481 Así habló. Alcimedonte, subiendo en seguida al veloz carro, tomó el látigo y las riendas, y Automedonte saltó á tierra. Advirtiólo el esclarecido Héctor; y al momento dijo á Eneas, que á su vera estaba:
485 «¡Eneas, consejero de los teucros, de broncíneas lorigas! Advierto que los corceles del Eácida, ligero de pies, aparecen nuevamente en la lid guiados por aurigas débiles. Y creo que me apoderaría de los mismos, si tú quisieras ayudarme; pues arremetiendo nosotros á los aurigas, éstos no se atreverán á resistir ni á pelear frente á frente.»
491 Dijo; y el valeroso hijo de Anquises no dejó de obedecerle. Ambos pasaron adelante, protegiendo sus hombros con sólidos escudos de pieles secas de buey, cubiertas con gruesa capa de bronce. Siguiéronles Cromio y el deiforme Areto, que tenían grandes esperanzas de matar á los aurigas y llevarse los corceles de erguido cuello. ¡Insensatos! No sin derramar sangre habían de escapar de Automedonte. Éste, orando al padre Júpiter, llenó de fuerza y vigor las negras entrañas; y en seguida dijo á Alcimedonte, su fiel compañero:
501 «¡Alcimedonte! No tengas los caballos lejos de mí; sino tan cerca, que sienta su resuello sobre mi espalda. Creo que Héctor Priámida no calmará su ardor hasta que suba al carro de Aquiles y gobierne los corceles de hermosas crines, después de darnos muerte á nosotros y desbaratar las filas de los guerreros argivos; ó él mismo sucumba, peleando con los combatientes delanteros.»
506 Cuando esto hubo dicho, llamó á los dos Ayaces y á Menelao: «¡Ayaces, caudillos de los argivos! ¡Menelao! Dejad á los más fuertes el cuidado de rodear al muerto y defenderle, rechazando las haces enemigas; y venid á librarnos del día cruel á nosotros que aún vivimos, pues se dirigen á esta parte, corriendo á través del luctuoso combate, Héctor y Eneas, que son los más valientes de los teucros. En la mano de los dioses está lo que haya de ocurrir. Yo arrojaré mi lanza, y Júpiter se cuidará del resto.»
516 Dijo; y blandiendo la ingente lanza, acertó á dar en el escudo liso de Areto, que no logró detener á aquélla: atravesólo la punta de bronce, y rasgando el cinturón se clavó en el empeine del guerrero. Como un joven hiere con afilada segur á un buey montaraz por detrás de las astas, le corta el nervio y el animal da un salto y cae; de esta manera el teucro saltó y cayó boca arriba, y la lanza aguda, vibrando aún en sus entrañas, dejóle sin vigor los miembros.—Héctor arrojó la reluciente lanza contra Automedonte; pero éste, como la viera venir, evitó el golpe inclinándose hacia adelante: la fornida lanza se clavó en el suelo detrás de él, y el regatón temblaba; pero pronto la impetuosa arma perdió su fuerza. Y se atacaran de cerca con las espadas, si no les hubiesen obligado á separarse los dos Ayaces; los cuales, enardecidos, abriéronse paso por la turba y acudieron á las voces de su amigo. Temiéronlos Héctor, Eneas y el deiforme Cromio, y, retrocediendo, dejaron á Areto, que yacía en el suelo con el corazón traspasado. Automedonte, igual al veloz Marte, despojóle de las armas; y gloriándose, pronunció estas palabras:
538 «El pesar de mi corazón por la muerte del hijo de Menetio, se ha aliviado un poco; aunque le es inferior el varón á quien he dado muerte.»
540 Esto dicho, tomó y puso en el carro los sangrientos despojos; y en seguida subió al mismo, con los pies y las manos ensangrentados como el león que ha devorado un toro.
543 De nuevo se trabó una pelea encarnizada, funesta, luctuosa, en torno de Patroclo. Excitó la lid Minerva, que vino del cielo, enviada á socorrer á los dánaos por el longividente Jove, cuya mente había cambiado. De la suerte que Júpiter tiende en el cielo el purpúreo arco iris, como señal de una guerra ó de un invierno tan frío que obliga á suspender las labores del campo y entristece á los rebaños; de este modo la diosa, envuelta en purpúrea nube, penetró por las tropas aqueas y animó á cada guerrero. Primero enderezó sus pasos hacia el fuerte Menelao, hijo de Atreo, que se hallaba cerca; y tomando la figura y voz infatigable de Fénix, le exhortó diciendo:
556 «Sería para ti, oh Menelao, motivo de vergüenza y de oprobio que los veloces perros despedazaran bajo el muro de Troya el cadáver de quien fué compañero fiel del ilustre Aquiles. ¡Combate denodadamente y anima á todo el ejército!»