161 De tal modo habló, en son de amenaza. El divino Aquiles levantó el fresno del Pelión, y el héroe Asteropeo, que era ambidextro, tiróle á un tiempo las dos lanzas: la una dió en el escudo, pero no lo atravesó porque la lámina de oro que el dios puso en el mismo la detuvo; la otra rasguñó el brazo derecho del héroe, junto al codo, del cual brotó negra sangre; mas el arma pasó por encima y se clavó en el suelo, codiciosa de la carne. Aquiles arrojó entonces la lanza, de recto vuelo, á Asteropeo con intención de matarle, y erró el tiro: aquélla cayó en la elevada orilla y se hundió hasta la mitad del palo. El Pelida, desnudando la aguda espada que llevaba junto al muslo, arremetió enardecido á Asteropeo, quien con la mano robusta intentaba arrancar del escarpado borde la lanza de Aquiles: tres veces la meneó para arrancarla, y otras tantas tuvo que desistir de su propósito. Y cuando, á la cuarta vez, quiso doblar y romper la lanza de fresno del Eácida, acercósele Aquiles y con la espada le quitó la vida: hirióle en el vientre, junto al ombligo; derramáronse los intestinos, y las tinieblas cubrieron los ojos del teucro, que cayó anhelante. Aquiles se abalanzó á su pecho, le quitó la armadura; y blasonando del triunfo, dijo estas palabras:

184 «Yaz ahí. Difícil era que tú, aunque engendrado por un río, pudieses disputar la victoria á los hijos del prepotente Saturnio. Dijiste que tu linaje procede de un anchuroso río; mas yo me jacto de pertenecer al del gran Júpiter. Engendróme un varón que reina sobre muchos mirmidones, Peleo, hijo de Éaco; y este último era hijo de Jove. Y como Júpiter es más poderoso que los ríos, que corren al mar, así también los descendientes de Júpiter son más fuertes que los de los ríos. Á tu lado tienes uno grande, si es que puede auxiliarte. Mas no es posible combatir con Júpiter Saturnio. Á éste no le igualan ni el fuerte Aqueloo, ni el grande y poderoso Océano de profunda corriente, del que nacen todos los ríos, mares, fuentes y pozos; pues también el Océano teme el rayo del gran Jove y el espantoso trueno, que hace retumbar el cielo.»

200 Dijo; arrancó del escarpado borde la broncínea lanza y abandonó á Asteropeo allí, tendido en la arena, tan pronto como le hubo quitado la vida: el agua turbia bañaba el cadáver, y anguilas y peces acudieron á comer la grasa que cubría los riñones. Aquiles se fué para los peonios que peleaban en carros; los cuales huían por las márgenes del voraginoso río, desde que vieron que el más fuerte caía en el duro combate, vencido por las manos y la espada del Pelida. Éste mató entonces á Tersíloco, Midón, Astípilo, Mneso, Trasio, Enio y Ofelestes. Y á más peonios diera muerte el veloz Aquiles, si el río de profundos remolinos, irritado y transfigurado en hombre, no le hubiese dicho desde uno de los vórtices:

214 «¡Oh Aquiles! Superas á los demás hombres, lo mismo en el valor que en la comisión de acciones nefandas; porque los propios dioses te prestan constantemente su auxilio. Si el hijo de Saturno te ha concedido que destruyas á todos los teucros, apártalos de mí y ejecuta en el llano tus proezas. Mi hermosa corriente está llena de cadáveres que obstruyen el cauce y no me dejan verter el agua en la mar divina; y tú sigues matando de un modo atroz. Pero, ea, cesa ya; pues me tienes asombrado, oh príncipe de hombres.»

222 Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros: «Se hará, oh Escamandro, alumno de Júpiter, como tú lo ordenas; pero no me abstendré de matar á los altivos teucros hasta que los encierre en la ciudad y peleando con Héctor, él me mate á mí ó yo acabe con él.»

227 Esto dicho, arremetió á los teucros, cual si fuese un dios. Y entonces el río de profundos remolinos dirigióse á Apolo:

229 «¡Oh dioses! Tú, el del arco de plata, hijo de Júpiter, no cumples las órdenes del Saturnio, el cual te encargó muy mucho que socorrieras á los teucros y les prestaras tu auxilio hasta que, llegada la tarde, se pusiera el sol y quedara á obscuras el fértil campo.»

233 Dijo. Aquiles, famoso por su lanza, saltó desde la escarpada orilla al centro del río. Pero éste le atacó enfurecido: hinchó sus aguas, revolvió la corriente, y arrastrando muchos cadáveres de hombres muertos por Aquiles, que había en el cauce, arrojólos á la orilla mugiendo como un toro; y en tanto salvaba á los vivos dentro de la corriente, ocultándolos en los profundos y anchos remolinos. Las turbias olas rodeaban á Aquiles, la corriente caía sobre su escudo y le empujaba, y el héroe ya no se podía tener en pie. Asióse entonces con ambas manos á un olmo corpulento y frondoso; pero éste, arrancado de raíz, rompió el borde escarpado, oprimió la corriente con sus muchas ramas, cayó entero al río y se convirtió en un puente. Aquiles, amedrentado, dió un salto, salió del abismo y voló con pie ligero por la llanura. Mas no por esto el gran dios desistió de perseguirle, sino que lanzó tras él olas de sombría cima con el propósito de hacer cesar al divino Aquiles de combatir y librar de la muerte á los troyanos. El Pelida salvó cerca de un tiro de lanza, dando un brinco con la impetuosidad de la rapaz águila negra, que es la más forzuda y veloz de las aves; parecido á ella, el héroe corría y el bronce resonaba horriblemente sobre su pecho. Aquiles procuraba huir, desviándose á un lado; pero la corriente se iba tras él y le perseguía con gran ruido. Como el fontanero conduce el agua desde el profundo manantial por entre las plantas de un huerto y con un azadón en la mano quita de la reguera los estorbos; y la corriente sigue su curso, y mueve las piedrecitas, pero al llegar á un declive murmura, acelera la marcha y pasa delante del que la guía; de igual modo, la corriente del río alcanzaba continuamente á Aquiles, porque los dioses son más poderosos que los hombres. Cuantas veces el divino Aquiles, el de los pies ligeros, intentaba esperarla, para ver si le perseguían todos los inmortales que tienen su morada en el espacioso cielo; otras tantas, las grandes olas del río le azotaban los hombros. El héroe, afligido en su corazón, saltaba; pero el río, siguiéndole con la rápida y tortuosa corriente, le cansaba las rodillas y le robaba el suelo allí donde ponía los pies. Y el Pelida, levantando los ojos al vasto cielo, gimió y dijo:

273 «¡Padre Júpiter! ¿Cómo no viene ningún dios á salvarme á mí, miserando, de la persecución del río; y luego sufriré cuanto sea preciso? Ninguna de las deidades del cielo tiene tanta culpa como mi madre, que me halagó con falsas predicciones: dijo que me matarían al pie del muro de los troyanos, armados de coraza, las veloces flechas de Apolo. ¡Ojalá me hubiese muerto Héctor, que es aquí el más bravo! Entonces un valiente hubiera muerto y despojado á otro valiente. Mas ahora quiere el destino que yo perezca de miserable muerte, cercado por un gran río; como el niño porquerizo á quien arrastran las aguas invernales del torrente que intentaba atravesar.»

284 Así se expresó. En seguida Neptuno y Minerva, con figura humana, cogiéronle en medio y le asieron de las manos mientras le animaban con palabras. Neptuno, que sacude la tierra, fué el primero en hablar y dijo: