184 Así dijo en son de amenaza. Pero los canes no se acercaron á Héctor. La diosa Venus, hija de Júpiter, los apartó día y noche, y ungió el cadáver con un divino aceite rosado para que Aquiles no lo lacerase al arrastrarlo. Y Febo Apolo cubrió el espacio ocupado por el muerto con una sombría nube que hizo pasar del cielo á la llanura, á fin de que el ardor del sol no secara el cuerpo, con sus nervios y miembros.

192 En tanto, la pira en que se hallaba el cadáver de Patroclo no ardía. Entonces el divino Aquiles, el de los pies ligeros, tuvo otra idea: apartóse de la pira, oró á los vientos Bóreas y Céfiro y votó ofrecerles solemnes sacrificios; y haciéndoles repetidas libaciones con una copa de oro, les rogó que acudieran para que la leña ardiese bien y los cadáveres fueran consumidos prestamente por el fuego. La veloz Iris oyó las súplicas, y fué á avisar á los vientos, que estaban reunidos celebrando un banquete en la morada del impetuoso Céfiro. Iris llegó corriendo y se detuvo en el umbral de piedra. Así que la vieron, levantáronse todos, y cada uno la llamaba á su lado. Pero ella no quiso sentarse, y pronunció estas palabras:

205 «No puedo sentarme; porque voy, por cima de la corriente del Océano, á la tierra de los etíopes, que ahora ofrecen hecatombes á los inmortales, para entrar á la parte en los sacrificios. Aquiles ruega al Bóreas y al estruendoso Céfiro, prometiéndoles solemnes sacrificios, que vayan y hagan arder la pira en que yace Patroclo, por el cual gimen los aqueos todos.»

212 Habló así y fuése. Los vientos se levantaron con inmenso ruido, esparciendo las nubes; pasaron por cima del ponto, y las olas crecían al impulso del sonoro soplo; llegaron, por fin, á la fértil Troya, cayeron en la pira y el fuego abrasador bramó grandemente. Durante toda la noche, los dos vientos, soplando con agudos silbidos, agitaron la llama de la pira; durante toda la noche, el veloz Aquiles, sacando vino de una cratera de oro, con una copa doble, lo vertió y regó la tierra, é invocó el alma del mísero Patroclo. Como solloza un padre, quemando los huesos del hijo recién casado, cuya muerte ha sumido en el dolor á sus progenitores; de igual modo sollozaba Aquiles al quemar los huesos del amigo; y arrastrándose en torno de la hoguera, gemía sin cesar.

226 Cuando el lucero de la mañana apareció sobre la tierra, anunciando el día, y poco después la Aurora, de azafranado velo, se esparció por el mar, apagábase la hoguera y moría la llama. Los vientos regresaron á su morada por el ponto de Tracia, que gemía á causa de la hinchazón de las olas alborotadas, y el hijo de Peleo, habiéndose separado un poco de la pira, acostóse, rendido de cansancio, y el dulce sueño le venció. Pronto los caudillos se reunieron en gran número alrededor del Atrida; y el alboroto y ruido que hacían al llegar, despertaron á Aquiles. Incorporóse el héroe; y sentándose, les dijo estas palabras:

236 «¡Atrida y demás príncipes de los aqueos todos! Primeramente, apagad con negro vino cuanto de la pira alcanzó la violencia del fuego; recojamos después los huesos de Patroclo Menetíada, distinguiéndolos bien—fácil será reconocerlos, porque el cadáver estaba en medio de la pira y en los extremos se quemaron confundidos hombres y caballos,—y pongámolos en una urna de oro, cubiertos por doble capa de grasa, donde se guarden hasta que yo descienda al Orco. Quiero que le erijáis un túmulo no muy grande, sino cual corresponde al muerto; y más adelante, aqueos, los que estéis vivos en las naves de muchos bancos cuando yo muera, hacedlo anchuroso y alto.»

249 Así dijo, y ellos obedecieron al Pelida, de pies ligeros. Primeramente, apagaron con negro vino la parte de la pira á que alcanzó la llama y la ceniza cayó en abundancia; después, recogieron, llorando, los blancos huesos del dulce amigo y los encerraron en una urna de oro, cubiertos por doble capa de grasa; dejaron la urna en la tienda, tendiendo sobre la misma un sutil velo; trazaron el ámbito del túmulo en torno de la pira; echaron los cimientos, é inmediatamente amontonaron la tierra que antes habían excavado. Y, erigido el túmulo, volvieron á su sitio. Aquiles detuvo al pueblo y le hizo sentar, formando un gran circo; y al momento sacó de las naves, para premio de los que vencieren en los juegos, calderas, trípodes, caballos, mulos, bueyes de robusta cabeza, mujeres de hermosa cintura, y luciente hierro.

262 Empezó por exponer los premios destinados á los veloces aurigas: el que primero llegara, se llevaría una mujer diestra en primorosas labores y un trípode con asas, de veintidós medidas; para el segundo ofreció una yegua de seis años, indómita, que llevaba en su vientre un feto de mulo; para el tercero, una hermosa caldera no puesta al fuego y luciente aún, cuya capacidad era de cuatro medidas; para el cuarto, dos talentos de oro; y para el quinto, un vaso con dos asas que la llama no tocara todavía. Y estando en pie, dijo á los argivos:

272 «¡Atrida y demás aqueos de hermosas grebas! Estos premios que en medio he colocado, son para los aurigas. Si los juegos se celebraran en honor de otro difunto, me llevaría á mi tienda los mejores. Ya sabéis cuánto mis caballos aventajan en ligereza á los demás, porque son inmortales: Neptuno se los regaló á Peleo, mi padre, y éste me los ha dado á mí. Pero yo permaneceré quieto, y también los solípedos corceles, porque perdieron al ilustre y benigno auriga que tantas veces derramó aceite sobre sus crines, después de lavarlos con agua pura. ¡Adelantaos los aqueos que confiéis en vuestros corceles y sólidos carros!»

287 Así habló el Pelida, y los veloces aurigas se reunieron. Levantóse mucho antes que nadie el rey de hombres Eumelo, hijo amado de Admeto, que descollaba en el arte de guiar el carro. Presentóse después el fuerte Diomedes Tidida, el cual puso el yugo á los corceles de Tros que quitara á Eneas cuando Apolo salvó á este héroe. Alzóse luego el rubio Menelao, noble hijo de Atreo, y unció al carro la corredora yegua Eta, propia de Agamenón, y su veloz caballo Podargo. Había dado la yegua á Agamenón, como presente, Equépolo, hijo de Anquises, por no seguirle á la ventosa Ilión y gozar tranquilo en la vasta Sición, donde moraba, de la abundante riqueza que Júpiter le concediera; ésta fué la yegua que Menelao unció al yugo, la cual estaba deseosa de correr.—Fué el cuarto en aparejar los corceles de hermoso pelo Antíloco, hijo ilustre del magnánimo rey Néstor Nelida: de su carro tiraban caballos de Pilos, de pies ligeros. Y su padre se le acercó y empezó á darle buenos consejos, aunque no le faltaba inteligencia: