553 «¡Ay de mí! Si huyo del valiente Aquiles por donde los demás corren espantados y en desorden, me cogerá también y me matará sin que me pueda defender. Si dejando que éstos sean derrotados por el Pelida, me fuese por la llanura troyana, lejos del muro, hasta llegar á los bosques del Ida y me escondiera en los matorrales, podría volver á Ilión por la tarde, después de tomar un baño en el río para refrescarme y quitarme el sudor. Mas ¿por qué en tales cosas me hace pensar el corazón? No sea que aquél advierta que me alejo de la ciudad por la llanura, y persiguiéndome con ligera planta me dé alcance; y ya no podré evitar la muerte y el destino, porque Aquiles es el más fuerte de los hombres. Y si delante de la ciudad le salgo al encuentro... Vulnerable es su cuerpo por el agudo bronce, hay en él una sola alma y dicen los hombres que el héroe es mortal; pero Júpiter Saturnio le da gloria.»
571 Esto, pues, se decía; y encogiéndose, aguardó á Aquiles, porque su corazón esforzado estaba impaciente por luchar y combatir. Como la pantera, cuando oye el ladrido de los perros, sale de la poblada selva y va al encuentro del cazador, sin que arrebaten su ánimo ni el miedo ni el espanto; y si aquel se le adelanta y la hiere, no deja de pugnar, aunque esté atravesada por la jabalina, hasta venir con él á las manos ó sucumbir; de la misma suerte, el divino Agenor, hijo del preclaro Antenor, no quería huir antes de entrar en combate con Aquiles. Y cubriéndose con el liso escudo, le apuntaba la lanza, mientras decía con fuertes voces:
583 «Grandes esperanzas concibe tu ánimo, esclarecido Aquiles, de tomar en el día de hoy la ciudad de los altivos troyanos. ¡Insensato! Buen número de males habrán de padecerse todavía por causa de ella. Estamos dentro muchos y fuertes varones que, peleando por nuestros padres, esposas é hijos, salvaremos á Troya; y tú recibirás aquí mismo la muerte, á pesar de ser un terrible y audaz guerrero.»
590 Dijo. Con la robusta mano arrojó el agudo dardo, y no erró el tiro; pues acertó á dar en la pierna del héroe, debajo de la rodilla. La greba de estaño recién construída resonó horriblemente, y el bronce fué rechazado sin que lograra penetrar, porque lo impidió la armadura, regalo del dios. El Pelida arremetió á su vez con Agenor, igual á una deidad; pero Apolo no le dejó alcanzar gloria, pues arrebatando al teucro, le cubrió de espesa niebla y le mandó á la ciudad para que saliera tranquilo de la batalla.
599 Luego el Flechador apartó á Aquiles del ejército, valiéndose de un engaño. Tomó la figura de Agenor, y se puso delante del héroe, que se lanzó á perseguirle. Mientras Aquiles iba tras de Apolo, por un campo paniego, hacia el río Escamandro, de profundos vórtices, y corría muy cerca de él, pues el dios le engañaba con esta astucia á fin de que tuviera siempre la esperanza de darle alcance en la carrera, los demás teucros, huyendo en tropel, llegaron alegres á la ciudad, que se llenó con los que allí se refugiaron. Ni siquiera se atrevieron á esperarse los unos á los otros, fuera de la ciudad y del muro, para saber quiénes habían escapado y quiénes habían muerto en la batalla, sino que se entraron presurosos por la ciudad, cuantos, merced á sus pies y á sus rodillas, lograron salvarse.
Andrómaca ve que Aquiles se lleva el cadáver de Héctor, arrastrándolo por la llanura, y cae desfallecida en brazos de sus cuñadas
CANTO XXII
MUERTE DE HÉCTOR