12 La diosa, apenas acabó de hablar, colocó en el suelo delante de Aquiles las labradas armas, y éstas resonaron. Á todos los mirmidones les sobrevino temblor; y sin atreverse á mirarlas de frente, huyeron espantados. Mas Aquiles, así que las vió, sintió que se le recrudecía la cólera; los ojos le centellearon terriblemente, como una llama, debajo de los párpados; y el héroe se gozaba teniendo en las manos el espléndido presente de la deidad. Y cuando hubo deleitado su ánimo con la contemplación de la labrada armadura, dirigió á su madre estas aladas palabras:

21 «¡Madre mía! El dios te ha dado unas armas como es natural que sean las obras de los inmortales y como ningún hombre mortal las hiciera. Ahora me armaré, pero temo que en el entretanto penetren las moscas por las heridas que el bronce causó al esforzado hijo de Menetio, engendren gusanos, desfiguren el cuerpo—pues le falta la vida—y corrompan todo el cadáver.»

28 Respondióle Tetis, la diosa de los argentados pies: «Hijo, no te preocupe el ánimo tal pensamiento. Yo procuraré apartar los importunos enjambres de moscas, que se ceban en la carne de los varones muertos en la guerra. Y aunque estuviera tendido un año entero, su cuerpo se conservaría igual ó más fresco que ahora. Tú convoca á junta á los héroes aqueos, renuncia á la cólera contra Agamenón, pastor de pueblos, ármate en seguida para el combate y revístete de valor.»

37 Dicho esto, infundióle fortaleza y audacia, y echó unas gotas de ambrosía y rojo néctar en la nariz de Patroclo, para que el cuerpo se hiciera incorruptible.

40 El divino Aquiles se encaminó á la orilla del mar, y dando horribles voces, convocó á los héroes aqueos. Y cuantos solían quedarse en el recinto de las naves, y hasta los pilotos que las gobernaban y como despenseros distribuían los víveres, fueron entonces á la junta; porque Aquiles se presentaba, después de haberse abstenido de combatir durante mucho tiempo. El intrépido Tidida y el divino Ulises, ministros de Marte, acudieron cojeando, apoyándose en el arrimo de la lanza—aún no tenían curadas las graves heridas,—y se sentaron delante de todos. Agamenón, rey de hombres, llegó el último y también estaba herido, pues Coón Antenórida habíale clavado su broncínea pica. Cuando todos los aqueos se hubieron congregado, levantándose entre ellos, dijo Aquiles, el de los pies ligeros:

56 «¡Atrida! Mejor hubiera sido para entrambos continuar unidos que sostener, con el corazón angustiado, roedora disputa por una muchacha. Así la hubiese muerto Diana en las naves con una de sus flechas, el mismo día que la cautivé al tomar á Lirneso; y no habrían mordido el anchuroso suelo tantos aquivos como sucumbieron á manos del enemigo mientras duró mi cólera. Para Héctor y los troyanos fué el beneficio, y me figuro que los aqueos se acordarán largo tiempo de nuestra altercación. Mas dejemos lo pasado, aunque nos hallemos afligidos, puesto que es preciso refrenar el furor del pecho. Desde ahora depongo la cólera, que no sería razonable estar siempre irritado. Mas, ea, incita á los aqueos, de larga cabellera, á que peleen; y veré, saliendo al encuentro de los troyanos, si querrán pasar la noche junto á los bajeles. Creo que con gusto se entregará al descanso el que logre escapar del feral combate, puesto en fuga por mi lanza.»

74 Así habló; y los aqueos, de hermosas grebas, holgáronse de que el magnánimo Pelida renunciara á la cólera. Y el rey de hombres Agamenón les dijo desde su asiento, sin levantarse en medio del concurso:

78 «¡Oh amigos, héroes dánaos, ministros de Marte! Bueno será que escuchéis sin interrumpirme, pues lo contrario molesta aun al que está ejercitado en el hablar. ¿Cómo se podría oir ó decir algo en medio del tumulto producido por muchos hombres? Hasta un orador elocuente se turbaría. Yo me dirigiré al Pelida; pero vosotros, los demás argivos, prestadme atención y cada uno comprenda bien mis palabras. Muchas veces los aqueos me han increpado por lo ocurrido, y yo no soy el culpable, sino Júpiter, el Hado y la Furia que vaga en las tinieblas; los cuales hicieron padecer á mi alma, durante la junta, cruel ofuscación el día en que le arrebaté á Aquiles la recompensa. Mas, ¿qué podía hacer? La divinidad es quien lo dispone todo. Hija veneranda de Júpiter es la perniciosa Ate, á todos tan funesta: sus pies son delicados y no los acerca al suelo, sino que anda sobre las cabezas de los hombres, á quienes causa daño, y se apodera de uno, por lo menos, de los que contienden. En otro tiempo fué aciaga para el mismo Júpiter, que es tenido por el más poderoso de los hombres y de los dioses; pues Juno, no obstante ser hembra, le engañó cuando Alcmena había de parir al fornido Hércules en Tebas, ceñida de hermosas murallas. El dios, gloriándose, dijo así ante todas las deidades:

101 «Oídme todos, dioses y diosas, para que os manifieste lo que en el pecho mi corazón me dicta. Hoy Ilitia, la que preside los partos, sacará á luz un varón que, perteneciendo á la familia de los hombres engendrados de mi sangre, reinará sobre todos sus vecinos.»

106 »Respondióle con astucia la venerable Juno: «Mientes, y no cumplirás lo que dices. Y si no, ea, Júpiter Olímpico, jura solemnemente que reinará sobre todos sus vecinos el niño que, perteneciendo á la familia de los hombres engendrados de tu sangre, caiga hoy á los pies de una mujer.»