360 Respondió Juno veneranda, la de los grandes ojos: «¡Terribilísimo Saturnio! ¡Qué palabras proferiste! Si un hombre, no obstante su condición de mortal y no saber tanto, puede realizar su propósito contra otro hombre, ¿cómo yo, que me considero la primera de las diosas por mi abolengo y por llevar el nombre de esposa tuya, de ti que reinas sobre los inmortales todos, no había de causar males á los teucros estando irritada contra ellos?»

368 Así éstos conversaban. Tetis, la de los argentados pies, llegó al palacio imperecedero de Vulcano, que brillaba como una estrella, lucía entre los de las deidades, era de bronce y habíalo edificado el Cojo en persona. Halló al dios bañado en sudor y moviéndose en torno de los fuelles, pues fabricaba veinte trípodes que debían permanecer arrimados á la pared del bien construído palacio y tenían ruedas de oro en los pies para que de propio impulso pudieran entrar donde los dioses se congregaban y volver á la casa. ¡Cosa admirable! Estaban casi terminados, faltándoles tan sólo las labradas asas, y el dios preparaba los clavos para pegárselas. Mientras hacía tales obras con sabia inteligencia, llegó Tetis, la diosa de los argentados pies. La bella Caris, que llevaba luciente diadema y era esposa del ilustre Cojo, vióla venir, salió á recibirla, y, asiéndola por la mano, le dijo:

385 «¿Por qué, oh Tetis la de largo peplo, venerable y cara, vienes á nuestro palacio? Antes no solías frecuentarlo. Pero, sígueme, y te ofreceré los dones de la hospitalidad.»

388 Dichas estas palabras, la divina entre las diosas introdujo á Tetis y la hizo sentar en un hermoso trono labrado, tachonado con clavos de plata y provisto de un escabel para los pies. Y llamando á Vulcano, ilustre artífice, le dijo: «¡Vulcano! Ven acá, pues Tetis te necesita.»

393 Respondió el ilustre cojo de ambos pies: «Respetable y veneranda es la diosa que ha venido á este palacio. Fué mi salvadora cuando me tocó padecer, pues vime arrojado del cielo y caí á lo lejos por la voluntad de mi insolente madre, que me quería ocultar á causa de la cojera. Entonces mi corazón hubiera tenido que soportar terribles penas, si no me hubiesen acogido en el seno del mar Tetis y Eurínome, hija del refluente Océano. Nueve años viví con ellas fabricando muchas piezas de bronce—broches, redondos brazaletes, sortijas y collares—en una cueva profunda rodeada por la inmensa, murmurante y espumosa corriente del Océano. De todos los dioses y los mortales hombres, sólo lo sabían Tetis y Eurínome, las mismas que antes me salvaran. Hoy que Tetis, la de hermosas trenzas, viene á mi casa, tengo que pagarle el beneficio de haberme conservado la vida. Sírvele hermosos presentes de hospitalidad, ínterin yo recojo los fuelles y demás herramientas.»

410 Dijo; y levantóse de cabe al yunque el gigantesco é infatigable numen que al andar cojeaba arrastrando sus gráciles piernas. Apartó de la llama los fuelles y puso en un arcón de plata las herramientas con que trabajaba; enjugóse con una esponja el sudor del rostro, de las manos, del vigoroso cuello y del velludo pecho; vistió la túnica; tomó el fornido cetro, y salió cojeando, apoyado en dos estatuas de oro que eran semejantes á vivientes jóvenes, pues tenían inteligencia, voz y fuerza, y hallábanse ejercitadas en las obras propias de los inmortales dioses. Ambas sostenían cuidadosamente á su señor, y éste, andando, se sentó en un trono reluciente cerca de Tetis, asió la mano de la deidad, y le dijo:

424 «¿Por qué, oh Tetis, la de largo peplo, venerable y cara, vienes á nuestro palacio? Antes no solías frecuentarlo. Di qué deseas; mi corazón me impulsa á realizarlo, si puedo y es hacedero.»

428 Respondióle Tetis, derramando lágrimas: «¡Oh Vulcano! ¿Hay alguna entre las diosas del Olimpo que haya sufrido en su ánimo tantos y tan graves pesares como á mí me ha enviado el Saturnio Jove? De las ninfas del mar, únicamente á mí me sujetó á un hombre, á Peleo Eácida, y tuve que tolerar, contra toda mi voluntad, el tálamo de un mortal que yace en el palacio, rendido á la triste vejez. Ahora me envía otros males: concedióme que pariera y alimentara á un hijo insigne entre los héroes, que creció semejante á un árbol, le crié como á una planta en terreno fértil y lo mandé á Ilión en las corvas naves, para que combatiera con los teucros; y ya no le recibiré otra vez, porque no volverá á mi casa, á la mansión de Peleo. Mientras vive y ve la luz del sol está angustiado, y no puedo, aunque á él me acerque, llevarle socorro. Los aqueos le habían asignado, como recompensa, una moza, y el rey Agamenón se la quitó de las manos. Apesadumbrado por tal motivo, consumía su corazón; pero los teucros acorralaron á los aqueos junto á los bajeles y no les dejaban salir del campamento, y los próceres argivos intercedieron con Aquiles y le ofrecieron espléndidos regalos. Entonces, aunque se negó á librarles de la ruina, hizo que vistiera sus armas Patroclo y envióle á la batalla con muchos hombres. Combatieron todo el día en las puertas Esceas; y los aqueos hubieran tomado la ciudad, á no haber sido por Apolo, el cual mató entre los combatientes delanteros al esforzado hijo de Menetio, que tanto estrago causara, y dió gloria á Héctor. Y yo vengo á abrazar tus rodillas por si quieres dar á mi hijo, cuya vida ha de ser breve, escudo, casco, hermosas grebas ajustadas con broches, y coraza; pues las armas que tenía las perdió su fiel amigo al morir á manos de los teucros, y Aquiles yace en tierra con el corazón afligido.»

462 Contestóle el ilustre cojo de ambos pies: «Cobra ánimo y no te preocupes por las armas. Ojalá pudiera ocultarlo á la muerte horrísona cuando la terrible Parca se le presente, como tendrá una hermosa armadura que admirarán cuantos la vean.»

468 Así habló; y dejando á la diosa, encaminóse á los fuelles, los volvió hacia la llama y les mandó que trabajasen. Éstos soplaban en veinte hornos, despidiendo un aire que avivaba el fuego y era de varias clases: unas veces fuerte, como lo necesita el que trabaja de prisa, y otras al contrario, según Vulcano lo deseaba y la obra lo requería. El dios puso al fuego duro bronce, estaño, oro precioso y plata; colocó en el tajo el gran yunque, y cogió con una mano el pesado martillo y con la otra las tenazas.