648 Tal dijo; y el padre, compadecido de verle derramar lágrimas, disipó en el acto la obscuridad y apartó la niebla. Brilló el sol y toda la batalla quedó alumbrada. Y entonces dijo Ayax á Menelao, valiente en la pelea:

651 «Mira ahora, Menelao, alumno de Jove, si ves á Antíloco, hijo del magnánimo Néstor, vivo aún; y envíale para que vaya corriendo á decir al aguerrido Aquiles que ha muerto su compañero más amado.»

655 Tales fueron sus palabras; y Menelao, valiente en la pelea, obedeció y se fué. Como se aleja del establo un león, después de irritar á los canes y á los hombres que, vigilando toda la noche, no le han dejado comer los pingües bueyes—el animal, ávido de carne, acometía, pero nada consiguió porque audaces manos le arrojaron muchos venablos y teas encendidas que le hicieron temer, aunque estaba enfierecido;—y al despuntar la aurora, se va con el corazón afligido: de tan mala gana, Menelao, valiente en la pelea, se apartaba de Patroclo; porque sentía gran temor de que los aqueos, vencidos por el fuerte miedo, lo dejaran y fuera presa de los enemigos. Y se lo recomendó mucho á Meriones y á los Ayaces diciéndoles:

669 «¡Ayaces, caudillos de los argivos! ¡Meriones! Acordaos ahora de la mansedumbre del mísero Patroclo, el cual supo ser amable con todos mientras gozó de vida. Pero ya la muerte y el destino le alcanzaron.»

673 Dicho esto, el rubio Menelao partió volviendo los ojos por todas partes como el águila (el ave, según dicen, de vista más perspicaz entre cuantas vuelan por el cielo), á la cual, aun estando en las alturas, no le pasa inadvertida una liebre de pies ligeros echada debajo de un arbusto frondoso, y se abalanza á ella y en un instante la coge y le quita la vida; del mismo modo, oh Menelao, alumno de Jove, tus brillantes ojos dirigíanse á todos lados, por la turba numerosa de los compañeros, para ver si podrías hallar vivo al hijo de Néstor. Pronto le distinguió á la izquierda del combate, donde animaba á sus compañeros y les incitaba á pelear. Y deteniéndose á su lado, hablóle así el rubio Menelao:

685 «¡Ea, ven aquí, Antíloco, alumno de Jove, y sabrás una infausta nueva que ojalá no debiera darte! Creo que tú mismo conocerás, con sólo tender la vista, que un dios nos manda la derrota á los dánaos y que la victoria se decide por los teucros. Ha muerto el más valiente aqueo, Patroclo, y los dánaos le echan muy de menos. Corre hacia las naves aqueas y anúncialo á Aquiles; por si, dándose prisa en venir, puede llevar á su bajel el cadáver desnudo, pues las armas las tiene Héctor, el de tremolante casco.»

694 Así dijo. Estremecióse Antíloco al oirle, estuvo un buen rato sin poder hablar, llenáronse de lágrimas sus ojos y la voz sonora se le cortó. Mas no por esto descuidó de cumplir la orden de Menelao: entregó las armas á Laódoco, el eximio compañero que á su lado regía los solípedos caballos, echó á correr, y salió del combate, llorando, para dar al Pelida Aquiles la triste noticia.

702 No quisiste, oh Menelao, alumno de Jove, quedarte allí para socorrer á los fatigados compañeros de Antíloco; aunque los pilios echaban muy de menos á su jefe. Menelao les envió el divino Trasimedes; y volviendo á la carrera hacia el cadáver de Patroclo, se detuvo junto á los Ayaces, y les dijo:

708 «Ya he enviado á aquel á las veleras naves, para que se presente á Aquiles, el de los pies ligeros; pero no creo que Aquiles venga en seguida, por más airado que esté con el divino Héctor, porque sin armas no podrá combatir con los troyanos. Pensemos nosotros mismos cómo nos será más fácil sacar el cadáver y librarnos, en la lucha con los teucros, de la muerte y el destino.»

715 Respondióle el gran Ayax Telamonio: «Oportuno es cuanto dijiste, ínclito Menelao. Tú y Meriones introducíos prontamente, levantad el cadáver y sacadlo de la lid. Y nosotros dos, que tenemos igual ánimo, llevamos el mismo nombre y siempre hemos sostenido juntos el vivo combate, os seguiremos peleando á vuestra espalda con los teucros y el divino Héctor.»