112 »Tal dijo; Júpiter, no sospechando el dolo, prestó el gran juramento que tan funesto le había de ser. Juno dejó en raudo vuelo la cima del Olimpo, y pronto llegó á Argos de Acaya, donde vivía la esposa ilustre de Esténelo Perseida. Y como ésta se hallara encinta de siete meses cumplidos, la diosa sacó á luz el niño, aunque era prematuro, y retardó el parto de Alcmena, deteniendo á las Ilitias. Y en seguida participóselo á Jove Saturnio, diciendo:

121 »¡Padre Júpiter, fulminador! Una noticia tengo que darte. Ya nació el noble varón que reinará sobre los argivos: Euristeo, hijo de Esténelo Perseida, descendiente tuyo. No es indigno de reinar sobre aquéllos.»

125 »Tales fueron sus palabras, y un agudo dolor penetró el alma del dios que, irritado en su corazón, cogió á Ate por los nítidos cabellos y prestó solemne juramento de que Ate, tan funesta á todos, jamás volvería al Olimpo y al cielo estrellado. Y volteándola con la mano, la arrojó del cielo. En seguida llegó Ate á los campos cultivados por los hombres. Y Júpiter gemía por causa de ella, siempre que contemplaba á su hijo realizando los penosos trabajos que Euristeo le impusiera.

134 »Por esto, cuando el gran Héctor, de tremolante casco, mataba á los argivos junto á las popas de las naves, yo no podía olvidarme de Ate, cuyo funesto influjo había experimentado. Pero ya que falté y Júpiter me hizo perder el juicio, quiero aplacarte y hacerte muchos regalos, y tú marcha al combate y anima á los demás guerreros. Voy á darte cuanto ayer te ofreció en tu tienda el divino Ulises. Y si quieres, aguarda, aunque estés impaciente por combatir, y mis servidores traerán de la nave los presentes para que veas si son capaces de apaciguar tu ánimo los que te brindo.»

145 Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros: «¡Atrida gloriosísimo, rey de hombres Agamenón! Luego podrás regalarme estas cosas, como es justo, ó retenerlas. Ahora pensemos solamente en la batalla. Preciso es que no perdamos el tiempo hablando, ni difiramos la acción—la gran empresa está aún por acabar,—para que vean nuevamente á Aquiles entre los combatientes delanteros, aniquilando con su broncínea lanza las falanges teucras. Y vosotros pensad también en combatir con los enemigos.»

154 Contestó el ingenioso Ulises: «Aunque seas valiente, deiforme Aquiles, no exhortes á los aqueos á que peleen en ayunas con los teucros, cerca de Ilión; que no durará poco tiempo la batalla cuando las falanges vengan á las manos y la divinidad excite el valor de ambos ejércitos. Ordénales, por el contrario, que en las veleras naves se sacien de manjares y vino, pues esto da fuerza y valor. Estando en ayunas no puede el varón combatir todo el día, hasta la puesta del sol, con el enemigo: aunque su corazón lo desee, los miembros se le entorpecen, le rinden el hambre y la sed, y las rodillas se le doblan al andar. Pero el que pelea todo el día con los enemigos, saciado de vino y de manjares, tiene en el pecho un corazón audaz y sus miembros no se cansan antes que todos se hayan retirado de la lid. Ea, despide las tropas y manda que preparen el desayuno; el rey de hombres Agamenón traiga los regalos en medio de la junta para que los vean todos los aqueos con sus propios ojos y te regocijes en el corazón; jure el Atrida, de pie entre los argivos, que nunca subió al lecho de Briseida ni yació con la misma, como es costumbre, oh rey, entre hombres y mujeres; y tú, Aquiles, procura tener en el pecho un ánimo benigno. Que luego se te ofrezca en el campamento un espléndido banquete de reconciliación, para que nada falte de lo que se te debe. Y el Atrida sea en adelante más justo con todos; pues no se puede reprender que se apacigüe á un rey, á quien primero se injuriara.»

184 Dijo entonces el rey de hombres Agamenón: «Con agrado escuché tus palabras, Laertíada, pues en todo lo que narraste y expusiste has sido oportuno. Quiero hacer el juramento: mi ánimo me lo aconseja, y no será para un perjurio mi invocación á la divinidad. Aquiles aguarde, aunque esté impaciente por combatir, y los demás continuad reunidos aquí hasta que traigan de mi tienda los presentes y consagremos con un sacrificio nuestra fiel amistad. Á ti mismo te lo encargo y ordeno: escoge entre los jóvenes aqueos los más principales; y encaminándoos á mi nave, traed cuanto ayer ofrecimos á Aquiles, sin dejar las mujeres. Y Taltibio, atravesando el anchuroso campamento aquivo, vaya á buscar y prepare un jabalí para inmolarlo á Júpiter y al Sol.»

198 Replicó Aquiles, el de los pies ligeros: «¡Atrida gloriosísimo, rey de hombres Agamenón! Todo esto debierais hacerlo cuando se suspenda el combate y no sea tan grande el ardor que inflama mi pecho. ¡Yacen insepultos los que hizo sucumbir Héctor Priámida cuando Júpiter le dió gloria, y vosotros nos aconsejáis que comamos! Yo mandaría á los aqueos que combatieran en ayunas, sin tomar nada; y que á la puesta del sol, después de vengar la afrenta, celebraran un gran banquete. Hasta entonces no han de entrar en mi garganta ni manjares ni bebidas; porque mi compañero yace en la tienda, atravesado por el agudo bronce, con los pies hacia el vestíbulo y rodeado de amigos que le lloran. Por esto, ni regalos ni banquetes interesan á mi espíritu, sino tan sólo la matanza, la sangre y el triste gemir de los guerreros.»

215 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Oh Aquiles, hijo de Peleo, el más valiente de todos los aquivos! Eres más fuerte que yo y me superas no poco en el manejo de la lanza; pero te aventajo mucho en el pensar, porque nací antes y mi experiencia es mayor. Acceda, pues, tu corazón á lo que voy á decir. Pronto se cansan los hombres de pelear, si, haciendo caer el bronce muchas espigas al suelo, la mies es escasa porque Júpiter, el árbitro de la guerra humana, inclina al otro lado la balanza. No es justo que los aqueos lloren al muerto con el vientre, pues siendo tantos los que sucumben unos en pos de otros todos los días, ¿cuándo podríamos respirar sin pena? Se debe enterrar con ánimo firme al que muere y llorarle un día, y luego cuantos hayan escapado del combate funesto piensen en comer y beber para vestir otra vez el indomable bronce y pelear continuamente y con más tesón aún contra los enemigos. Ningún guerrero deje de salir aguardando otra exhortación, que para su daño la esperará quien se quede junto á las naves argivas. Vayamos todos juntos y excitemos al cruel Marte contra los teucros, domadores de caballos.»

238 Dijo; mandó que le siguiesen los hijos de Néstor, Meges Filida, Toante, Meriones, Licomedes Creontíada y Melanipo, y encaminóse con ellos á la tienda de Agamenón Atrida. Y apenas hecha la proposición, ya estaba cumplida. Lleváronse de la tienda los siete trípodes que el Atrida había ofrecido, veinte calderas relucientes y doce caballos; é hicieron salir siete mujeres, diestras en primorosas labores, y á Briseida, la de hermosas mejillas, que fué la octava. Al volver, Ulises iba delante con los diez talentos de oro que él mismo había pesado, y le seguían los jóvenes aqueos con los presentes. Pusiéronlo todo en medio de la junta, y alzóse Agamenón, teniendo á su lado á Taltibio, cuya voz parecía la de una deidad, sujetando con la mano á un jabalí. El Atrida sacó el cuchillo que llevaba colgado junto á la gran vaina de la espada, cortó por primicias algunas cerdas del jabalí y oró, levantando las manos á Júpiter; y todos los argivos, sentados en silencio y en buen orden, escuchaban las palabras del rey. Éste, alzando los ojos al anchuroso cielo, hizo esta plegaria: