293 «¡Oh dioses! Me causa pesar el magnánimo Eneas que pronto, sucumbiendo á manos del Pelida, descenderá al Orco por haber obedecido las palabras del flechador Apolo. ¡Insensato! El dios no le librará de la triste muerte. Mas ¿por qué ha de padecer, sin ser culpable, las penas que otros merecen, habiendo ofrecido siempre gratos presentes á los dioses que habitan el anchuroso cielo? Ea, librémosle de la muerte, no sea que Júpiter se enoje si Aquiles lo mata, pues el destino quiere que se salve á fin de que no perezca ni se extinga el linaje de Dárdano, que fué amado por el Saturnio con preferencia á los demás hijos que tuvo de mujeres mortales. Ya Jove aborrece á los descendientes de Príamo; pero el fuerte Eneas reinará sobre los troyanos, y luego los hijos de sus hijos que sucesivamente nazcan.»
309 Respondióle Juno veneranda, la de los grandes ojos: «¡Neptuno! Resuelve tú mismo si has de salvar á Eneas ó permitir que, no obstante su valor, sea muerto por el Pelida Aquiles. Pues así Palas Minerva como yo hemos jurado repetidas veces ante los inmortales todos, que jamás libraríamos á los teucros del día funesto, aunque Troya entera fuese pasto de las voraces llamas por haberla incendiado los belicosos aqueos.»
318 Cuando Neptuno, que sacude la tierra, oyó estas palabras, fuése; y andando por la liza, entre el estruendo de las lanzas, llegó adonde estaban Eneas y el ilustre Aquiles. Al momento cubrió de niebla los ojos del Pelida Aquiles, arrancó del escudo del magnánimo Eneas la lanza de fresno con punta de bronce que depositó á los pies de aquél, y arrebató al teucro alzándolo de la tierra. Eneas, sostenido por la mano del dios, pasó por cima de muchas filas de héroes y caballos hasta llegar al otro extremo del impetuoso combate, donde los caucones se armaban para pelear. Y entonces Neptuno, que sacude la tierra, se le presentó, y le dijo estas aladas palabras:
332 «¡Eneas! ¿Cuál de los dioses te ha ordenado que cometieras la locura de luchar cuerpo á cuerpo con el animoso Pelida, que es más fuerte que tú y más caro á los inmortales? Retírate cuantas veces le encuentres, no sea que te haga descender á la morada de Plutón antes de lo dispuesto por el hado. Mas cuando Aquiles haya muerto, por haberse cumplido su destino, pelea confiadamente entre los combatientes delanteros, que no te matará ningún otro aquivo.»
340 Tales fueron sus palabras. Dejó á Eneas allí, después que le hubo amonestado, y apartó la obscura niebla de los ojos de Aquiles. Éste volvió á ver con claridad, y, gimiendo, á su magnánimo espíritu le decía:
344 «¡Oh dioses! Grande es el prodigio que á mi vista se ofrece: esta lanza yace en el suelo y no veo al varón contra quien la arrojé, con intención de matarle. Ciertamente, á Eneas le aman los inmortales dioses; ¡y yo creía que se jactaba de ello vanamente! Váyase, pues; que no tendrá ánimo para medir de nuevo sus fuerzas conmigo, quien ahora huyó gustoso de la muerte. Exhortaré á los belicosos dánaos y probaré el valor de los demás enemigos, saliéndoles al encuentro.»
353 Dijo; y saltando por entre las filas, animaba á los guerreros: «¡No permanezcáis alejados de los teucros, divinos aqueos! Ea, cada hombre embista á otro y sienta anhelo por pelear. Difícil es que yo solo, aunque sea valiente, persiga á tantos guerreros y con todos lidie; y ni á Marte, que es un dios inmortal, ni á Minerva, les sería posible recorrer un campo de batalla tan vasto y combatir en todas partes. En lo que puedo hacer con mis manos, mis pies ó mi fuerza, no me muestro remiso. Entraré por todos lados en las hileras de las falanges enemigas, y me figuro que no se alegrarán los teucros que á mi lanza se acerquen.»
364 Con estas palabras los animaba. También el esclarecido Héctor exhortaba á los teucros, dando gritos, y aseguraba que saldría al encuentro de Aquiles:
366 «¡Animosos teucros! ¡No temáis al Pelida! Yo de palabra combatiría hasta con los inmortales; pero es difícil hacerlo con la lanza, siendo, como son, mucho más fuertes. Aquiles no llevará al cabo todo cuanto dice, sino que en parte lo cumplirá y en parte lo dejará á medio hacer. Iré á encontrarle, aunque por sus manos sea semejante á la llama; sí, aunque por sus manos se parezca á la llama, y por su fortaleza al reluciente hierro.»
373 Con tales voces los excitaba. Los teucros calaron las lanzas; trabóse el combate y se produjo gritería, y entonces Febo Apolo se acercó á Héctor y le dijo: