400 Tan funesto combate de hombres y caballos suscitó Júpiter aquel día sobre el cadáver de Patroclo. El divino Aquiles ignoraba aún la muerte del héroe, porque la pelea se había empeñado lejos de las veleras naves, al pie del muro de Troya. No se figuraba que hubiese muerto, sino que después de acercarse á las puertas volvería vivo; porque tampoco esperaba que llegara á tomar la ciudad, ni solo, ni con él mismo. Así se lo había oído muchas veces á su madre cuando, hablándole separadamente de los demás, le revelaba el pensamiento del gran Júpiter. Pero entonces la diosa no le anunció la gran desgracia que acababa de ocurrir: la muerte del compañero á quien más amaba.
412 Los combatientes, blandiendo afiladas lanzas, se acometían continuamente alrededor del cadáver; y unos á otros se mataban. Y hubo quien entre los aqueos, de broncíneas lorigas, habló de esta manera:
415 «¡Oh amigos! No sería para nosotros una acción gloriosa, la de volver á las cóncavas naves. Antes la negra tierra se nos trague á todos; que preferible fuera, si hemos de permitir á los troyanos, domadores de caballos, que arrastren el cadáver á la ciudad y alcancen gloria.»
420 Y á su vez alguno de los magnánimos teucros así decía: «¡Oh amigos! Aunque el destino haya dispuesto que sucumbamos todos junto á ese hombre, nadie abandone la batalla.»
423 Con tales palabras excitaban el valor de sus compañeros. Seguía el combate, y el férreo estrépito llegaba al cielo de bronce, á través del infecundo éter.
426 Los corceles de Aquiles lloraban, fuera del campo de la batalla, desde que supieron que su auriga había sido postrado en el polvo por Héctor, matador de hombres. Por más que Automedonte, hijo valiente de Diores, los aguijaba con el flexible látigo y les dirigía palabras, ya suaves, ya amenazadoras; ni querían volver atrás, á las naves y al vasto Helesponto, ni encaminarse hacia los aqueos que estaban peleando. Como la columna se mantiene firme sobre el túmulo de un varón difunto ó de una matrona, tan inmóviles permanecían aquéllos con el magnífico carro. Inclinaban la cabeza al suelo, de sus párpados se desprendían ardientes lágrimas con que lloraban la pérdida del auriga, y las lozanas crines estaban manchadas y caídas á ambos lados del yugo. Al verlos llorar, el Saturnio se compadeció de ellos, movió la cabeza; y hablando consigo mismo, dijo:
443 «¡Ah infelices! ¿Por qué os entregamos al rey Peleo, á un mortal, estando vosotros exentos de la vejez y de la muerte? ¿Acaso para que tuvieseis penas entre los míseros mortales? Porque no hay un ser más desgraciado que el hombre, entre cuantos respiran y se mueven sobre la tierra. Héctor Priámida no será llevado por vosotros en el hermoso carro; no lo permitiré. ¿Por ventura no es bastante que se haya apoderado de las armas y se gloríe de esta manera? Daré fuerza á vuestras rodillas y á vuestro espíritu, para que llevéis salvo á Automedonte desde la batalla á las cóncavas naves; y concederé gloria á los teucros, los cuales seguirán matando hasta que lleguen á las naves de muchos bancos, se ponga el sol y la sagrada obscuridad sobrevenga.»
456 Tal dijo, é infundió gran vigor á los caballos: sacudieron éstos el polvo de las crines y arrastraron velozmente el ligero carro hacia los teucros y los aqueos. Automedonte, aunque afligido por la suerte de su compañero, quería combatir desde el carro, y con los corceles se echaba sobre los enemigos como el buitre sobre los ánsares; y con la misma facilidad huía del tumulto de los teucros, que arremetía á la gran turba de ellos para seguirles el alcance. Pero no mataba hombres cuando se lanzaba á perseguir, porque, estando solo en la silla, no le era posible acometer con la lanza y sujetar al mismo tiempo los veloces caballos. Vióle al fin su compañero Alcimedonte, hijo de Laerces Hemónida; y poniéndose detrás del carro, dijo á Automedonte:
469 «¡Automedonte! ¿Qué dios te ha sugerido tan inútil propósito dentro del pecho y te ha privado de tu buen juicio? ¿Por qué, estando solo, combates con los teucros en la primera fila? Tu compañero recibió la muerte, y Héctor se vanagloría de cubrir sus hombros con las armas del Eácida.»
474 Respondióle Automedonte, hijo de Diores: «¡Alcimedonte! ¿Cuál otro aqueo podría sujetar ó aguijar estos caballos inmortales mejor que tú, si no fuera Patroclo, consejero igual á los dioses, mientras estuvo vivo? Pero ya la muerte y el destino le alcanzaron. Recoge el látigo y las lustrosas riendas, y yo bajaré del carro para combatir.»