262 Los teucros acometieron apiñados, con Héctor á su frente. Como en la desembocadura de un río que las celestiales lluvias alimentan, las ingentes olas chocan bramando contra la corriente del mismo, refluyen al mar y las altas orillas resuenan en torno; con una gritería tan grande marchaban los teucros. Mientras tanto, los aqueos permanecían firmes alrededor del cadáver del hijo de Menetio, conservando el mismo ánimo y defendiéndose con los escudos de bronce; y Júpiter rodeó de espesa niebla sus relucientes cascos, porque nunca había aborrecido al hijo de Menetio mientras vivió y fué servidor de Aquiles, y entonces veía con desagrado que el cadáver pudiera llegar á ser juguete de los perros troyanos. Por esto el dios incitaba á los compañeros á que lo defendieran.

274 En un principio, los teucros rechazaron á los aqueos, de ojos vivos, y éstos, desamparando al muerto, huyeron espantados. Y si bien los altivos teucros no consiguieron matar con sus lanzas á ningún aquivo, como deseaban, empezaron á arrastrar el cadáver. Poco tiempo debían los aqueos permanecer alejados de éste, pues los hizo volver Ayax; el cual, así por su figura, como por sus obras, era el mejor de los dánaos, después del eximio Pelida. Atravesó el héroe las primeras filas, y parecido por su braveza al jabalí que en el monte dispersa fácilmente, dando vueltas por los matorrales, á los perros y á los florecientes mancebos; de la misma manera el esclarecido Ayax, hijo del ilustre Telamón, acometió y dispersó las falanges de troyanos que se agitaban en torno de Patroclo con el decidido propósito de llevarlo á la ciudad y alcanzar gloria.

288 Hipótoo, hijo preclaro del pelasgo Leto, había atado una correa á un tobillo de Patroclo, alrededor de los tendones; y arrastraba el cadáver por el pie, á través del reñido combate, para congraciarse con Héctor y los teucros. Pronto le ocurrió una desgracia, de que nadie, por más que lo deseara, pudo librarle. Pues el hijo de Telamón, acometiéndole por entre la turba, le hirió de cerca á través del casco de broncíneas carrilleras: el casco, guarnecido de un penacho de crines de caballo, se quebró al recibir el golpe de la gran lanza manejada por la robusta mano; el cerebro fluyó sanguinolento por la herida, á lo largo del asta; el guerrero perdió las fuerzas, dejó escapar de sus manos al suelo el pie del longánimo Patroclo, y cayó de pechos, junto al cadáver, lejos de la fértil Larisa; y así no pudo pagar á sus progenitores la crianza, ni fué larga su vida, porque sucumbió vencido por la lanza del magnánimo Ayax.—Héctor arrojó, á su vez, la reluciente lanza; pero Ayax, al notarlo, hurtó el cuerpo, y la broncínea arma alcanzó á Esquedio, hijo del magnánimo Ifites y el más valiente de los focenses, que tenía su casa en la célebre Pánope y reinaba sobre muchos hombres: clavóse la punta debajo de la clavícula y, atravesándola, salió por el hombro. El guerrero cayó con estrépito, y sus armas resonaron.—Ayax hirió en medio del vientre al aguerrido Forcis, hijo de Fénope, que defendía el cadáver de Hipótoo; y el bronce rompió la cavidad de la coraza y desgarró las entrañas: el teucro, caído en el polvo, cogió el suelo con las manos. Arredráronse los combatientes delanteros y el esclarecido Héctor; y los argivos dieron grandes voces, retiraron los cadáveres de Forcis y de Hipótoo, y quitaron de sus hombros las respectivas armaduras.

319 Entonces los teucros hubieran vuelto á entrar en Ilión, acosados por los belicosos aqueos y vencidos por su cobardía; y los aqueos hubiesen alcanzado gloria, contra la voluntad de Júpiter, por su fortaleza y su valor. Pero Apolo instigó á Eneas, tomando la figura del heraldo Perifante Epítida, que había envejecido ejerciendo de pregonero en la casa del padre del héroe y sabía dar saludables consejos. Así transfigurado, habló Apolo, hijo de Júpiter, diciendo:

327 «¡Eneas! ¿De qué modo podríais salvar la excelsa Ilión, hasta si un dios se opusiera? Como he visto hacerlo á otros varones que confiaban en su fuerza y vigor, en su bravura y en la muchedumbre de tropas formadas por un pueblo intrépido. Mas al presente, Júpiter desea que la victoria quede por vosotros y no por los dánaos; y vosotros huís temblando y renunciáis á combatir.»

333 De tal suerte habló. Eneas, como viera delante de sí al flechador Apolo, reconocióle, y á grandes voces dijo á Héctor:

335 «¡Héctor y demás caudillos de los troyanos y sus aliados! Es una vergüenza que entremos en Ilión, acosados por los belicosos aqueos y vencidos por nuestra cobardía. Una deidad ha venido á decirme que Júpiter, el árbitro supremo, será aún nuestro auxiliar en la batalla. Marchemos, pues, en derechura á los dánaos, para que no se lleven tranquilamente á las naves el cadáver de Patroclo.»

342 Así habló; y saltando mucho más allá de los combatientes delanteros, se detuvo. Los teucros volvieron la cara y afrontaron á los aquivos. Entonces Eneas dió una lanzada á Leócrito, hijo de Arisbante y compañero valiente de Licomedes. Al verle derribado en tierra, compadecióse Licomedes, caro á Marte; y parándose muy cerca del enemigo, arrojó la reluciente lanza, hirió debajo del diafragma á Apisaón Hipásida, pastor de hombres, y le dejó sin vigor las rodillas: este guerrero procedía de la fértil Peonia, y era, después de Asteropeo, el que más descollaba en el combate. Vióle caer el belígero Asteropeo, y apiadándose, corrió hacia él, dispuesto á pelear con los dánaos. Mas no le fué posible; pues cuantos rodeaban por todas partes á Patroclo, se cubrían con los escudos y calaban las lanzas. Ayax recorría las filas y daba muchas órdenes: mandaba que ninguno retrocediese, abandonando el cadáver; ni combatiendo se adelantara á los demás aqueos; sino que todos circundaran al muerto y pelearan de cerca. Así se lo encargaba el ingente Ayax. La tierra estaba regada de purpúrea sangre y morían, unos en pos de otros, muchos troyanos, poderosos auxiliares, y dánaos; pues estos últimos no peleaban sin derramar sangre, aunque perecían en mucho menor número porque cuidaban siempre de defenderse recíprocamente en medio de la turba, para evitar la cruel muerte.

366 Así combatían, con el ardor del fuego. No hubieras dicho que aún subsistiesen el sol y luna; pues hallábanse cubiertos por la niebla todos los guerreros ilustres que pugnaban alrededor del cadáver de Patroclo. Los restantes teucros y aqueos, de hermosas grebas, libres de la obscuridad, lidiaban bajo el cielo sereno: los vivos rayos del sol herían el campo, sin que apareciera ninguna nube sobre la tierra ni en las montañas, y ellos batallaban y descansaban alternativamente, hallándose á gran distancia unos de otros y procurando librarse de los tiros que les dirigían los contrarios. Y en tanto, los del centro padecían muchos males á causa de la niebla y del combate, y los más valientes estaban dañados por el cruel bronce. Dos varones insignes, Trasimedes y Antíloco, ignoraban aún que el eximio Patroclo hubiese muerto y creían que luchaba con los teucros en la primera fila. Ambos, aunque se daban cuenta de que sus compañeros eran muertos ó derrotados, peleaban separadamente de los demás; que así se lo ordenara Néstor, cuando desde las negras naves los envió á la batalla.

384 Todo el día sostuvieron la gran contienda y el cruel combate. Cansados y sudosos tenían los pies, las piernas y las rodillas, y manchados de polvo los ojos y las manos, cuantos peleaban en torno del valiente servidor del Eácida, de pies ligeros. Como un hombre da á los obreros, para que la estiren, una piel grande de toro cubierta de grasa; y ellos, cogiéndola, se distribuyen á su alrededor, y tirando todos sale la humedad, penetra la grasa y la piel queda perfectamente extendida por todos lados; de la misma manera, tiraban aquéllos del cadáver acá y allá, en un reducido espacio, y tenían grandes esperanzas de arrastrarlo los teucros hacia Ilión, y los aqueos á las cóncavas naves. Un tumulto feral se producía alrededor del muerto; y ni Marte, que enardece á los guerreros, ni Minerva por airada que estuviera, habrían hallado nada que reprocharle, si lo hubiesen presenciado.