455 Así dijo; y con la lanza hirió en medio del cuello á Dríope, que cayó á sus pies. Dejóle, y al momento detuvo á Demuco Filetórida, á quien pinchó con la lanza en una rodilla, y luego quitóle la vida con la gran espada. Después acometió á Laógono y á Dárdano, hijos de Biante: habiéndolos derribado del carro en que iban, á aquél le hizo perecer arrojándole la lanza, y á éste hiriéndole de cerca con la espada. También mató á Tros Alastórida, que vino á abrazarle las rodillas por si compadeciéndose de él, que era de la misma edad del héroe, en vez de matarle le hacía prisionero y le dejaba vivo. ¡Insensato! No comprendió que no podría persuadirle, pues Aquiles no era hombre de condición benigna y mansa, sino muy violento. Ya aquél le tocaba las rodillas con intención de suplicarle, cuando le hundió la espada en el hígado: derramóse éste, llenando de negra sangre el pecho, y las tinieblas cubrieron los ojos del teucro, que quedó exánime. Inmediatamente, Aquiles se acercó á Mulio; y metiéndole la lanza en una oreja, la broncínea punta salió por la otra. Más tarde, hirió en medio de la cabeza á Equeclo, hijo de Agenor, con la espada provista de empuñadura: la hoja entera se calentó con la sangre, y la purpúrea muerte y el hado cruel velaron los ojos del guerrero. Posteriormente, atravesó con la broncínea lanza el brazo de Deucalión, en el sitio donde se juntan los tendones del codo; y el teucro esperóle, con la mano entorpecida y viendo que la muerte se le acercaba: Aquiles le cercenó de un tajo la cabeza, que con el casco arrojó á lo lejos, la médula salió de las vértebras y el guerrero quedó tendido en el suelo. Dirigióse acto seguido contra Rigmo, ilustre hijo de Píroo, que había llegado de la fértil Tracia, y le hirió en medio del cuerpo: clavóle la broncínea lanza en el pulmón, y le derribó del carro. Y como viera que su escudero Areitoo torcía la rienda á los caballos, envasóle la aguda lanza en la espalda, y también le hizo caer á tierra, mientras los corceles huían espantados.

490 De la suerte que al estallar abrasador incendio en los hondos valles de árida montaña, arde la poblada selva, y el viento mueve las llamas que giran en todas direcciones; de la misma manera, Aquiles se revolvía furioso con la lanza, persiguiendo, cual una deidad, á los que estaban destinados á morir; y la negra tierra manaba sangre. Como, uncidos al yugo dos bueyes de ancha frente para que trillen la blanca cebada en una era bien dispuesta, se desmenuzan presto las espigas bajo los pies de los mugientes bueyes; así los solípedos corceles, guiados por Aquiles, hollaban á un mismo tiempo cadáveres y escudos; el eje del carro tenía la parte inferior cubierta de sangre y los barandales estaban salpicados de sanguinolentas gotas que los cascos de los corceles y las llantas de las ruedas despedían. Y el Pelida deseaba alcanzar gloria y tenía las manos manchadas de sangre y polvo.


El Janto y el Símois intentan sumergir en sus ondas á Aquiles

CANTO XXI

BATALLA JUNTO AL RÍO

1 Así que los teucros llegaron al vado del voraginoso Janto, río de hermosa corriente á quien el inmortal Júpiter engendrara, Aquiles los dividió en dos grupos. Á los del primero, echólos el héroe por la llanura hacia la ciudad, por donde los aqueos huían espantados el día anterior, cuando el esclarecido Héctor se mostraba furioso; por allí derramáronse entonces los teucros en su fuga, y Juno, para detenerlos, los envolvió en una densa niebla. Los otros rodaron al caudaloso río de argentados vórtices, y cayeron en él con gran estrépito: resonaba la corriente, retumbaban ambas orillas y los teucros nadaban acá y allá, gritando, mientras eran arrastrados en torno de los remolinos. Como las langostas, acosadas por la violencia de un fuego que estalla de repente, vuelan hacia el río y se echan medrosas en el agua; de la misma manera, la corriente sonora del Janto de profundos vórtices, se llenó, por la persecución de Aquiles, de hombres y caballos que en el mismo caían confundidos.

17 Aquiles, vástago de Jove, dejó su lanza arrimada á un tamariz de la orilla; saltó al río, cual si fuese una deidad, con sólo la espada y meditando en su corazón acciones crueles; y comenzó á herir á diestro y á siniestro: al punto levantóse un horrible clamoreo de los que recibían los golpes, y el agua bermejeó con la sangre. Como los peces huyen del ingente delfín, y, temerosos, llenan los senos del hondo puerto, porque aquél devora á cuantos coge; de la misma manera, los teucros iban por la impetuosa corriente del río y se refugiaban, temblando, debajo de las rocas. Cuando Aquiles tuvo las manos cansadas de matar, cogió vivos, dentro del río, á doce mancebos para inmolarlos más tarde en expiación de la muerte de Patroclo Menetíada. Sacólos atónitos como cervatos, les ató las manos por detrás con las correas bien cortadas que llevaban en las flexibles túnicas y encargó á los amigos que los condujeran á las cóncavas naves. Y el héroe acometió de nuevo á los teucros, para hacer en ellos gran destrozo.

34 Allí se encontró Aquiles con Licaón, hijo de Príamo Dardánida; el cual, huyendo, iba á salir del río. Ya anteriormente habíale hecho prisionero encaminándose de noche á un campo de Príamo: Licaón cortaba con el agudo bronce los ramos nuevos de un cabrahigo para hacer los barandales de un carro, cuando Aquiles, presentándose cual imprevista calamidad, se lo llevó mal de su grado. Trasportóle luego en una nave á la bien construída Lemnos, y allí lo puso en venta: el hijo de Jasón pagó el precio. Después Eetión de Imbros, que era huésped del troyano, dió por él un cuantioso rescate y enviólo á la divina Arisbe. Escapóse Licaón, y volviendo á la casa paterna, estuvo celebrando con sus amigos durante once días su regreso de Lemnos; mas, al duodécimo, un dios le hizo caer nuevamente en manos de Aquiles, que debía mandarle al Orco, sin que Licaón lo deseara. Como el divino Aquiles, el de los pies ligeros, le viera inerme—sin casco, escudo ni lanza, porque todo lo había tirado al suelo—y que salía del río con el cuerpo abatido por el sudor y las rodillas vencidas por el cansancio; sorprendióse, y á su magnánimo espíritu así le habló: