442 En diciendo esto, animó á sus caballos con estas palabras: «No aflojéis el paso, ni tengáis el corazón afligido. Á aquéllos se les cansarán los pies y las rodillas antes que á vosotros, pues ya ambos pasaron de la edad juvenil.»

446 Así dijo. Los corceles, temiendo la amenaza de su señor, corrieron más diligentemente, y pronto se hallaron cerca de los otros.

448 Los argivos, sentados en el circo, no quitaban los ojos de los caballos; y éstos volaban, levantando polvo por la llanura. Idomeneo, caudillo de los cretenses, fué quien antes distinguió los primeros corceles que llegaban; pues era el que estaba en el sitio más alto por haberse sentado en un altozano, fuera del circo. Oyendo desde lejos la voz del auriga que animaba á los corceles, la reconoció; y al momento vió que corría, adelantándose á los demás, un caballo magnífico, todo bermejo, con una mancha en la frente, blanca y redonda como la luna. Y poniéndose en pie, dijo estas palabras á los argivos:

457 «¡Oh amigos, capitanes y príncipes de los argivos! ¿Veo los caballos yo solo ó también vosotros? Paréceme que no son los mismos de antes los que vienen delanteros, ni el mismo el auriga: deben de haberse lastimado en la llanura las yeguas que poco ha eran vencedoras. Las vi cuando doblaban la meta; pero ahora no puedo distinguirlas, aunque registro con mis ojos todo el campo troyano. Quizás las riendas se le fueron al auriga, y, siéndole imposible gobernar las yeguas al llegar á la meta, no dió felizmente la vuelta: me figuro que habrá caído, el carro estará roto y las yeguas, dejándose llevar por su ánimo enardecido, se habrán echado fuera del camino. Pero levantaos y mirad, pues yo no lo distingo bien: paréceme que el que viene delante es un varón etolo, el fuerte Diomedes, hijo de Tideo, domador de caballos, que reina sobre los argivos.»

473 Y el veloz Ayax de Oileo increpóle con injuriosas voces: «¡Idomeneo! ¿Por qué charlas antes de lo debido? Las voladoras yeguas vienen corriendo á lo lejos por la llanura espaciosa. Tú no eres el más joven de los argivos, ni tu vista es la mejor; pero siempre hablas mucho y sin substancia. Preciso es que no seas tan gárrulo, estando presentes otros que te son superiores. Esas yeguas que aparecen las primeras, son las de antes, las de Eumelo, y él mismo viene en el carro y tiene las riendas.»

482 El caudillo de los cretenses le respondió enojado: «Ayax, valiente en la injuria, detractor; pues en todo lo restante estás por debajo de los argivos á causa de tu espíritu perverso. Apostemos un trípode ó una caldera y nombremos árbitro á Agamenón Atrida, para que manifieste cuáles son las yeguas que vienen delante y tú lo aprendas perdiendo la apuesta.»

488 Así habló. En seguida el veloz Ayax de Oileo se alzó colérico para contestarle con palabras duras. Y la altercación se hubiera prolongado más, si el propio Aquiles, levantándose, no les hubiese dicho:

492 «¡Ayax é Idomeneo! No alterquéis con palabras duras y pesadas, porque no es decoroso; y vosotros mismos os irritaríais contra el que así lo hiciera. Sentaos en el circo y fijad la vista en los caballos, que pronto vendrán aquí por el anhelo de alcanzar la victoria, y sabréis cuáles corceles argivos son los delanteros y cuáles los rezagados.»

499 Así dijo; el Tidida, que ya se había acercado un buen trecho, aguijaba á los corceles, y constantemente les azotaba la espalda con el látigo, y ellos, levantando en alto los pies, recorrían velozmente el camino y rociaban de tierra al auriga. El carro, guarnecido de oro y estaño, corría arrastrado por los veloces caballos y las llantas casi no dejaban huella en el tenue polvo. ¡Con tal ligereza volaban los corceles! Cuando Diomedes llegó al circo, detuvo el luciente carro; copioso sudor corría de la cerviz y del pecho de los bridones hasta el suelo, y el héroe, saltando á tierra, dejó el látigo colgado del yugo. Entonces no anduvo remiso el esforzado Esténelo, sino que al instante tomó el premio y lo entregó á los magnánimos compañeros; y mientras éstos conducían la cautiva á la tienda y se llevaban el trípode con asas, desunció del carro á los corceles.

514 Después de Diomedes llegó Antíloco, descendiente de Neleo, el cual se había anticipado á Menelao por haber usado de fraude y no por la mayor ligereza de su carro; pero así y todo, Menelao guiaba muy cerca de él los veloces caballos. Cuanto el corcel dista de las ruedas del carro en que lleva á su señor por la llanura (las últimas cerdas de la cola tocan la llanta y un corto espacio los separa mientras aquél corre por el campo inmenso): tan rezagado estaba Menelao del eximio Antíloco; pues si bien al principio se quedó á la distancia de un tiro de disco, pronto volvió á alcanzarle porque el fuerte vigor de la yegua de Agamenón, de Eta, de hermoso pelo, iba aumentando. Y si la carrera hubiese sido más larga, el Atrida se le habría adelantado, sin dejar dudosa la victoria.—Meriones, el buen escudero de Idomeneo, seguía al ínclito Menelao, como á un tiro de lanza; pues sus corceles, de hermoso pelo, eran más tardos y él muy poco diestro en guiar el carro en un certamen.—Presentóse, por último, el hijo de Admeto tirando de su hermoso carro y conduciendo por delante los caballos. Al verle, el divino Aquiles, el de los pies ligeros, se compadeció de él, y dirigió á los argivos estas aladas palabras: