489 Dijo; asióla con la mano izquierda por ambas muñecas, quitóle de los hombros, con la derecha, el arco y el carcaj, y riendo se puso á golpear con éstos las orejas de Diana, que volvía la cabeza, ora á un lado, ora á otro, mientras las veloces flechas se esparcían por el suelo. Diana huyó llorando, como la paloma que perseguida por el gavilán vuela á refugiarse en el hueco de excavada roca, porque no había dispuesto el hado que aquél la cogiese. De igual manera huyó la diosa, vertiendo lágrimas y dejando allí arco y aljaba. Y el mensajero Argicida, dijo á Latona:
498 «¡Latona! Yo no pelearé contigo, porque es arriesgado luchar con las esposas de Júpiter, que amontona las nubes. Jáctate muy satisfecha, ante los inmortales dioses, de que me venciste con tu poderosa fuerza.»
502 Tal dijo. Latona recogió el corvo arco y las saetas que habían caído acá y allá, en medio de un torbellino de polvo; y se fué en pos de la hija. Llegó ésta al Olimpo, á la morada de Jove erigida sobre bronce; sentóse llorando en las rodillas de su padre, y el divino velo temblaba alrededor de su cuerpo. El padre Saturnio cogióla en el regazo; y sonriendo dulcemente, le preguntó:
509 «¿Cuál de los celestes dioses, hija querida, de tal modo te ha maltratado, como si en su presencia hubieses cometido alguna falta?»
511 Respondióle Diana, que se recrea con el bullicio de la caza y lleva en las sienes hermosa diadema: «Tu esposa Juno, la de los níveos brazos, me ha maltratado, padre; por ella la discordia y la contienda han surgido entre los inmortales.»
514 Así éstos conversaban. En tanto, Febo Apolo entró en la sagrada Ilión, temiendo por el muro de la bien edificada ciudad: no fuera que en aquella ocasión lo destruyesen los dánaos, contra lo ordenado por el destino. Los demás dioses sempiternos volvieron al Olimpo, irritados unos y envanecidos otros por el triunfo; y se sentaron á la vera de Júpiter, el de las sombrías nubes. Aquiles, persiguiendo á los teucros, mataba hombres y caballos. De la suerte que cuando una ciudad es presa de las llamas y llega el humo al anchuroso cielo, porque los dioses se irritaron contra ella, todos los habitantes trabajan y muchos padecen grandes males; de igual modo, Aquiles causaba á los teucros fatigas y daños.
526 El anciano Príamo estaba en la sagrada torre; y como viera al ingente Aquiles, y á los teucros puestos en confusión, huyendo espantados y sin fuerzas para resistirle, empezó á gemir y bajó de aquélla para dar órdenes á los ínclitos varones que custodiaban las puertas de la muralla:
531 «Abrid las puertas y sujetadlas con la mano, hasta que lleguen á la ciudad los guerreros que huyen espantados. Aquiles es quien los estrecha y pone en desorden, y temo que han de ocurrir desgracias. Mas, tan pronto como aquéllos respiren, refugiados dentro del muro, entornad las hojas fuertemente unidas; pues estoy con miedo de que ese hombre funesto entre por el muro.»
537 Tal fué su mandato. Abrieron las puertas, quitando los cerrojos, y á esto se debió la salvación de las tropas. Apolo saltó fuera del muro para librar de la ruina á los teucros. Éstos, acosados por la sed y llenos de polvo, huían por el campo en derechura á la ciudad y su alta muralla. Y Aquiles los perseguía impetuosamente con la lanza, teniendo el corazón poseído de violenta rabia y deseando alcanzar gloria.
544 Entonces los aqueos hubieran tomado á Troya, la de altas puertas, si Febo Apolo no hubiese incitado al divino Agenor, hijo ilustre y valiente de Antenor, á esperar á Aquiles. El dios infundióle audacia en el corazón, y para apartar de él á las crueles Parcas, se quedó á su vera, recostado en una encina y cubierto de espesa niebla. Cuando Agenor vió llegar á Aquiles, asolador de ciudades, se detuvo, y en su agitado corazón vacilaba sobre el partido que debería tomar. Y gimiendo, á su magnánimo espíritu le decía: