(Canto XX, versos 48 á 50.)

110 Apenas acabó de hablar, infundió grandes bríos al pastor de hombres; y éste, que llevaba una reluciente armadura de bronce, se abrió paso por los combatientes delanteros. Juno, la de los níveos brazos, no dejó de advertir que el hijo de Anquises atravesaba la muchedumbre para salir al encuentro del Pelida; y llamando á otros dioses, les dijo:

115 «Considerad en vuestra mente, Neptuno y Minerva, cómo esto acabará; pues Eneas, armado de reluciente bronce, se encamina en derechura al Pelida por excitación de Febo Apolo. Ea, hagámosle retroceder, ó alguno de nosotros se ponga junto á Aquiles, le infunda gran valor y no deje que su ánimo desfallezca; para que conozca que le acorren los inmortales más poderosos, y que son débiles los dioses que en el combate y la pelea protegen á los teucros. Todos hemos bajado del Olimpo á intervenir en esta batalla, para que Aquiles no padezca hoy ningún daño de parte de los teucros; y luego sufrirá lo que la Parca dispuso, hilando el lino, cuando su madre lo dió á luz. Si Aquiles no se entera por la voz de los dioses, sentirá temor cuando en el combate le salga al encuentro alguna deidad; pues los dioses, en dejándose ver, son terribles.»

132 Respondióle Neptuno, que sacude la tierra: «¡Juno! No te irrites más de lo razonable, que no es decoroso. Ni yo quisiera que nosotros, que somos los más fuertes, promoviéramos la contienda entre los dioses. Vayamos á sentarnos en aquella altura, y de la batalla cuidarán los hombres. Y si Marte ó Febo Apolo dieren principio á la pelea ó detuvieren á Aquiles y no le dejaren combatir, iremos en seguida á luchar con ellos, y me figuro que pronto tendrán que retirarse y volver al Olimpo, á la junta de los demás dioses, vencidos por la fuerza de nuestros brazos.»

144 Dichas estas palabras, el dios de los cerúleos cabellos llevólos al alto terraplén que los troyanos y Palas Minerva habían levantado en otro tiempo para que el divino Hércules se librara de la ballena cuando, perseguido por ésta, pasó de la playa á la llanura. Allí Neptuno y los otros dioses se sentaron, extendiendo en derredor de sus hombros una impenetrable nube; y al otro lado, en la cima de la Colina hermosa, en torno de ti, flechador Febo, y de Marte, que destruye las ciudades, acomodáronse las deidades protectoras de los teucros. Así unos y otros, sentados en dos grupos, deliberaban y no se decidían á empezar el funesto combate. Y Júpiter desde lo alto les incitaba á comenzarlo.

156 Todo el campo, lleno de hombres y caballos, resplandecía con el lucir del bronce; y la tierra retumbaba debajo de los pies de los guerreros que á lidiar salían. Dos varones, señalados entre los más valientes, deseosos de combatir, se adelantaron á los suyos para afrontarse entre ambos ejércitos: Eneas, hijo de Anquises, y el divino Aquiles. Presentóse primero Eneas, amenazador, tremolando el refornido casco: protegía el pecho con el fuerte escudo y vibraba broncínea lanza. Y el Pelida desde el otro lado fué á oponérsele. Como cuando se reunen los hombres de todo un pueblo para matar á un voraz león, éste al principio sigue su camino despreciándolos; mas, así que uno de los belicosos jóvenes le hiere con un venablo, se vuelve hacia él con la boca abierta, muestra los dientes cubiertos de espuma, siente gemir en su pecho el corazón valeroso, se azota con la cola muslos y caderas para animarse á pelear, y con los ojos centelleantes arremete fiero hasta que mata á alguien ó él mismo perece en la primera fila; así le instigaban á Aquiles su valor y ánimo esforzado á salir al encuentro del magnánimo Eneas. Y tan pronto como se hallaron frente á frente, el divino Aquiles, el de los pies ligeros, habló diciendo:

178 «¡Eneas! ¿Por qué te adelantas tanto á la turba y me aguardas? ¿Acaso el ánimo te incita á combatir conmigo por la esperanza de reinar sobre los troyanos, domadores de caballos, con la dignidad de Príamo? Si me matases, no pondría Príamo en tu mano tal recompensa; porque tiene hijos, conserva entero el juicio y no es insensato. ¿Ó quizás te han prometido los troyanos acotarte un hermoso campo de frutales y sembradío que á los demás aventaje, para que puedas cultivarlo, si me quitas la vida? Me figuro que te será difícil conseguirlo. Ya otra vez te puse en fuga con mi lanza. ¿No recuerdas que te eché de los montes ideos, donde estabas solo pastoreando los bueyes, y te perseguí corriendo con ligera planta? Entonces huías sin volver la cabeza. Luego te refugiaste en Lirneso y yo tomé la ciudad con la ayuda de Minerva y del padre Jove, y me llevé las mujeres haciéndolas esclavas; mas á ti te salvaron Júpiter y los demás dioses. No creo que ahora te guarden, como espera tu corazón; y te aconsejo que vuelvas á tu ejército y no te quedes frente á mí, antes que padezcas algún daño; que el necio sólo conoce el mal cuando ha llegado.»

199 Eneas respondióle diciendo: «¡Pelida! No creas que con esas palabras me asustarás como á un niño, pues también sé proferir injurias y baldones. Conocemos el linaje de cada uno de nosotros y cuáles fueron nuestros respectivos padres, por haberlo oído contar á los mortales hombres; que ni tú viste á los míos, ni yo á los tuyos. Dicen que eres prole del eximio Peleo y tienes por madre á Tetis, ninfa marina de hermosas trenzas; mas yo me glorío de ser hijo del magnánimo Anquises y mi madre es Venus: aquéllos ó éstos tendrán que llorar hoy la muerte de su hijo, pues no pienso que nos separemos, sin combatir, después de dirigirnos pueriles insultos. Si deseas saberlo, te diré cuál es mi linaje, de muchos conocido. Primero Júpiter, que amontona las nubes, engendró á Dárdano, y éste fundó la Dardania al pie del Ida, en manantiales abundoso; pues aún la sacra Ilión, ciudad de hombres de voz articulada, no había sido edificada en la llanura. Dárdano tuvo por hijo al rey Erictonio, que fué el más opulento de los mortales hombres: poseía tres mil yeguas que, ufanas de sus tiernos potros, pacían junto á un pantano.—El Bóreas enamoróse de algunas de las que vió pacer, y transfigurado en caballo de negras crines, hubo de ellas doce potros que en la fértil tierra saltaban por encima de las mieses sin romper las espigas y en el ancho dorso del espumoso mar corrían sobre las mismas olas.—Erictonio fué padre de Tros, que reinó sobre los troyanos; y éste dió el ser á tres hijos irreprensibles: Ilo, Asáraco y el deiforme Ganimedes, el más hermoso de los hombres, á quien arrebataron los dioses á causa de su belleza para que escanciara el néctar á Júpiter y viviera con los inmortales. Ilo engendró al eximio Laomedonte, que tuvo por hijos á Titón, Príamo, Lampo, Clitio é Hicetaón, vástago de Marte. Asáraco engendró á Capis, cuyo hijo fué Anquises. Anquises me engendró á mí y Príamo al divino Héctor. Tal alcurnia y tal sangre me glorío de tener. Pero Júpiter aumenta ó disminuye el valor de los guerreros como le place, porque es el más poderoso. Ea, no nos digamos más palabras como si fuésemos niños, parados así en medio del campo de batalla. Fácil nos sería inferirnos tantas injurias, que una nave de cien bancos de remeros no podría llevarlas. Es voluble la lengua de los hombres, y de ella salen razones de todas clases; hállanse muchas palabras acá y allá, y cual hablares, tal oirás la respuesta. Mas ¿qué necesidad tenemos de altercar, disputando é injuriándonos, como mujeres irritadas, las cuales, movidas por el roedor encono, salen á la calle y se zahieren diciendo muchas cosas, verdaderas unas y falsas otras, que la cólera les dicta? No lograrás con tus palabras que yo, estando deseoso de combatir, pierda el valor antes de que con el bronce y frente á frente peleemos. Ea, acometámonos en seguida con las broncíneas lanzas.»

259 Dijo; y arrojando la fornida lanza, clavóla en el terrible y horrendo escudo de Aquiles, que resonó en torno de la misma. El Pelida, temeroso, apartó el escudo con la robusta mano, creyendo que la luenga lanza del magnánimo Eneas lo atravesaría fácilmente. ¡Insensato! No pensó en su mente ni en su espíritu que los presentes de los dioses no pueden ser destruídos con facilidad por los mortales hombres, ni ceder á sus fuerzas. Y así la ponderosa lanza de Eneas no perforó entonces la rodela por haberlo impedido la lámina de oro que el dios puso en medio, sino que atravesó dos capas y dejó tres intactas, porque eran cinco las que el dios cojo había reunido: las dos de bronce, dos interiores de estaño, y una de oro, que fué donde se detuvo la lanza de fresno.

273 Aquiles despidió luego la ingente lanza, y acertó á dar en el borde del liso escudo de Eneas, sitio en que el bronce era más delgado y el boyuno cuero más tenue: el fresno del Pelión atravesólo, y todo el escudo resonó. Eneas, amedrentado, se encogió y levantó el escudo; la lanza, deseosa de proseguir su curso, pasóle por cima del hombro, después de romper los dos círculos de la rodela, y se clavó en el suelo; y el héroe, evitado ya el golpe, quedóse inmóvil y con los ojos muy espantados de ver que aquélla había caído tan cerca. Aquiles desnudó la aguda espada; y profiriendo grandes y horribles voces, arremetió contra Eneas; y éste, á su vez cogió una gran piedra que dos de los hombres actuales no podrían llevar y que él manejaba fácilmente. Y Eneas tirara la piedra á Aquiles y le acertara en el casco ó en el escudo que habría apartado del héroe la triste muerte, y Aquiles privara de la vida á Eneas, hiriéndole de cerca con la espada, si al punto no lo hubiese advertido Neptuno, que sacude la tierra, el cual dijo entre los dioses inmortales: