(Canto XVIII, versos 239 y 240.)
202 En diciendo esto, fuése Iris, ligera de pies. Aquiles, caro á Júpiter, se levantó, y Minerva cubrióle los fornidos hombros con la égida floqueada y circundóle la cabeza con áurea nube, en la cual ardía resplandeciente llama. Como se ve desde lejos el humo que saliendo de una isla donde se halla una ciudad sitiada por los enemigos, llega al éter, cuando sus habitantes, después de combatir todo el día en horrenda batalla, al ponerse el sol encienden muchos fuegos, cuyo resplandor sube á lo alto, para que los vecinos los vean, se embarquen y les libren del apuro; de igual modo el resplandor de la cabeza de Aquiles llegaba al éter. Y acercándose á la orilla del foso, fuera de la muralla, se detuvo, sin mezclarse con los aqueos, porque respetaba el prudente mandato de su madre. Allí dió recias voces y á alguna distancia Palas Minerva vociferó también y suscitó un inmenso tumulto entre los teucros. Como se oye la voz sonora de la trompeta cuando vienen á cercar la ciudad enemigos que la vida quitan; tan sonora fué entonces la voz del Eácida. Cuando se dejó oir la voz de bronce del héroe, á todos se les conturbó el corazón, y los caballos, de hermosas crines, volvíanse hacia atrás con los carros porque en su ánimo presentían desgracias. Los aurigas se quedaron atónitos al ver el terrible é incesante fuego que en la cabeza del magnánimo Pelida hacía arder Minerva, la diosa de los brillantes ojos. Tres veces el divino Aquiles gritó á orillas del foso, y tres veces se turbaron los troyanos y sus ínclitos auxiliares; y doce de los más valientes guerreros murieron atropellados por sus carros y heridos por sus propias lanzas. Y los aqueos, muy alegres, sacaron á Patroclo fuera del alcance de los tiros y colocáronlo en un lecho. Los amigos le rodearon llorosos, y con ellos iba Aquiles, el de los pies ligeros, derramando ardientes lágrimas, desde que vió al fiel compañero desgarrado por el agudo bronce y tendido en el féretro. Habíale mandado á la batalla con su carro y sus corceles, y ya no podía recibirle, porque de ella no tornaba vivo.
239 Juno veneranda, la de los grandes ojos, obligó al Sol infatigable á hundirse, mal de su grado, en la corriente del Océano. Y una vez puesto, los divinos aqueos suspendieron la enconada pelea y el general combate.
243 Los teucros, por su parte, retirándose de la dura contienda, desuncieron de los carros los veloces corceles y celebraron junta antes de preparar la cena. En ella estuvieron de pie y nadie osó sentarse; pues á todos les hacía temblar el que Aquiles se presentara después de haber permanecido tanto tiempo apartado del funesto combate. Fué el primero en arengarles Polidamante Pantoida, el único que conocía lo futuro y lo pasado: era amigo de Héctor, y ambos nacieron en la misma noche; pero Polidamante superaba á Héctor en la elocuencia, y éste descollaba mucho más en el manejo de la lanza. Y dirigiéndoles, benévolo, la palabra, así les dijo:
254 «Pensadlo bien, amigos, pues yo os exhorto á volver á la ciudad en vez de aguardar á la divinal Aurora en la llanura, junto á las naves, y tan lejos del muro como al presente nos hallamos. Mientras ese hombre estuvo irritado con el divino Agamenón, fué más fácil combatir contra los aqueos; y también yo gustaba de pernoctar junto á las veleras naves, esperando que acabaríamos por tomarlas. Ahora temo mucho al Pelida, de pies ligeros, que con su ánimo arrogante no se contentará con quedarse en la llanura, donde teucros y aqueos sostienen el furor de Marte, sino que batallará para apoderarse de la ciudad y de las mujeres. Volvamos á la población; seguid mi consejo, antes de que ocurra lo que voy á decir. La noche inmortal ha detenido al Pelida, de pies ligeros; pero si mañana nos acomete armado y nos encuentra aquí, conoceréis quién es, y llegará gozoso á la sagrada Ilión el que logre escapar, pues á muchos se los comerán los perros y los buitres. ¡Ojalá que tal noticia nunca llegue á mis oídos! Si, aunque estéis afligidos, seguís mi consejo, tendremos el ejército reunido en el ágora durante la noche, pues la ciudad queda defendida por las torres y las altas puertas con sus tablas grandes, labradas, sólidamente unidas. Por la mañana, al apuntar la aurora, subiremos armados á las torres; y si aquél viniere de las naves á combatir con nosotros al pie del muro, peor para él; pues habrá de volverse después de cansar á los caballos, de erguido cuello, con carreras de todas clases, llevándolos errantes en torno de la ciudad. Pero no tendrá ánimo para entrar en ella, y nunca podrá destruirla; antes se lo comerán los veloces perros.»
284 Mirándole con torva faz, exclamó Héctor, el de tremolante casco: «¡Polidamante! No me place lo que propones de volver á la ciudad y encerrarnos en ella. ¿Aún no os cansáis de vivir dentro de los muros? Antes todos los hombres dotados de palabra llamaban á la ciudad de Príamo rica en oro y en bronce, pero ya las hermosas joyas desaparecieron de las casas: muchas riquezas han sido llevadas á la Frigia y á la Meonia para ser vendidas, desde que Júpiter se irritó contra nosotros. Y ahora que el hijo del artero Saturno me ha concedido alcanzar gloria junto á las naves y acorralar contra el mar á los aqueos, no des, ¡oh necio!, tales consejos al pueblo. Ningún troyano te obedecerá, porque no lo permitiré. Ea, obremos todos como voy á decir. Cenad en el campamento, sin romper las filas; acordaos de la guardia y vigilad todos. Y el troyano que sienta gran temor por sus bienes, júntelos y entréguelos al pueblo para que en común se consuman; pues es mejor que los disfrute éste que no los aquivos. Mañana, al apuntar la aurora, vestiremos la armadura y suscitaremos un reñido combate junto á las cóncavas naves. Y si verdaderamente el divino Aquiles se propone salir del campamento, le pesará tanto más, cuanto más se arriesgue. Porque me propongo no huir de él, sino afrontarle en la batalla horrísona; y alcanzará una gran victoria, ó seré yo quien la consiga. Que Marte es á todos común y suele causar la muerte del que matar deseaba.»
310 Así se expresó Héctor, y los teucros le aclamaron, ¡oh necios! porque Palas Minerva les quitó el juicio. ¡Aplaudían todos á Héctor por sus funestos propósitos y ni uno siquiera á Polidamante, que les daba un buen consejo! Tomaron, pues, la cena en el campamento; y los aquivos pasaron la noche dando gemidos y llorando á Patroclo. El Pelida, poniendo sus manos homicidas sobre el pecho del amigo, dió comienzo á las sentidas lamentaciones, mezcladas con frecuentes sollozos. Como el melenudo león á quien un cazador ha quitado los cachorros en la poblada selva, cuando vuelve á su madriguera se aflige y, poseído de vehemente cólera, recorre los valles en busca de aquel hombre; de igual modo, y despidiendo profundos suspiros, dijo Aquiles entre los mirmidones:
324 «¡Oh dioses! Vanas fueron las palabras que pronuncié en el palacio para tranquilizar al héroe Menetio, diciendo que á su ilustre hijo le llevaría otra vez á Opunte tan pronto como, tomada Ilión, recibiera su parte de botín. Júpiter no les cumple á los hombres todos sus deseos; y el hado ha dispuesto que nuestra sangre enrojezca una misma tierra, aquí en Troya; porque ya no me recibirán en su palacio ni el anciano caballero Peleo, ni Tetis, mi madre; sino que esta tierra me contendrá en su seno. Ya que he de morir, oh Patroclo, después que tú, no te haré las honras fúnebres hasta que traiga las armas y la cabeza de Héctor, tu magnánimo matador. Degollaré ante la pira, para vengar tu muerte, doce hijos de ilustres troyanos. Y en tanto permanezcas tendido junto á las corvas naves, te rodearán, llorando noche y día, las troyanas y dardanias de profundo seno que conquistamos con nuestro valor y la ingente lanza, al entrar á saco opulentas ciudades de hombres de voz articulada.»
343 Cuando esto hubo dicho, el divino Aquiles mandó á sus compañeros que pusieran al fuego un gran trípode para que cuanto antes le lavaran á Patroclo las manchas de sangre. Y ellos colocaron sobre el ardiente fuego una caldera propia para baños, sostenida por un trípode; llenáronla de agua, y metiendo leña debajo la encendieron: el fuego rodeó la caldera y calentó el agua. Cuando ésta hirvió en la caldera de bronce reluciente, lavaron el cadáver, ungiéronlo con pingüe aceite y taparon las heridas con un ungüento que tenía nueve años; después, colocándolo en el lecho, lo envolvieron desde la cabeza hasta los pies en fina tela de lino y lo cubrieron con un velo blanco. Los mirmidones pasaron la noche alrededor de Aquiles, el de los pies ligeros, dando gemidos y llorando á Patroclo. Y Júpiter habló de este modo á Juno, su hermana y esposa:
357 «Lograste al fin, Juno veneranda, la de los grandes ojos, que Aquiles, ligero de pies, volviera á la batalla. Sin duda nacieron de ti los aqueos de larga cabellera.»