288 «¡Pelida! No tiembles, ni te asustes. ¡De tal manera vamos á ayudarte, con la venia de Júpiter, yo y Palas Minerva! Porque no dispone el hado que seas muerto por el río, y éste dejará pronto de perseguirte, como verás tú mismo. Te daremos un prudente consejo, por si quieres obedecer: No descanse tu brazo en la batalla funesta hasta haber encerrado dentro de los ínclitos muros de Ilión á cuantos teucros logren escapar. Y cuando hayas privado de la vida á Héctor, vuelve á las naves; que nosotros te concedemos que alcances gloria.»

298 Dichas estas palabras, ambas deidades fueron á reunirse con los demás inmortales. Aquiles, impelido por el mandato de los dioses, enderezó sus pasos á la llanura inundada por el agua del río, en la cual flotaban cadáveres y hermosas armas de jóvenes muertos en la pelea. El héroe caminaba derechamente, saltando por el agua, sin que el anchuroso río lograse detenerlo; pues Minerva le había dado muchos bríos. Pero el Escamandro no cedía en su furor; sino que, irritándose aún más contra el Pelida, hinchaba y levantaba á lo alto sus olas y á gritos llamaba al Símois:

308 «¡Hermano querido! Juntémonos para contener la fuerza de ese hombre, que pronto tomará la gran ciudad del rey Príamo, pues los teucros no le resistirán en la batalla. Ven al momento en mi auxilio: aumenta tu caudal con el agua de las fuentes, concita á todos los arroyos, levanta grandes olas y arrastra con estrépito troncos y piedras, para que anonademos á ese feroz guerrero que ahora triunfa y piensa en hazañas propias de los dioses. Creo que no le valdrán ni su fuerza, ni su hermosura, ni sus magníficas armas, que han de quedar en el fondo de este lago cubiertas de cieno. Á él le envolveré en abundante arena, derramando en torno suyo mucho cascajo; y ni siquiera sus huesos podrán ser recogidos por los aquivos: tanto limo amontonaré encima. Y tendrá su túmulo allí mismo, y no necesitará que los aqueos se lo erijan cuando le hagan las exequias.»

324 Dijo; y, revuelto, arremetió contra Aquiles, alzándose furioso y mugiendo con la espuma, la sangre y los cadáveres. Las purpúreas ondas del río, que las celestiales lluvias alimentan, se mantenían levantadas y arrastraban al Pelida. Pero Juno, temiendo que el gran río derribara á Aquiles, gritó, y dijo en seguida á Vulcano, su hijo amado:

331 «¡Sus, Vulcano, hijo querido!; pues creemos que el Janto voraginoso es tu igual en el combate. Socorre pronto á Aquiles, haciendo aparecer inmensa llama. Voy á suscitar con el Céfiro y el veloz Noto una gran borrasca, para que viniendo del mar extienda el destructor incendio y se quemen las cabezas y las armas de los teucros. Tú abrasa los árboles de las orillas del Janto, haz que arda el mismo río y no te dejes persuadir ni con palabras dulces ni con amenazas. No cese tu furia hasta que yo te lo diga gritando; y entonces apaga el fuego infatigable.»

El Janto, revuelto, arremetió contra Aquiles con la espuma, la sangre y los cadáveres

(Canto XXI, versos 324 y 325.)

342 Tal fué su orden. Vulcano, arrojando una abrasadora llama, incendió primeramente la llanura y quemó muchos cadáveres de guerreros á quienes había muerto Aquiles; secóse el campo, y el agua cristalina dejó de correr. Como el Bóreas seca en el otoño un campo recién inundado y se alegra el que lo cultiva; de la misma suerte, el fuego secó la llanura entera y quemó los cadáveres. Luego Vulcano dirigió al río la resplandeciente llama y ardieron, así los olmos, los sauces y los tamariscos, como el loto, el junco y la juncia que en abundancia habían crecido junto á la corriente hermosa. Anguilas y peces padecían y saltaban acá y allá, en los remolinos ó en la corriente, oprimidos por el soplo del ingenioso Vulcano. Y el río, quemándose también, así hablaba:

357 «¡Vulcano! Ninguno de los dioses te iguala y no quiero luchar contigo ni con tu llama ardiente. Cesa de perseguirme y en seguida el divino Aquiles arroje de la ciudad á los troyanos. ¿Qué interés tengo en la contienda ni en auxiliar á nadie?»