420 «¡Oh dioses! ¡Hija de Júpiter que lleva la égida! ¡Indómita deidad! Aquella desvergonzada vuelve á sacar del dañoso combate, por entre el tumulto, á Marte, funesto á los mortales. ¡Anda tras ella!»
423 De tal modo habló. Alegrósele el alma á Minerva, que corrió hacia Venus, y alzando la robusta mano descargóle un golpe sobre el pecho. Desfallecieron las rodillas y el corazón de la diosa, y ella y Marte quedaron tendidos en la fértil tierra. Y Minerva, vanagloriándose, pronunció estas aladas palabras:
428 «¡Ojalá fuesen tales cuantos auxilian á los teucros en las batallas contra los argivos, armados de coraza; así, tan audaces y atrevidos como Venus que vino á socorrer á Marte desafiando mi furor; y tiempo ha que habríamos puesto fin á la guerra, con la toma de la bien construída ciudad de Ilión!»
434 Así se expresó. Sonrióse Juno, la diosa de los níveos brazos. Y el soberano Neptuno, que sacude la tierra, dijo entonces á Apolo:
436 «¡Febo! ¿Por qué nosotros no luchamos también? No conviene abstenerse, una vez que los demás han dado principio á la pelea. Vergonzoso fuera que volviésemos al Olimpo, á la morada de Júpiter erigida sobre bronce, sin haber combatido. Empieza tú, pues eres el menor en edad y no parecería decoroso que comenzara yo que nací primero y tengo más experiencia. ¡Oh necio, y cuán irreflexivo es tu corazón! Ya no te acuerdas de los muchos males que en torno de Ilión padecimos los dos, solos entre los dioses, cuando enviados por Júpiter trabajamos un año entero para el soberbio Laomedonte; el cual, con la promesa de darnos el salario convenido, nos mandaba como señor. Yo cerqué la ciudad de los troyanos con un muro ancho y hermosísimo, para hacerla inexpugnable; y tú, Febo, pastoreabas los bueyes de tornátiles pies y curvas astas en los bosques y selvas del Ida, en valles abundoso. Mas cuando las alegres Horas trajeron el término del ajuste, el soberbio Laomedonte se negó á pagarnos el salario y nos despidió con amenazas. Á ti te amenazó con venderte, atado de pies y manos, en lejanas islas; aseguraba además que con el bronce nos cortaría á entrambos las orejas; y nosotros nos fuimos pesarosos y con el ánimo irritado porque no nos dió la paga que había prometido. ¡Y todavía se lo agradeces, favoreciendo á su pueblo, en vez de procurar con nosotros que todos los troyanos perezcan de mala muerte con sus hijos y sus castas esposas!»
461 Contestó el soberano flechador Apolo: «¡Batidor de la tierra! No me tendrías por sensato si combatiera contigo por los míseros mortales que, semejantes á las hojas, ya se hallan florecientes y vigorosos comiendo los frutos de la tierra, ya se quedan exánimes y mueren. Abstengámonos, pues, de combatir y peleen ellos entre sí.»
468 Así dijo, y le volvió la espalda; pues por respeto no quería llegar á las manos con el tío paterno. Y su hermana, la campestre Diana, que de las fieras es señora, lo increpó duramente con injuriosas voces:
472 «¿Huyes ya, Flechador, y das la victoria á Neptuno, concediéndole inmerecida gloria? ¡Necio! ¿Por qué llevas ese arco inútil? No oiga yo que te jactes en el palacio de mi padre, como hasta aquí lo hiciste ante los inmortales dioses, de luchar cuerpo á cuerpo con Neptuno.»
478 Tales fueron sus palabras, y el flechador Apolo nada respondió. Pero la venerable esposa de Júpiter, irritada, increpó á Diana, que se complace en tirar flechas, con injuriosas voces:
481 «¿Cómo es que pretendes, perra atrevida, oponerte á mí? Difícil te será resistir mi fortaleza, aunque lleves arco y Júpiter te haya hecho leona entre las mujeres y te permita matar á la que te plazca. Mejor es cazar en el monte fieras agrestes ó ciervos, que luchar denodadamente con quienes son más poderosos. Y si quieres probar el combate, empieza, para que sepas bien cuanto más fuerte soy que tú; ya que contra mí quieres emplear tus fuerzas.»