361 Así habló, abrasado por el fuego; y la hermosa corriente hervía. Como en una caldera puesta sobre un gran fuego, la grasa de un puerco cebado se funde, hierve y rebosa por todas partes, mientras la leña seca arde debajo; así la hermosa corriente se quemaba con el fuego y el agua hervía, y no pudiendo ir hacia adelante, paraba su curso oprimida por el vapor que con su arte produjera el ingenioso Vulcano. Y el río, dirigiendo muchas súplicas á Juno, estas aladas palabras le decía:

369 «¡Juno! ¿Por qué tu hijo maltrata mi corriente, atacándome á mí solo entre los dioses? No debo de ser para ti tan culpable como todos los demás que favorecen á los teucros. Yo desistiré de ayudarlos, si tú lo mandas; pero que éste cese también. Y juraré no librar á los troyanos del día fatal, aunque Troya entera llegue á ser pasto de las voraces llamas por haberla incendiado los belicosos aqueos.»

377 Cuando Juno, la diosa de los níveos brazos, oyó estas palabras, dijo en seguida á Vulcano, su hijo amado:

379 «¡Vulcano, hijo ilustre! Cesa ya, pues no conviene que á causa de los mortales, á un dios inmortal atormentemos.»

381 Tal dijo. Vulcano apagó la abrasadora llama, y las olas retrocedieron á la hermosa corriente. Y tan pronto como el Janto fué vencido, él y Vulcano cesaron de luchar; porque Juno, aunque irritada, los contuvo.

385 Pero una reñida y espantosa pelea se suscitó entonces entre los demás dioses: divididos en dos bandos, vinieron á las manos con fuerte estrépito; bramó la vasta tierra, y el gran cielo resonó como una trompeta. Oyólo Júpiter, sentado en el Olimpo, y con el corazón alegre reía al ver que los dioses iban á embestirse. Y ya no estuvieron separados largo tiempo; pues el primero Marte, que horada los escudos, acometiendo á Minerva con la broncínea lanza, estas injuriosas palabras le decía:

394 «¿Por qué de nuevo, oh desvergonzada, promueves la contienda entre los dioses con insaciable audacia? ¿Qué poderoso afecto te mueve? ¿Acaso no te acuerdas de cuando incitabas á Diomedes Tidida á que me hiriese, y cogiendo tú misma la reluciente pica la enderezaste contra mí y me desgarraste el hermoso cutis? Pues me figuro que ahora pagarás cuanto me hiciste.»

400 Apenas acabó de hablar, dió un bote en el escudo floqueado, horrendo, que ni el rayo de Júpiter rompería; allí acertó á dar Marte, manchado de homicidios, con la ingente lanza. Pero la diosa, volviéndose, aferró con su robusta mano una gran piedra negra y erizada de puntas que estaba en la llanura y había sido puesta por los antiguos como linde de un campo; é hiriendo con ella al furibundo Marte, dejóle sin vigor los miembros. Vino á tierra el dios y ocupó siete yugadas, el polvo manchó su cabellera y las armas resonaron. Rióse Palas Minerva; y gloriándose de la victoria, profirió estas aladas palabras:

410 «¡Necio! Aún no has comprendido que me jacto de ser mucho más fuerte y osas oponer tu furor al mío. Así padecerás, cumpliéndose las imprecaciones de tu airada madre que maquina males contra ti porque abandonaste á los aqueos y favoreces á los orgullosos teucros.»

415 Cuando esto hubo dicho, volvió á otra parte los ojos refulgentes. Venus, hija de Júpiter, asió por la mano á Marte y le acompañaba; mientras el dios daba muchos suspiros y apenas podía recobrar el aliento. Pero la vió Juno, la diosa de los níveos brazos, y al punto dijo á Minerva estas aladas palabras: