536 «Viene el último con los solípedos caballos el varón que más descuella en guiarlos. Ea, démosle, como es justo, el segundo premio, y llévese el primero el hijo de Tideo.»

539 Así habló y todos aplaudieron lo que proponía. Y le hubiese entregado la yegua—pues los aqueos lo aprobaban,—si Antíloco, hijo del magnánimo Néstor, no se hubiera levantado para decir con razón al Pelida Aquiles:

544 «¡Oh Aquiles! Mucho me enfadaré contigo si llevas al cabo lo que dices. Vas á quitarme el premio, atendiendo á que recibieron daño su carro y los veloces corceles y él es esforzado; pero tenía que rogar á los inmortales y no habría llegado el último de todos. Si le compadeces y es grato á tu corazón, como hay en tu tienda abundante oro y posees bronce, rebaños, esclavas y solípedos caballos, entrégale, tomándolo de estas cosas, un premio aún mejor que éste, para que los aqueos te alaben. Pero la yegua no la daré, y pruebe de quitármela quien desee llegar á las manos conmigo.»

555 Así habló. Sonrióse el divino Aquiles, el de los pies ligeros, holgándose de que Antíloco se expresara en tales términos, porque era amigo suyo; y en respuesta, díjole estas aladas palabras:

558 «¡Antíloco! Me ordenas que dé á Eumelo otro premio, sacándolo de mi tienda, y así lo haré. Voy á entregarle la coraza de bronce que quité á Asteropeo, la cual tiene en sus orillas una franja de luciente estaño, y constituirá para él un valioso presente.»

563 Dijo, y mandó á Automedonte, el compañero querido, que la sacara de la tienda; fué éste y llevósela; y Aquiles la puso en las manos de Eumelo, que la recibió alegremente.

566 Pero levantóse Menelao, afligido en su corazón y muy irritado contra Antíloco. El heraldo le dió el cetro, y ordenó á los argivos que callaran. Y el varón igual á un dios, habló diciendo:

570 «¡Antíloco! Tú, que antes eras sensato, ¿qué has hecho? Desluciste mi habilidad y atropellaste mis corceles, haciendo pasar delante á los tuyos, que son mucho peores. ¡Ea, capitanes y príncipes de los argivos! Juzgadnos imparcialmente á entrambos: no sea que alguno de los aqueos, de broncíneas lorigas, exclame: Menelao, violentando con mentiras á Antíloco, ha conseguido llevarse la yegua, á pesar de la inferioridad de sus corceles, por ser más valiente y poderoso. Y si queréis, yo mismo lo decidiré; y creo que ningún dánao me podrá reprender, porque el fallo será justo. Ea, Antíloco, alumno de Júpiter, ven aquí y, puesto, como es costumbre, delante de los caballos y el carro, teniendo en la mano el flexible látigo con que los guiabas y tocando los corceles, jura por Neptuno, el que ciñe la tierra, que si detuviste mi carro fué involuntariamente y sin dolo.»

586 Respondióle el prudente Antíloco: «Perdóname, oh rey Menelao, pues soy más joven y tú eres mayor y más valiente. No te son desconocidas las faltas que comete un mozo, porque su pensamiento es rápido y su juicio escaso. Apacígüese, pues, tu corazón: yo mismo te cedo la yegua que he recibido; y si de cuanto tengo me pidieras algo de más valor que este premio, preferiría dártelo en seguida, á perder para siempre tu afecto y ser culpable ante los dioses.»

596 Así habló el hijo del magnánimo Néstor, y conduciendo la yegua adonde estaba el Atrida, se la puso en la mano. Á éste se le alegró el alma: como el rocío cae en torno de las espigas cuando las mieses crecen y los campos se erizan; del mismo modo, oh Menelao, tu espíritu se bañó en gozo. Y respondiéndole, pronunció estas aladas palabras: