602 «¡Antíloco! Aunque estaba irritado, seré yo quien ceda; porque hasta aquí no has sido imprudente ni ligero y ahora la juventud venció á la razón. Abstente en lo sucesivo de suplantar á los que te son superiores. Ningún otro aqueo me ablandaría tan pronto; pero has padecido y trabajado mucho por mi causa, y tu padre y tu hermano también; accederé, pues, á tus súplicas y te daré la yegua, que es mía, para que éstos sepan que mi corazón no fué nunca ni soberbio ni cruel.»
612 Dijo; entregó á Noemón, compañero de Antíloco, la yegua para que se la llevara, y tomó la reluciente caldera. Meriones, que había llegado el cuarto, recogió los dos talentos de oro. Quedaba el quinto premio, el vaso con dos asas; y Aquiles levantólo, atravesó el circo, y lo ofreció á Néstor con estas palabras:
618 «Toma, anciano; sea tuyo este presente como recuerdo de los funerales de Patroclo, á quien no volverás á ver entre los argivos. Te doy el premio porque no podrás ser parte ni en el pugilato, ni en la lucha, ni en el certamen de los dardos, ni en la carrera; que ya te abruma la vejez penosa.»
624 Así diciendo, se lo puso en las manos. Néstor recibiólo con alegría, y respondió con estas aladas palabras:
626 «Sí, hijo, oportuno es cuanto acabas de decir. Ya mis miembros no tienen el vigor de antes; ni mis pies, ni mis brazos que no se mueven ágiles á partir de los hombros. Ojalá fuese tan joven y mis fuerzas tan robustas como cuando los epeos enterraron en Buprasio al poderoso Amarinceo, y los hijos de éste sacaron premios para los juegos que debían celebrarse en honor del rey. Allí ninguno de los epeos, ni de los pilios, ni de los magnánimos etolos, pudo igualarse conmigo. Vencí en el pugilato á Clitomedes, hijo de Énope, y en la lucha á Anceo Pleuronio, que osó afrontarme; en la carrera pasé delante de Ificlo, que era robusto; y en arrojar la lanza superé á Fileo y á Polidoro. Sólo los hijos de Áctor me dejaron atrás con su carro porque eran dos; y me disputaron la victoria á causa de haberse reservado los mejores premios para este juego. Eran aquéllos hermanos gemelos, y el uno gobernaba con firmeza los caballos, sí, gobernaba con firmeza los caballos, mientras el otro con el látigo los aguijaba. Así era yo en aquel tiempo. Ahora los más jóvenes entren en las luchas; que ya debo ceder á la triste senectud, aunque entonces sobresaliera entre los héroes. Ve y continúa celebrando los juegos fúnebres de tu amigo. Acepto gustoso el presente, y se me alegra el corazón al ver que te acuerdas siempre del buen Néstor y no dejas de advertir con qué honores he de ser honrado entre los aqueos. Las deidades te concedan por ello abundantes gracias.»
651 Así habló; y el Pelida, oído todo el elogio que de él hiciera el hijo de Neleo, fuése por entre la muchedumbre de los aqueos. En seguida sacó los premios del duro pugilato: condujo al circo y ató en medio de él una mula de seis años, cerril, difícil de domar, que había de ser sufridora del trabajo; y puso para el vencido una copa doble. Y estando en pie, dijo á los argivos:
658 «¡Atrida y demás aqueos de hermosas grebas! Invitemos á los dos varones que sean más diestros, á que levanten los brazos y combatan á puñadas por estos premios. Aquél á quien Apolo conceda la victoria, reconociéndolo así todos los aqueos, conduzca á su tienda la mula sufridora del trabajo; el vencido se llevará la copa doble.»
664 Así habló. Levantóse al instante un varón fuerte, alto y experto en el pugilato: Epeo, hijo de Panopeo. Y poniendo la mano sobre la mula paciente en el trabajo, dijo:
667 «Acérquese el que haya de llevarse la copa doble; pues no creo que ningún aqueo consiga la mula, si ha de vencerme en el pugilato. Me glorío de mantenerlo mejor que nadie. ¿No basta acaso que sea inferior á otros en la batalla? No es posible que un hombre sea diestro en todo. Lo que voy á decir se cumplirá: al campeón que se me oponga, le rasgaré la piel y le aplastaré los huesos; los que de él hayan de cuidar quédense aquí reunidos, para llevárselo cuando sucumba á mis manos.»
676 Así se expresó. Todos enmudecieron y quedaron silenciosos. Y tan sólo se levantó para luchar con él, Euríalo, varón igual á un dios, hijo del rey Mecisteo Talayónida; el cual fué á Tebas cuando murió Edipo y en los juegos fúnebres venció á todos los cadmeos. El Tidida, famoso por su lanza, animaba á Euríalo con razones, pues tenía un gran deseo de que alcanzara la victoria, y le ayudaba á disponerse para la lucha: atóle el cinturón y le dió unas bien cortadas correas de piel de buey salvaje. Ceñidos ambos contendientes, comparecieron en medio del circo, levantaron las robustas manos, acometiéronse y los fornidos brazos se entrelazaron. Crujían de un modo horrible las mandíbulas y el sudor brotaba de todos los miembros. El divino Epeo, arremetiendo, dió un golpe en la mejilla de su rival que le espiaba; y Euríalo no siguió en pie largo tiempo, porque sus hermosos miembros desfallecieron. Como, encrespándose la mar al soplo del Bóreas, salta un pez en la orilla poblada de algas y las negras olas lo cubren en seguida; así Euríalo, al recibir el golpe, dió un salto hacia atrás. Pero el magnánimo Epeo, cogiéndole por las manos, lo levantó; rodeáronle los compañeros y se lo llevaron del circo—arrastraba los pies, escupía negra sangre y la cabeza se le inclinaba á un lado;—sentáronle entre ellos, desvanecido, y fueron á recoger la copa doble.