306 «¡Antíloco! Si bien eres joven, Júpiter y Neptuno te quieren y te han enseñado todo el arte del auriga. No es preciso, por tanto, que yo te instruya. Sabes perfectamente cómo los caballos deben dar la vuelta en torno de la meta; pero tus corceles son los más lentos en correr, y temo que algún suceso desagradable ha de ocurrirte. Empero, si otros caballos son más veloces, sus conductores no te aventajan en obrar sagazmente. Ea, pues, querido, piensa en emplear toda clase de habilidades para que los premios no se te escapen. El leñador más hace con la habilidad que con la fuerza; con su habilidad el piloto gobierna en el vinoso ponto la veloz nave combatida por los vientos; y con su habilidad puede un auriga vencer á otro. El que confía en sus caballos y en su carro, les hace dar vueltas imprudentemente acá y allá, y luego los corceles divagan en la carrera y no los puede sujetar; mas el que conoce los recursos del arte y guía caballos inferiores, clava los ojos continuamente en la meta, da la vuelta cerca de la misma, y no le pasa inadvertido cuándo debe aguijar á aquéllos con el látigo de piel de buey: así, los domina siempre, á la vez que observa á quien le precede. La meta de ahora es muy fácil de conocer, y voy á indicártela para que no dejes de verla. Un tronco seco de encina ó de pino, que la lluvia no ha podrido aún, sobresale un codo de la tierra; encuéntranse á uno y otro lado del mismo, cuando el camino acaba, sendas piedras blancas; y luego el terreno es llano por todas partes y propio para las carreras de carros: el tronco debe de haber pertenecido á la tumba de un hombre que ha tiempo murió, ó fué puesto como mojón por los antiguos; y ahora el divino Aquiles, el de los pies ligeros, lo ha elegido por meta. Acércate á ésta y den la vuelta casi tocándola carro y caballos; y tú inclínate en la fuerte silla hacia la izquierda y anima con imperiosas voces al corcel del otro lado, aflojándole las riendas. El caballo izquierdo se aproxime tanto á la meta, que parezca que el cubo de la bien construída rueda haya de llegar al tronco, pero guárdate de chocar con la piedra: no sea que hieras á los corceles, rompas el carro y causes el regocijo de los demás y la confusión de ti mismo. Procura, oh querido, ser cauto y prudente. Pero, si aguijando los caballos, logras dar la vuelta á la meta; ya nadie se te podrá anticipar ni alcanzarte siquiera, aunque guíe al divino Arión—el veloz caballo de Adrasto, que descendía de un dios—ó sea arrastrado por los corceles de Laomedonte, que se criaron aquí tan excelentes.»

349 Así dijo Néstor Nelida, y volvió á sentarse cuando hubo enterado á su hijo de lo más importante de cada cosa.

351 Meriones fué el quinto en aparejar los caballos de hermoso pelo. Subieron los aurigas á los carros y echaron suertes en un casco que agitaba Aquiles. Salió primero la de Antíloco Nestórida; después, la del rey Eumelo; luego, la de Menelao Atrida, famoso por su lanza; en seguida, la de Meriones, y por último, la del Tidida, que era el más hábil. Pusiéronse en fila, y Aquiles les indicó la meta á lo lejos, en el terreno llano; y encargó á Fénix, escudero de su padre, que se sentara cerca de aquélla como observador de la carrera, á fin de que, reteniendo en la memoria cuanto ocurriese, la verdad luego les contara.

362 Todos á un tiempo levantaron el látigo, dejáronlo caer sobre los caballos y los animaron con ardientes voces. Y éstos, alejándose de las naves, corrían por la llanura con suma rapidez; la polvareda que levantaban envolvíales el pecho como una nube ó un torbellino, y las crines ondeaban al soplo del viento. Los carros unas veces tocaban al fértil suelo y otras, daban saltos en el aire; los aurigas permanecían en las sillas con el corazón palpitante por el deseo de la victoria; cada cual animaba á sus corceles, y éstos volaban, levantando polvo, por la llanura.

373 Mas, cuando los veloces caballos llegaron á la segunda mitad de la carrera y ya volvían hacia el espumoso mar, entonces se mostró la pericia de cada conductor, pues todos aquéllos empezaron á galopar. Venían delante las yeguas, de pies ligeros, de Eumelo Feretíada. Seguíanlas los caballos de Diomedes, procedentes de los de Tros; y estaban tan cerca del primer carro, que parecía que iban á subir en él: con su aliento calentaban la espalda y anchos hombros de Eumelo, y volaban poniendo la cabeza sobre el mismo. Diomedes le hubiera pasado delante, ó por lo menos hubiera conseguido que la victoria quedase indecisa si Febo Apolo, que estaba irritado con el hijo de Tideo, no le hubiese hecho caer de las manos el lustroso látigo. Afligióse el héroe, y las lágrimas humedecieron sus ojos al ver que las yeguas corrían más que antes, y en cambio sus caballos aflojaban, porque ya no sentían el azote. No le pasó inadvertido á Minerva que Apolo jugara esta treta al Tidida; y corriendo hacia el pastor de hombres, devolvióle el látigo, á la vez que daba nuevos bríos á sus caballos. Y la diosa, irritada, se encaminó al momento hacia el hijo de Admeto y le rompió el yugo: cada yegua se fué por su lado, fuera de camino; el timón cayó á tierra, y el héroe vino al suelo, junto á una rueda, hirióse en los codos, boca y narices, se rompió la frente por encima de las cejas, se le arrasaron los ojos de lágrimas y la voz, vigorosa y sonora, se le cortó. El Tidida guió los solípedos caballos, desviándolos un poco, y se adelantó un gran espacio á todos los demás; porque Minerva vigorizó sus corceles y le concedió á él la gloria del triunfo. Seguíale el rubio Menelao Atrida. É inmediato á él iba Antíloco, que animaba á los caballos de su padre:

403 «Corred y alargad el paso cuanto podáis. No os mando que rivalicéis con aquéllos, con los caballos del aguerrido Tidida; á los cuales Minerva dió ligereza, concediéndole á él la gloria del triunfo. Mas alcanzad pronto á los corceles del Atrida y no os quedéis rezagados para que no os avergüence Eta con ser hembra. ¿Por qué os atrasáis, excelentes caballos? Lo que os voy á decir se cumplirá: Se acabarán para vosotros los cuidados en el palacio de Néstor, pastor de hombres, y éste os matará en seguida con el agudo bronce si por vuestra desidia nos llevamos el peor premio. Seguid y apresuraos cuanto podáis. Y yo pensaré cómo, valiéndome de la astucia, me adelanto en el lugar donde se estrecha el camino; no se me escapará la ocasión.»

417 Así dijo. Los corceles, temiendo la amenaza de su señor, corrieron más diligentemente un breve rato. Pronto el belicoso Antíloco alcanzó á descubrir el punto más estrecho del camino—había allí una hendedura de la tierra, producida por el agua estancada durante el invierno, la cual robó parte de la senda y cavó el suelo,—y por aquel sitio guiaba Menelao sus corceles, procurando evitar el choque con los demás carros. Pero Antíloco, torciendo la rienda á sus caballos, sacó el carro fuera del camino, y por un lado y de cerca seguía á Menelao. El Atrida temió un choque, y le dijo gritando:

426 «¡Antíloco! De temerario modo guías el carro. Detén los corceles; que ahora el camino es angosto, y en seguida, cuando sea más ancho, podrás ganarme la delantera. No sea que choquen los carros y seas causa de que recibamos daño.»

429 Así dijo. Pero Antíloco, como si no le oyese, hacía correr más á sus caballos picándolos con el aguijón. Cuanto espacio recorre el disco que tira un joven desde lo alto de su hombro para probar la fuerza, tanto aquéllos se adelantaron. Las yeguas del Atrida cejaron, y él mismo, voluntariamente, dejó de avivarlas; no fuera que los solípedos caballos, tropezando los unos con los otros, volcaran los fuertes carros, y ellos cayeran en el polvo por el anhelo de alcanzar la victoria. Y el rubio Menelao, reprendiendo á Antíloco, exclamó:

439 «¡Antíloco! Ningún mortal es más funesto que tú. Ve enhoramala; que los aqueos no estábamos en lo cierto cuando te teníamos por sensato. Pero no te llevarás el premio sin que antes jures.»