54 «¡Oh dioses! Grande es el prodigio que á mi vista se ofrece. Ya es posible que los teucros á quienes maté resuciten de las sombrías tinieblas; cuando éste, librándose del día cruel, ha vuelto de la divina Lemnos donde fué vendido, y las olas del espumoso mar que á tantos detienen no han impedido su regreso. Mas, ea, haré que pruebe la punta de mi lanza para ver y averiguar si volverá nuevamente ó se quedará en el seno de la fértil tierra que hasta á los fuertes retiene.»
64 Pensando en tales cosas, Aquiles continuaba inmóvil. Licaón, asustado, se le acercó á tocarle las rodillas; pues en su ánimo sentía vivo deseo de librarse de la triste muerte y de su negro destino. El divino Aquiles levantó en seguida la enorme lanza con intención de herirle, pero Licaón se encogió y corriendo le abrazó las rodillas; y aquélla, pasándole por cima del dorso, se clavó en el suelo, codiciosa de cebarse en el cuerpo de un hombre. En tanto Licaón suplicaba á Aquiles; y abrazando con una mano sus rodillas y sujetando con la otra la aguda lanza, estas aladas palabras le decía:
74 «Te lo ruego abrazado á tus rodillas, Aquiles: respétame y apiádate de mí. Has de tenerme, oh alumno de Júpiter, por un suplicante digno de consideración; pues comí en tu tienda el fruto de Ceres el día en que me hiciste prisionero en el campo bien cultivado, y llevándome lejos de mi padre y de mis amigos, me vendiste en Lemnos: cien bueyes te valió mi persona. Ahora te daría el triple para rescatarme. Doce días ha que, habiendo padecido mucho, volví á Ilión; y otra vez el hado funesto me pone en tus manos. Debo de ser odioso al padre Júpiter, cuando nuevamente me entrega á ti. Para darme una vida corta, me parió Laótoe, hija del anciano Altes que reina sobre los belicosos léleges y posee la excelsa Pédaso junto al Sátniois. Á la hija de aquél la tuvo Príamo por esposa con otras muchas; de la misma nacimos dos varones y á entrambos nos habrás dado muerte. Ya hiciste sucumbir entre los infantes delanteros á Polidoro, hiriéndole con la aguda pica; y ahora la desgracia llegó para mí, pues no espero escapar de tus manos después que un dios me ha echado en ellas. Otra cosa te diré que fijarás en la memoria: No me mates; pues no nací del mismo vientre que Héctor, el que dió muerte á tu dulce y valiente amigo.»
97 Con tales palabras el preclaro hijo de Príamo suplicaba á Aquiles; pero fué amarga la respuesta que escuchó:
99 «¡Insensato! No me hables del rescate, ni lo menciones siquiera. Antes que á Patroclo le llegara el día fatal, me era grato abstenerme de matar á los teucros y fueron muchos los que cogí vivos y vendí luego; mas ahora ninguno escapará de la muerte, si un dios lo pone en mis manos delante de Ilión y especialmente si es hijo de Príamo. Por tanto, amigo, muere tú también. ¿Por qué te lamentas de este modo? Murió Patroclo, que tanto te aventajaba. ¿No ves cuán gallardo y alto de cuerpo soy yo, á quien engendró un padre ilustre y dió á luz una diosa? Pues también me aguardan la muerte y el hado cruel. Vendrá una mañana, una tarde ó un mediodía en que alguien me quitará la vida en el combate, hiriéndome con la lanza ó con una flecha despedida por el arco.»
114 Así dijo. Desfallecieron las rodillas y el corazón del teucro que, soltando la lanza, se sentó y tendió ambos brazos. Aquiles puso mano á la tajante espada é hirió á Licaón en la clavícula, junto al cuello: metióle dentro toda la hoja de dos filos, el troyano dió de ojos por el suelo y su sangre fluía y mojaba la tierra. El héroe cogió el cadáver por el pie, arrojólo al río para que la corriente se lo llevara, y profirió con jactancia estas aladas palabras:
122 «Yaz ahí entre los peces que tranquilos te lamerán la sangre de la herida. No te colocará tu madre en un lecho para llorarte; sino que serás llevado por el voraginoso Escamandro al vasto seno del mar. Y algún pez, saliendo de las olas á la negruzca y encrespada superficie, comerá la blanca grasa de Licaón. Así perezcáis los demás teucros hasta que lleguemos á la sacra ciudad de Ilión, vosotros huyendo y yo detrás haciendo gran riza. No os salvará ni siquiera el río de hermosa corriente y argénteos remolinos, á quien desde antiguo sacrificáis muchos toros y en cuyos vórtices echáis solípedos caballos. Así y todo, pereceréis miserablemente unos en pos de otros, hasta que hayáis expiado la muerte de Patroclo y el estrago y la matanza que hicisteis en los aqueos junto á las naves, mientras estuve alejado de la lucha.»
136 Habló de esta manera. El río, con el corazón irritado, revolvía en su mente cómo haría cesar á Aquiles de combatir y libraría de la muerte á los troyanos. En tanto, el hijo de Peleo dirigió su ingente lanza á Asteropeo, hijo de Pelegón, con ánimo de matarle. Á Pelegón le habían engendrado el Axio, de ancha corriente, y Peribea, la hija mayor de Acesameno; que con ésta se unió aquel río de profundos remolinos. Encaminóse, pues, Aquiles hacia Asteropeo, el cual salió á su encuentro llevando dos lanzas; y el Janto, irritado por la muerte de los jóvenes á quienes Aquiles había hecho perecer sin compasión en la misma corriente, infundió valor en el pecho del troyano. Cuando ambos guerreros se hallaron frente á frente, el divino Aquiles, el de los pies ligeros, fué el primero en hablar, y dijo:
150 «¿Quién eres tú y de dónde, que osas salirme al encuentro? Infelices de aquéllos cuyos hijos se oponen á mi furor.»
152 Respondióle el preclaro hijo de Pelegón: «¡Magnánimo Pelida! ¿Por qué sobre el abolengo me interrogas? Soy de la fértil Peonia, que está lejos; vine mandando á los peonios, que combaten con largas picas, y hace once días que llegué á Ilión. Mi linaje trae su origen del anchuroso Axio, que esparce su hermosísimo raudal sobre la tierra: Axio engendró á Pelegón, famoso por su lanza, y de éste dicen que he nacido. Pero peleemos ya, esclarecido Aquiles.»