376 «¡Héctor! No te adelantes para luchar con Aquiles; espera su acometida mezclado con la muchedumbre, confundido con la turba. No sea que consiga herirte desde lejos con arma arrojadiza, ó de cerca con la espada.»
379 Así habló. Héctor se fué, amedrentado, por entre la multitud de guerreros apenas acabó de oir las palabras del dios. Aquiles, con el corazón revestido de valor y dando horribles gritos, arremetió á los teucros, y empezó por matar al valeroso Ifitión Otrintida, caudillo de muchos hombres, á quien una ninfa náyade había tenido de Otrinteo, asolador de ciudades, en el opulento pueblo de Hida, al pie del nevado Tmolo: el divino Aquiles acertó á darle con la lanza en medio de la cabeza, cuando arremetía contra él, y se la dividió en dos partes. El teucro cayó con estrépito, y el divino Aquiles se glorió diciendo:
389 «¡Yaces en el suelo, Otrintida, el más portentoso de todos los hombres! En este lugar te sorprendió la muerte; á ti, que habías nacido á orillas del lago Gigeo, donde tienes la heredad paterna, junto al Hilo, abundante en peces, y el Hermo voraginoso.»
393 Tan jactanciosamente habló. Las tinieblas cubrieron los ojos de Ifitión, y los carros de los aqueos lo despedazaron con las llantas de sus ruedas en el primer reencuentro. Aquiles hirió, después, en la sien, atravesándole el casco de broncíneas carrilleras, á Demoleonte, valiente adalid en el combate; y el casco no detuvo la lanza, pues la punta entró y rompió el hueso, conmovióse interiormente el cerebro, y el teucro sucumbió cuando peleaba con ardor. Luego, como Hipodamante saltara del carro y se diese á la fuga, le envasó la pica en la espalda: aquél exhalaba el aliento y bramaba como el toro que los jóvenes arrastran á los altares del soberano Heliconio y el dios que sacude la tierra se goza al verlo; así bramaba Hipodamante cuando el alma valerosa dejó sus miembros. Seguidamente acometió con la lanza al deiforme Polidoro Priámida á quien su padre no permitía que fuera á las batallas porque era el menor y el predilecto de sus hijos. Nadie vencía á Polidoro en la carrera; y entonces, por pueril petulancia, haciendo gala de la ligereza de sus pies, agitábase el troyano entre los combatientes delanteros, hasta que perdió la vida: al verle pasar, el divino Aquiles, ligero de pies, hundióle la lanza en medio de la espalda, donde los anillos de oro sujetaban el cinturón y era doble la coraza, y la punta salió al otro lado cerca del ombligo; el joven cayó de rodillas dando lastimeros gritos; obscura nube le envolvió; é inclinándose, procuraba sujetar con sus manos los intestinos, que le salían por la herida.
419 Tan pronto como Héctor vió á su hermano Polidoro cogiéndose las entrañas y encorvado hacia el suelo, se le puso una nube ante los ojos y ya no pudo combatir á distancia; sino que, blandiendo la aguda lanza é impetuoso como una llama, se dirigió al encuentro de Aquiles. Y éste, al advertirlo, saltó hacia él, y dijo muy ufano estas palabras:
425 «Cerca está el hombre que ha inferido á mi corazón la más grave herida, el que mató á mi compañero amado. Ya no huiremos asustados, el uno del otro, por los senderos del combate.»
428 Dijo; y mirando con torva faz al divino Héctor, le gritó: «¡Acércate para que pronto llegues de tu perdición al término!»
430 Sin turbarse, le respondió Héctor, el de tremolante casco: «¡Pelida! No esperes amedrentarme con palabras como á un niño; también yo sé proferir injurias y baldones. Reconozco que eres valiente y que estoy por muy debajo de ti. Pero en la mano de los dioses está si yo, siendo inferior, te quitaré la vida con mi lanza; pues también tiene afilada punta.»
438 En diciendo esto, blandió y arrojó la ingente lanza; pero Minerva con un tenue soplo apartóla del glorioso Aquiles, y el arma volvió hacia el divino Héctor y cayó á sus pies. Aquiles acometió, dando horribles gritos, á Héctor, con intención de matarle; pero Apolo arrebató al troyano, haciéndolo con gran facilidad por ser dios, y lo cubrió con densa niebla. Tres veces el divino Aquiles, ligero de pies, atacó con la broncínea lanza; tres veces dió el golpe en el aire. Y cuando, semejante á un dios, arremetía por cuarta vez, increpó el héroe á Héctor con voz terrible, dirigiéndole estas aladas palabras:
449 «¡Otra vez te has librado de la muerte, perro! Muy cerca tuviste la perdición, pero te salvó Febo Apolo, á quien debes de rogar cuando sales al campo antes de oir el estruendo de los dardos. Yo acabaré contigo si más tarde te encuentro y un dios me ayuda. Y ahora perseguiré á los demás que se me pongan al alcance.»