PRINCIPALÍA DE MENELAO
1 No dejó de advertir el Atrida Menelao, caro á Marte, que Patroclo había sucumbido en la lid á manos de los teucros; y, armado de luciente bronce, se abrió camino por los combatientes delanteros y empezó á moverse en torno del cadáver para defenderlo. De la suerte que la vaca primeriza da vueltas alrededor de su becerrillo, mugiendo tiernamente, como no acostumbrada á parir; de la misma manera bullía el rubio Menelao cerca de Patroclo. Y colocándose delante del muerto, enhiesta la lanza y embrazado el escudo, aprestábase á matar á quien se le opusiera. Tampoco Euforbo, el hábil lancero hijo de Panto, se descuidó al ver en el suelo al eximio Patroclo; sino que se detuvo á su vera y dijo á Menelao, caro á Marte:
12 «¡Menelao Atrida, alumno de Júpiter, príncipe de hombres! Retírate, suelta el cadáver y desampara estos sangrientos despojos; pues, en la reñida pelea, ninguno de los troyanos ni de los auxiliares ilustres envasó su lanza á Patroclo antes que yo lo hiciera. Déjame alcanzar inmensa gloria entre los teucros. No sea que, hiriéndote, te quite la dulce vida.»
18 Respondióle muy indignado el rubio Menelao: «¡Padre Júpiter! No es bueno que nadie se vanagloríe con tanta soberbia. Ni la pantera, ni el león, ni el dañino jabalí que tienen gran ánimo en el pecho y están orgullosos de su fuerza, se presentan tan osados como los hábiles lanceros hijos de Panto. Pero el fuerte Hiperenor, domador de caballos, no siguió gozando de su juventud cuando me aguardó, después de injuriarme diciendo que yo era el más cobarde de los guerreros dánaos; y no creo que haya podido volver con sus pies á la patria, para regocijar á su esposa y á sus venerandos padres. Del mismo modo te quitaré la vida á ti, si osas afrontarme, y te aconsejo que vuelvas á tu ejército y no te pongas delante; pues el necio sólo conoce el mal cuando ha llegado.»
33 Así habló, sin persuadir á Euforbo, que contestó diciendo: «Menelao, alumno de Júpiter, ahora pagarás la muerte de mi hermano, de que tanto te jactas. Dejaste viuda á su mujer en el reciente tálamo; causaste á nuestros padres llanto y dolor profundo. Yo conseguiría que aquellos infelices cesaran de llorar, si llevándome tu cabeza y tus armas, las pusiera en las manos de Panto y de la divina Frontis. Pero no se diferirá mucho tiempo el combate, ni quedará sin decidir quién haya de ser el vencedor y quién el vencido.»
43 Dicho esto, dió un bote en el escudo liso del Atrida; pero no pudo romper el bronce, porque la punta se torció al chocar con el fuerte escudo. Menelao Atrida acometió, á su vez, con la pica, orando al padre Júpiter; y al ir Euforbo á retroceder, se la clavó en la parte inferior de la garganta, empujó el asta con la robusta mano y la punta atravesó el delicado cuello. Euforbo cayó con estrépito, resonaron sus armas y se mancharon de sangre sus cabellos, semejantes á los de las Gracias, y los rizos, que llevaba sujetos con anillos de oro y plata. Cual frondoso olivo que plantado por el labrador en un lugar solitario donde abunda el agua, crece hermoso, es mecido por vientos de toda clase y se cubre de blancas flores; y viniendo de repente el huracán, lo arranca de la tierra y lo tiende en el suelo; así Menelao Atrida dió muerte á Euforbo, hijo de Panto y hábil lancero, y en seguida comenzó á quitarle la armadura.
61 Como un montaraz león, confiado en su fuerza, coge del rebaño que está paciendo la mejor vaca, le rompe la cerviz con los fuertes dientes, y despedazándola, traga la sangre y las entrañas; y así los perros como los pastores gritan mucho á su alrededor, pero de lejos, sin atreverse á ir contra la fiera porque el pálido temor los domina; de la misma manera ninguno tuvo ánimo para salir al encuentro del glorioso Menelao. Y el Atrida se habría llevado fácilmente las magníficas armas de Euforbo, si no lo hubiese impedido Febo Apolo; el cual, tomando la figura de Mentes, caudillo de los cicones, suscitó contra aquél á Héctor, igual al veloz Marte, con estas aladas palabras:
75 «¡Héctor! Tú corres ahora tras lo que no se puede alcanzar: los corceles del aguerrido Eácida. Difícil es que nadie los sujete y sea por ellos llevado, fuera de Aquiles, que tiene una madre inmortal. Y en tanto, el belígero Menelao Atrida, que defiende el cadáver de Patroclo, ha muerto á uno de los más esforzados teucros, á Euforbo, hijo de Panto, acabando con el impetuoso valor de este caudillo.»
82 El dios, habiendo hablado así, volvió á la batalla. Héctor sintió profundo dolor en las negras entrañas, ojeó las hileras y vió en seguida al Atrida que despojaba de la armadura á Euforbo, y á éste tendido en el suelo y vertiendo sangre por la herida. Acto continuo, armado como se hallaba de luciente bronce y dando agudos gritos, abrióse paso por los combatientes delanteros cual si fuese una llama inextinguible encendida por Vulcano. El hijo de Atreo gimió al oir las voces, y á su magnánimo espíritu así dijo:
91 «¡Ay de mí! Si abandono estas magníficas armas y á Patroclo, que por vengarme yace aquí tendido, temo que se irritará cualquier dánao que lo presencie. Y si por vergüenza peleo con Héctor y los teucros, como ellos son muchos y yo estoy solo, quizás me cerquen; pues Héctor, de tremolante casco, trae aquí á todos los troyanos. Mas ¿por qué el corazón me hace pensar en tales cosas? Cuando, oponiéndose á la divinidad, el hombre lucha con un guerrero protegido por algún dios, pronto le sobreviene grave daño. Así, pues, los dánaos no se irritarán conmigo porque me vean ceder á Héctor, que combate amparado por las deidades. Pero si á mis oídos llegara la voz de Ayax, valiente en la pelea, volvería aquí con él y sólo pensaríamos en lidiar, aunque fuese contra un dios, para ver si lográbamos arrastrar el cadáver y entregarlo al Pelida Aquiles. Sería esto lo mejor para hacer llevaderos los presentes males.»