700 El Pelida sacó después otros premios para el tercer juego, la penosa lucha, y se los mostró á los dánaos: para el vencedor un gran trípode, apto para ponerlo al fuego, que los aqueos apreciaban en doce bueyes; para el vencido, una mujer diestra en muchas labores y valorada en cuatro bueyes. Y estando en pie, dijo á los argivos:

707 «Levantaos, los que hayáis de entrar en esta lucha.»

708 Así habló. Alzóse en seguida el gran Ayax Telamonio y luego el ingenioso Ulises, fecundo en ardides. Puesto el ceñidor, fueron á encontrarse en medio del circo y se cogieron con los robustos brazos como se enlazan las vigas que un ilustre artífice une, al construir alto palacio, para que resistan el embate de los vientos. Sus espaldas crujían, estrechadas fuertemente por los vigorosos brazos; copioso sudor les brotaba de todo el cuerpo; muchos cruentos cardenales iban apareciendo en los costados y en las espaldas; y ambos contendientes anhelaban siempre alcanzar la victoria y con ella el bien construído trípode. Pero ni Ulises lograba hacer caer y derribar por el suelo á Ayax, ni éste á aquél porque la gran fuerza de Ulises se lo impedía. Y cuando los aqueos de hermosas grebas ya empezaban á cansarse de la lucha, dijo el gran Ayax Telamonio:

723 «¡Laertíada, descendiente de Júpiter, Ulises fecundo en recursos! Levántame, ó te levantaré yo; y Jove se cuidará del resto.»

725 Dichas estas palabras, le hizo perder tierra; mas Ulises no se olvidó de sus ardides, pues dándole por detrás un golpe en la corva, dejóle sin vigor los miembros, le hizo venir al suelo, de espaldas, y cayó sobre su pecho: la muchedumbre quedó admirada y atónita al contemplarlo. Luego, el divino y paciente Ulises alzó un poco á Ayax, pero no consiguió sostenerlo en vilo; porque se le doblaron las rodillas y ambos cayeron al suelo, el uno cerca del otro, y se mancharon de polvo. Levantáronse, y hubieran luchado por tercera vez, si Aquiles, poniéndose en pie, no los hubiese detenido:

735 «No luchéis ya, ni os hagáis más daño. La victoria quedó por ambos. Recibid igual premio y retiraos para que entren en los juegos otros aquivos.»

738 Así habló. Ellos le escucharon y obedecieron; pues en seguida, después de haberse limpiado el polvo, vistieron la túnica.

740 El Pelida sacó otros premios para la velocidad en la carrera. Expuso primero una cratera de plata labrada, que tenía seis medidas de capacidad y superaba en hermosura á todas las de la tierra. Los sidonios, eximios artífices, la fabricaron primorosa; los fenicios, después de llevarla por el sombrío ponto de puerto en puerto, se la regalaron á Toante; más tarde, Euneo Jasónida la dió al héroe Patroclo para rescatar á Licaón, hijo de Príamo; y entonces, Aquiles la ofreció como premio, en honor del difunto amigo, al que fuese más veloz en correr con los pies ligeros. Para el que llegase el segundo señaló un buey corpulento y pingüe y para el último, medio talento de oro. Y estando en pie, dijo á los argivos:

753 «Levantaos, los que hayáis de entrar en esta lucha.»

754 Así habló. Levantóse al instante el veloz Ayax de Oileo, después el ingenioso Ulises, y por fin Antíloco, hijo de Néstor, que en la carrera vencía á todos los jóvenes. Pusiéronse en fila y Aquiles les indicó la meta. Empezaron á correr desde el sitio señalado, y el hijo de Oileo se adelantó á los demás, aunque el divino Ulises le seguía de cerca. Cuanto dista del pecho el huso que una mujer de hermosa cintura revuelve en su mano, mientras devana el hilo de la trama, y tiene constantemente junto al seno; tan inmediato á Ayax corría Ulises: pisaba las huellas de aquél antes de que el polvo cayera en torno de las mismas y le echaba el aliento á la cabeza, corriendo siempre con suma rapidez. Todos los aqueos aplaudían los esfuerzos que realizaba Ulises por el deseo de alcanzar la victoria, y le animaban con sus voces. Mas cuando les faltaba poco para terminar la carrera, Ulises oró en su corazón á Minerva, la de los brillantes ojos: