aquiles, que tanto te aventaja.»
710 Así dijo, y Patroclo retrocedió un gran trecho, para no atraerse la cólera del flechador Apolo.
712 Héctor se hallaba con el carro y los corceles en las puertas Esceas, y estaba indeciso entre guiarlos de nuevo hacia la turba y volver á combatir, ó mandar á voces que las tropas se refugiasen en el muro. Mientras reflexionaba sobre esto, presentósele Febo Apolo, que tomó la figura del valiente joven Asio, el cual era tío materno de Héctor, domador de caballos, hermano carnal de Hécuba é hijo de Dimante, y habitaba en la Frigia, junto á la corriente del Sangario. Así transfigurado, exclamó Apolo, hijo de Júpiter:
721 «¡Héctor! ¿Por qué te abstienes de combatir? No debes hacerlo. Ojalá te superara tanto en bravura, cuanto te soy inferior: entonces te sería funesto el retirarte de la batalla. Mas, ea, guía los corceles de duros cascos hacia Patroclo, por si puedes matarlo y Apolo te da gloria.»
726 El dios, cuando esto hubo dicho, volvió á la batalla. El esclarecido Héctor mandó á Cebrión que picara á los corceles y los dirigiese á la pelea; y Apolo, entrándose por la turba, suscitó entre los dánaos funesto tumulto y dió gloria á Héctor y á los teucros. Héctor dejó entonces á los demás dánaos, sin que intentara matarlos, y enderezó á Patroclo los caballos de duros cascos. Patroclo, á su vez, saltó del carro á tierra con la lanza en la izquierda; cogió con la diestra una piedra blanca y erizada de puntas que le llenaba la mano; y estribando en el suelo, la arrojó, hiriendo en seguida á un combatiente, pues el tiro no resultó vano: dió la pedrada en la frente de Cebrión, auriga de Héctor, que era hijo bastardo del ilustre Príamo y entonces gobernaba las riendas de los caballos. La piedra se llevó ambas cejas; el hueso tampoco resistió; los ojos cayeron en el polvo á los pies de Cebrión; y éste, cual si fuera un buzo, cayó del asiento bien construído, porque la vida huyó de sus miembros. Y burlándote de él, oh caballero Patroclo, exclamaste:
745 «¡Oh dioses! ¡Muy ágil es el teucro! ¡Cuán fácilmente salta á lo buzo! Si se hallara en el ponto, en peces abundante, ese hombre saltaría de la nave aunque el mar estuviera tempestuoso y podría saciar á muchas personas con las ostras que pescara. ¡Con tanta facilidad ha dado la voltereta del carro á la llanura! Es indudable que también los troyanos tienen buzos.»
751 Dijo, y corrió hacia el héroe con la impetuosidad de un león que devasta los establos hasta que es herido en el pecho y su mismo valor le mata; de la misma manera, oh Patroclo, te arrojaste enardecido sobre Cebrión. Héctor, por su parte, saltó del carro al suelo sin dejar las armas. Y entrambos luchaban en torno de Cebrión, como dos hambrientos leones que en el monte pelean furiosos por el cadáver de una cierva; así los dos aguerridos campeones, Patroclo Menetíada y el esclarecido Héctor, deseaban herirse el uno al otro con el cruel bronce. Héctor había cogido al muerto por la cabeza y no lo soltaba; Patroclo lo asía de un pie, y los demás teucros y dánaos sostenían encarnizado combate.
765 Como el Euro y el Noto contienden en la espesura de un monte, agitando la poblada selva, y las largas ramas de los fresnos, encinas y cortezudos cornejos chocan entre sí con inmenso estrépito, y se oyen los crujidos de las que se rompen; de semejante modo teucros y aqueos se mataban, sin acordarse de la perniciosa fuga. Alrededor de Cebrión se clavaron en tierra muchas agudas lanzas y aladas flechas que saltaban de los arcos; buen número de grandes piedras herían los escudos de los combatientes; y el héroe yacía en el suelo, sobre un gran espacio, envuelto en un torbellino de polvo y olvidado del arte de guiar los carros.
777 Hasta que el sol hubo recorrido la mitad del cielo, los tiros alcanzaban por igual á unos y á otros, y los hombres caían. Cuando aquél se encaminó al ocaso, los aqueos eran vencedores, contra lo dispuesto por el destino; y habiendo arrastrado el cadáver del héroe Cebrión fuera del alcance de los dardos y del tumulto de los teucros, le quitaron la armadura de los hombros.
783 Patroclo acometió furioso á los teucros: tres veces los atacó, cual otro Marte, dando horribles voces; tres veces mató nueve hombres. Y cuando, semejante á un dios, arremetiste, oh Patroclo, por cuarta vez, vióse claramente que ya llegabas al término de tu vida, pues el terrible Febo salió á tu encuentro en el duro combate. Mas Patroclo no vió al dios; el cual, cubierto por densa nube, atravesó la turba, se le puso detrás, y alargando la mano, le dió un golpe en la espalda y en los anchos hombros. Al punto los ojos del héroe sufrieron vértigos. Febo Apolo le quitó de la cabeza el casco con agujeros á guisa de ojos, que rodó con estrépito hasta los pies de los caballos; y el penacho se manchó de sangre y polvo. Jamás aquel casco, adornado con crines de caballo, se había manchado cayendo en el polvo, pues protegía la cabeza y hermosa frente del divino Aquiles. Entonces Júpiter permitió también que lo llevara Héctor, porque ya la muerte se iba acercando á este caudillo. Á Patroclo se le rompió en la mano la pica larga, ponderosa, grande, fornida, armada de bronce; el ancho escudo y su correa cayeron al suelo, y Apolo desató la coraza que aquél llevaba. El estupor se apoderó del espíritu del héroe, y sus hermosos miembros perdieron la fuerza. Patroclo se detuvo atónito, y entonces clavóle aguda lanza en la espalda, entre los hombros, el dárdano Euforbo Pantoida; el cual aventajaba á todos los de su edad en el manejo de la pica, en el arte de guiar un carro y en la veloz carrera, y la primera vez que se presentó con su carro para aprender á combatir, derribó á veinte guerreros de sus carros respectivos. Éste fué, oh caballero Patroclo, el primero que contra ti despidió su lanza, pero aún no te hizo sucumbir. Euforbo arrancó la lanza de fresno; y retrocediendo, se mezcló con la turba, sin esperar á Patroclo, aunque le viera desarmado; mientras éste, vencido por el golpe del dios y la lanzada, retrocedía al grupo de sus compañeros para evitar la muerte.