770 «Óyeme, diosa, y ven á socorrerme propicia, dando á mis pies más ligereza.»
771 Tal fué su plegaria. Palas Minerva le oyó, y agilitóle los miembros todos y especialmente los pies y las manos. Ya iban á coger el premio, cuando Ayax, corriendo, dió un resbalón—pues Minerva quiso perjudicarle—en el lugar que habían llenado de estiércol los bueyes mugidores sacrificados por Aquiles, el de los pies ligeros, en honor de Patroclo; y el héroe llenóse de boñiga la boca y las narices. El divino y paciente Ulises, le pasó delante y se llevó la cratera; y el preclaro Ayax se detuvo, tomó el buey silvestre, y, asiéndolo por el asta, mientras escupía la bosta, habló así á los argivos:
782 «¡Oh dioses! Una diosa me dañó los pies; aquella que desde antiguo acorre y favorece á Ulises cual una madre.»
784 Así dijo, y todos rieron con gusto. Antíloco recibió, sonriente, el último premio; y dirigió estas palabras á los argivos:
787 «Os diré, argivos, aunque todos lo sabéis, que los dioses honran á los hombres de más edad, hasta en los juegos. Ayax es un poco mayor que yo; Ulises pertenece á la generación precedente, á los hombres antiguos, es tenido por un anciano vigoroso, y contender con él en la carrera es muy difícil para cualquier aqueo que no sea Aquiles.»
793 Así dijo, ensalzando al Pelida, de pies ligeros. Aquiles respondióle con estas palabras:
795 «¡Antíloco! No en balde me habrás elogiado, pues añado á tu premio medio talento de oro.»
797 Dijo, se lo puso en la mano, y Antíloco lo recibió con alegría. Acto continuo, el Pelida sacó y colocó en el circo una larga pica, un escudo y un casco, que eran las armas que Patroclo quitara á Sarpedón. Y puesto en pie, dijo á los argivos:
802 «Invitemos á los dos varones que sean más esforzados, á que, vistiendo las armas y asiendo el tajante bronce, pongan á prueba su valor ante el concurso. Al primero que logre tocar el cuerpo hermoso de su adversario, le rasguñe el vientre á través de la armadura y le haga brotar la negra sangre, daréle esta magnífica espada tracia, tachonada con clavos de plata, que quité á Asteropeo. Ambos campeones se llevarán las restantes armas y serán obsequiados con un espléndido banquete.»
811 Así habló. Levantóse en seguida el gran Ayax Telamonio y luego el fuerte Diomedes Tidida. Tan pronto como se hubieron armado, separadamente de la muchedumbre, fueron á encontrarse en medio del circo, deseosos de combatir y mirándose con torva faz; y todos los aqueos se quedaron atónitos. Cuando se hallaron frente á frente, tres veces se acometieron y tres veces procuraron herirse de cerca. Ayax dió un bote en el escudo liso del adversario, pero no pudo llegar á su cuerpo porque la coraza lo impidió. El Tidida intentaba alcanzar con el hierro de la luciente lanza el cuello de aquél, por cima del gran escudo. Y los aqueos, temiendo por Ayax, mandaron que cesara la lucha y ambos contendientes se llevaran igual premio; pero el héroe dió al Tidida la gran espada, ofreciéndosela con la vaina y el bien cortado ceñidor.