725 «¡Esposo mío! Saliste de la vida cuando aún eras joven, y me dejas viuda en el palacio. El hijo que nosotros ¡infelices! hemos engendrado, es todavía infante y no creo que llegue á la juventud; antes será la ciudad arruinada desde su cumbre. Porque has muerto tú que eras su defensor, el que la salvaba, el que protegía á las venerables matronas y á los tiernos infantes. Pronto se las llevarán en las cóncavas naves y á mí con ellas. Y tú, hijo mío, ó me seguirás y tendrás que ocuparte en viles oficios, trabajando en provecho de un amo cruel; ó algún aqueo te cogerá de la mano y te arrojará de lo alto de una torre, ¡muerte horrenda!, irritado porque Héctor le matara el hermano, el padre ó el hijo; pues muchos aqueos mordieron la vasta tierra á manos de Héctor. No era blando tu padre en la funesta batalla, y por esto le lloran todos en la ciudad. ¡Oh Héctor! Has causado á tus padres llanto y dolor indecibles, pero á mí me aguardan las penas más graves. Ni siquiera pudiste, antes de morir, tenderme los brazos desde el lecho, ni hacerme saludables advertencias que hubiera recordado siempre, de noche y de día, con lágrimas en los ojos.»
746 Esto dijo llorando, y las mujeres gimieron. Y entre ellas, Hécuba empezó á su vez el funeral lamento:
748 «¡Héctor, el hijo más amado de mi corazón! No puede dudarse de que en vida fueras caro á los dioses, pues no se olvidaron de ti en el trance fatal de tu muerte. Aquiles, el de los pies ligeros, á los demás hijos míos que logró coger, vendiólos al otro lado del mar estéril, en Samos, Imbros ó Lemnos, de escarpada costa; á ti, después de arrancarte el alma con el bronce de larga punta, te arrastraba muchas veces en torno del sepulcro de su compañero Patroclo, á quien mataste, mas no por esto resucitó á su amigo. Y ahora yaces en el palacio, tan fresco como si acabaras de morir y semejante al que Apolo, el del argénteo arco, mata con sus suaves flechas.»
760 Así habló, derramando lágrimas, y excitó en todos vehemente llanto. Y Helena fué la tercera en dar principio al funeral lamento:
762 «¡Héctor, el cuñado más querido de mi corazón! Mi marido, el deiforme Alejandro, me trajo á Troya, ¡ojalá me hubiera muerto antes!; y en los veinte años que van transcurridos desde que vine y abandoné la patria, jamás he oído de tu boca una palabra ofensiva ó grosera; y si en el palacio me increpaba alguno de los cuñados, de las cuñadas ó de las esposas de aquéllos, ó la suegra—pues el suegro fué siempre cariñoso como un padre,—contenías su enojo, aquietándolos con tu afabilidad y tus suaves palabras. Con el corazón afligido, lloro á la vez por ti y por mí, desgraciada; que ya no habrá en la vasta Troya quien me sea benévolo ni amigo, pues todos me detestan.»
776 Así dijo llorando, y la inmensa muchedumbre prorrumpió en gemidos. Y el anciano Príamo dijo al pueblo:
778 «Ahora, troyanos, traed leña á la ciudad y no temáis ninguna emboscada por parte de los argivos; pues Aquiles, al despedirme en las negras naves, me prometió no causarnos daño hasta que llegue la duodécima aurora.»
782 De este modo les habló. Pronto la gente del pueblo, unciendo á los carros bueyes y mulos, se reunió fuera de la ciudad. Por espacio de nueve días acarrearon abundante leña; y cuando por décima vez apuntó la Aurora, que trae la luz á los mortales, sacaron, con los ojos preñados de lágrimas, el cadáver del audaz Héctor, lo pusieron en lo alto de la pira, y le prendieron fuego.
788 Mas, así que se descubrió la hija de la mañana, la Aurora de rosados dedos, congregóse el pueblo en torno de la pira del ilustre Héctor. Y cuando todos se hubieron reunido, apagaron con negro vino la parte de la pira á que la llama había alcanzado; y seguidamente los hermanos y los amigos, gimiendo y corriéndole las lágrimas por las mejillas, recogieron los blancos huesos y los colocaron en una urna de oro, envueltos en fino velo de púrpura. Depositaron la urna en el hoyo, que cubrieron con muchas y grandes piedras, amontonaron la tierra y erigieron el túmulo. Habían puesto centinelas por todos lados, para vigilar si los aqueos, de hermosas grebas, los atacaban. Levantado el túmulo, volviéronse; y reunidos después en el palacio del rey Príamo, alumno de Júpiter, celebraron el espléndido banquete fúnebre.
804 Así celebraron las honras de Héctor, domador de caballos.