El alma del mísero Patroclo le decía: «¿Duermes, Aquiles, y me tienes olvidado?»
(Canto XXIII, versos 65 á 69.)
108 Tal dijo, y á todos les excitó el deseo de llorar. Todavía se hallaban alrededor del cadáver, sollozando lastimeramente, cuando despuntó la Aurora de rosados dedos. Entonces el rey Agamenón mandó que de todas las tiendas saliesen hombres con mulos para ir por leña; y á su frente se puso Meriones, escudero del valeroso Idomeneo. Los mulos iban delante; tras ellos caminaban los hombres, llevando en sus manos hachas de cortar madera y sogas bien torcidas; y así subieron y bajaron cuestas, y recorrieron atajos y veredas. Mas, cuando llegaron á los bosques del Ida, abundante en manantiales, se apresuraron á cortar con el afilado bronce encinas de alta copa que caían con estrépito. Los aqueos las partieron en rajas y las cargaron sobre los mulos. En seguida éstos, batiendo con sus pies el suelo, volvieron atrás por los espesos matorrales, deseosos de regresar á la llanura. Todos los leñadores llevaban troncos, porque así lo había ordenado Meriones, escudero del valeroso Idomeneo. Y los fueron dejando sucesivamente en un sitio de la orilla del mar, que Aquiles indicó para que allí se erigiera el gran túmulo de Patroclo y de sí mismo.
127 Después que hubieron descargado la inmensa cantidad de leña, se sentaron todos juntos y aguardaron. Aquiles mandó á los belicosos mirmidones que tomaran las armas y uncieran los caballos; y ellos se levantaron, vistieron la armadura, y los caudillos y sus aurigas montaron en los carros. Iban éstos al frente, seguíales la nube de la copiosa infantería y en medio los amigos llevaban á Patroclo, cubierto de cabello que en su honor se habían cortado. El divino Aquiles sosteníale la cabeza, y estaba triste porque despedía para el Orco al eximio compañero.
138 Cuando llegaron al lugar que Aquiles les señaló, dejaron el cadáver en el suelo, y en seguida amontonaron abundante leña. Entonces, el divino Aquiles, el de los pies ligeros, tuvo otra idea: separándose de la pira, se cortó la rubia cabellera, que conservaba espléndida para ofrecerla al río Esperquio; y exclamó, apenado, fijando los ojos en el vinoso ponto:
144 «¡Oh Esperquio! En vano mi padre Peleo te hizo el voto de que yo, al volver á la tierra patria, me cortaría la cabellera en tu honor y te inmolaría una sacra hecatombe de cincuenta carneros cerca de tus fuentes, donde están el bosque y el perfumado altar á ti consagrados. Tal voto hizo el anciano, pero tú no has cumplido su deseo. Y ahora, como no he de volver á la tierra patria, daré mi cabellera al héroe Patroclo para que se la lleve consigo.»
152 En diciendo esto, puso la cabellera en las manos del amigo, y á todos les excitó el deseo de llorar. Y entregados al llanto los dejara el sol al ponerse, si Aquiles no se hubiese acercado á Agamenón para decirle:
156 «¡Oh Atrida! Puesto que los aquivos te obedecerán más que á nadie, y tiempo habrá para saciarse de llanto, aparta de la pira á los guerreros y mándales que preparen la cena; y de lo que resta nos cuidaremos nosotros, á quienes corresponde de un modo especial honrar al muerto. Quédense tan sólo los caudillos.»
161 Al oirlo, el rey de hombres Agamenón despidió la gente para que volviera á las naves bien proporcionadas; y los que cuidaban del funeral amontonaron leña, levantaron una pira de cien pies por lado, y, con el corazón afligido, pusieron en ella el cuerpo de Patroclo. Delante de la pira mataron y desollaron muchas pingües ovejas y bueyes de tornátiles pies y curvas astas; y el magnánimo Aquiles tomó la grasa de aquéllas y de éstos, cubrió con la misma el cadáver de pies á cabeza, y hacinó alrededor los cuerpos desollados. Llevó también á la pira dos ánforas, llenas respectivamente de miel y de aceite, y las abocó al lecho; y exhalando profundos suspiros, arrojó á la hoguera cuatro corceles de erguido cuello. Nueve perros tenía el rey que se alimentaban de su mesa, y degollando á dos, echólos igualmente en la pira. Siguiéronles doce hijos valientes de troyanos ilustres, á quienes mató con el bronce, pues el héroe meditaba en su corazón acciones crueles. Y entregando la pira á la violencia indomable del fuego para que la devorara, gimió y nombró al compañero amado:
179 «¡Alégrate, oh Patroclo, aunque estés en el Orco! Ya te cumplo cuanto te prometiera. El fuego devora contigo á doce hijos valientes de troyanos ilustres; y á Héctor Priámida no le entregaré á la hoguera, sino á los perros para que lo despedacen.»