722 Así dijo. Aquéllos cogieron al muerto y alzáronlo muy alto; y gritó el ejército teucro al ver que los aqueos levantaban el cadáver. Arremetieron los teucros como los perros que, adelantándose á los jóvenes cazadores, persiguen al jabalí herido: así como éstos corren detrás del jabalí y anhelan despedazarle, pero cuando el animal, fiado en su fuerza, se vuelve, retroceden y espantados se dispersan; del mismo modo, los teucros seguían en tropel y herían á los aqueos con las espadas y lanzas de doble filo, pero cuando los Ayaces volvieron la cara y se detuvieron, á todos se les mudó el color del semblante y ninguno osó adelantarse para disputarles el cadáver.
735 De tal manera ambos caudillos llevaban presurosos el cadáver desde la liza hacia las cóncavas naves. Tras ellos suscitóse feral combate: como el fuego que prende en una ciudad, se levanta de pronto y resplandece, y las casas se arruinan entre grandes llamas que el viento, enfurecido, mueve; de igual suerte, un horrísono tumulto de caballos y guerreros acompañaba á los que se iban retirando. Así como unos mulos vigorosos sacan del monte y arrastran por áspero camino una viga ó un gran tronco destinado á mástil de navío, y apresuran el paso, pero su ánimo está abatido por el cansancio y el sudor: de la misma manera, ambos caudillos trasportaban animosamente el cadáver. Detrás de ellos, los Ayaces contenían á los teucros como el valladar selvoso extendido por gran parte de la llanura refrena las corrientes perjudiciales de los ríos de curso arrebatado, les hace torcer el camino y les señala el cauce por donde todos han de correr, y jamás los ríos pueden romperlo con la fuerza de sus aguas; de semejante modo, los Ayaces apartaban á los teucros que seguían peleando, especialmente Eneas, hijo de Anquises, y el preclaro Héctor. Como vuela una bandada de estorninos ó grajos, dando horribles chillidos, cuando ven al gavilán que trae la muerte á los pajarillos; así entonces los aqueos, perseguidos por Eneas y Héctor, corrían chillando horriblemente y se olvidaban de combatir. Muchas armas hermosas de los dánaos fugitivos cayeron en el foso ó en sus orillas, y la batalla continuaba sin intermisión alguna.
Vulcano, sostenido por dos estatuas de oro, que parecían animadas, pregunta á Tetis los motivos de su visita
CANTO XVIII
FABRICACIÓN DE LAS ARMAS
1 Mientras los teucros y los aqueos combatían con el ardor de abrasadora llama, Antíloco, mensajero de veloces pies, fué en busca de Aquiles. Hallóle junto á las naves, de altas popas, y ya el héroe presentía lo ocurrido; pues, gimiendo, á su magnánimo espíritu así le hablaba:
6 «¡Ay de mí! ¿Por qué los aqueos, de larga cabellera, vuelven á ser derrotados, y corren aturdidos por la llanura con dirección á las naves? Temo que los dioses me hayan causado la desgracia cruel para mi corazón, que me anunció mi madre diciendo que el más valiente de los mirmidones dejaría de ver la luz del sol, á manos de los teucros, antes de que yo falleciera. Sin duda ha muerto el esforzado hijo de Menetio. ¡Infeliz! Yo le mandé que tan pronto como apartase el fuego enemigo, regresara á los bajeles y no quisiera pelear valerosamente con Héctor.»
15 Mientras tales pensamientos revolvía en su mente y en su corazón, llegó el hijo del ilustre Néstor; y derramando ardientes lágrimas, dióle la triste noticia: