106 Mientras tales pensamientos revolvía en su mente y en su corazón, llegaron las huestes de los teucros, capitaneadas por Héctor. Menelao dejó el cadáver y retrocedió, volviéndose de cuando en cuando. Como el melenudo león á quien alejan del establo los canes y los hombres con gritos y venablos, siente que el corazón audaz se le encoge y abandona de mala gana el redil; de la misma suerte apartábase de Patroclo el rubio Menelao; quien, al juntarse con sus amigos, se detuvo, volvió la cara á los teucros y buscó con los ojos al gran Ayax, hijo de Telamón. Pronto le distinguió á la izquierda de la batalla, donde animaba á sus compañeros y les incitaba á pelear, pues Febo Apolo les había infundido un gran terror. Corrió á encontrarle; y poniéndose á su lado, le dijo estas palabras:

120 «¡Ayax! Ven, amigo; apresurémonos á combatir por Patroclo muerto, y quizás podamos llevar á Aquiles el cadáver desnudo, pues las armas las tiene Héctor, de tremolante casco.»

123 Así dijo; y conmovió el corazón del aguerrido Ayax, que atravesó al momento las primeras filas junto con el rubio Menelao. Héctor había despojado á Patroclo de las magníficas armas y se lo llevaba arrastrando, para separarle con el agudo bronce la cabeza de los hombros y entregar el cadáver á los perros de Troya. Pero acercósele Ayax con su escudo como una torre; y Héctor, retrocediendo, llegó al grupo de sus amigos, saltó al carro y entregó las magníficas armas á los troyanos para que las llevaran á la ciudad, donde habían de proporcionarle inmensa gloria. Ayax cubrió con su gran escudo al hijo de Menetio y se mantuvo firme. Como el león anda en torno de sus cachorros cuando llevándolos por el bosque le salen al encuentro los cazadores, y haciendo gala de su fuerza, baja los párpados y cierra los ojos; de aquel modo corría Ayax alrededor del héroe Patroclo. En la parte opuesta hallábase Menelao, caro á Marte, en cuyo pecho el dolor iba creciendo.

140 Glauco, hijo de Hipóloco, caudillo de los licios, dirigió entonces la torva faz á Héctor, y le increpó con estas palabras:

142 «¡Héctor, el de más hermosa figura, muy falto estás del valor que la guerra exige! Inmerecida es tu buena fama, cuando solamente sabes huir. Piensa cómo en adelante defenderás la ciudad y la ciudadela, solo y sin más auxilio que los hombres nacidos en Ilión. Ninguno de los licios ha de pelear ya con los dánaos en favor de la ciudad, puesto que para nada se agradece el batallar siempre y sin descanso contra el enemigo. ¿Cómo, oh cruel, salvarás en la turba á un obscuro combatiente, si dejas que Sarpedón, huésped y amigo tuyo, llegue á ser presa y botín de los argivos? Mientras estuvo vivo, prestó grandes servicios á la ciudad y á ti mismo; y ahora no te atreves á apartar de su cadáver á los perros. Por esto, si los licios me obedecieren, volveríamos á nuestra patria, y la ruina más espantosa amenazaría á Troya. Mas, si ahora tuvieran los troyanos el valor audaz é intrépido que suelen mostrar los que por la patria sostienen contiendas y luchas con los enemigos, pronto arrastraríamos el cadáver de Patroclo hasta Ilión. Y en seguida que el cuerpo de éste fuera retirado del campo y conducido á la gran ciudad de Príamo, los argivos nos entregarían, para rescatarlo, las hermosas armas de Sarpedón, y también podríamos llevar á Troya el cadáver del héroe; pues Patroclo fué escudero del argivo más valiente que hay en las naves, como asimismo lo son sus tropas, que combaten cuerpo á cuerpo. Pero tú no osaste esperar al magnánimo Ayax, ni resistir su mirada en la lucha, ni pugnar con él, porque te aventaja en fortaleza.»

169 Mirándole con torva faz, respondió Héctor, de tremolante casco: «¡Glauco! ¿Por qué, siendo cual eres, hablas con tanta soberbia? ¡Oh dioses! Te tenía por el hombre de más seso de cuantos viven en la fértil Licia, y ahora he de reprenderte por lo que pensaste y dijiste al asegurar que no puedo sostener la acometida del ingente Ayax. Nunca me espantó la batalla, ni el ruido de los caballos; pero siempre el pensamiento de Júpiter, que lleva la égida, es más eficaz que el de los hombres, y el dios pone en fuga al varón esforzado y le quita fácilmente la victoria, aunque él mismo le haya incitado á combatir. Mas, ea, ven acá, amigo, ponte á mi lado, contempla mis hechos, y verás si seré cobarde en la batalla, aunque dure todo el día, ó si haré que alguno de los dánaos, no embargante su ardimiento y valor, cese de defender el cadáver de Patroclo.»

183 Cuando así hubo hablado, exhortó á los teucros, dando grandes voces: «¡Troyanos, licios, dárdanos que cuerpo á cuerpo peleáis! Sed hombres, amigos, y mostrad vuestro impetuoso valor, mientras visto las armas hermosas del eximio Aquiles, de que despojé al fuerte Patroclo después de matarle.»

188 Dichas estas palabras, Héctor, de tremolante casco, salió de la funesta lid, y corriendo con ligera planta, alcanzó pronto y no muy lejos á sus amigos que llevaban hacia la ciudad las magníficas armas del hijo de Peleo. Allí, fuera del luctuoso combate, se detuvo y cambió de armadura: entregó la propia á los belicosos troyanos, para que la dejaran en la sacra Ilión, y vistió las armas divinas de Aquiles, que los dioses dieran á Peleo, y éste, ya anciano, cedió á su hijo, quien no había de usarlas tanto tiempo que, llevándolas, llegara á la vejez.

198 Cuando Júpiter, que amontona las nubes, vió que Héctor vestía las armas del divino Pelida, moviendo la cabeza, habló consigo mismo y dijo:

201 «¡Ah mísero! No piensas en la muerte, que ya se halla cerca de ti, y vistes las armas divinas de un hombre valentísimo á quien todos temen. Has muerto á su amigo, tan bueno como fuerte, y le has quitado ignominiosamente la armadura de la cabeza y de los hombros. Mas todavía dejaré que alcances una gran victoria como compensación de que Andrómaca no recibirá de tus manos, volviendo tú del combate, las magníficas armas del hijo de Peleo.»