No sin temor pongo en tus manos esta versión en prosa del inmortal poema homérico compuesto hace treinta siglos[1] y no superado aún por otro alguno; epopeya sin par y cuadro fiel de los orígenes históricos de aquella cultura helénica que tanto influyó en la romana, y más tarde, ya directamente, ya por medio de esta última, en la de casi todos los pueblos civilizados.

Sabido es que la Ilíada tiene por asunto un episodio de la guerra de Troya, ocurrido en el noveno año de la misma[2]; y que se atribuye á Homero, el padre de la poesía, el célebre aedo que recorría la Grecia cantando al son de la cítara sus propias composiciones. No es posible hablar en estas pocas líneas de la llamada cuestión homérica[3], ni resumir lo que han dicho los críticos sobre la existencia[4] y la patria de Homero[5], las obras que compuso[6] y el estado en que han llegado hasta nosotros[7]. Por tanto, sólo manifestaré las razones que me impulsaron á hacer esta versión literal del más famoso de sus poemas.

De la Ilíada se han publicado en España tres traducciones: las de D. Ignacio García Malo, D. José Gómez Hermosilla[8] y D. Conrado Roure[9]; pues la notabilísima que preparaba D. Juan Montserrat y Archs no llegó á ver la luz pública[10]. Las dos primeras son dignas de elogio por el conocimiento que de la obra original revelan en sus autores, y la de Hermosilla también por su valor literario, mucho mayor de lo que generalmente se cree, como ha demostrado mi insigne maestro D. Marcelino Menéndez y Pelayo; pero ambas están en verso y no pueden ser tan fieles, que no amplifiquen, mutilen ó alteren el texto para acomodarlo á la forma métrica. De aquí que no satisfagan completamente á quien, sin estar impuesto en la lengua griega, necesite conocer la Ilíada en sus menores detalles, le convenga alegar textualmente algunos de sus versos ó quiera verificar las citas que se hagan de dicho poema. En cuanto á la traducción de D. Conrado Roure, muy estimable en algunos pasajes por su fidelidad, como está escrita en catalán, sólo pueden utilizarla los que conocen esta lengua.

Para salvar tales inconvenientes se publica la presente versión literal en prosa castellana; y puedo asegurarte que si el buen deseo, el entusiasmo por la obra y la diligencia en el trabajo bastaran para tener acierto, no habría otra que fuese más perfecta y acabada.

Dice Fr. Luis de León que «el que traslada ha de ser fiel y cabal, y si fuere posible, contar las palabras, para dar otras tantas, y no más, de la misma manera, cualidad, y condición y variedad de significaciones que las originales tienen, sin limitallas á su propio sonido y parecer, para que los que leyeren la traducción puedan entender la variedad toda de sentidos á que da ocasión el original si se leyese, y queden libres para escoger de ellos el que mejor les pareciere[11].» Tomando por regla tan autorizada opinión y poniendo en práctica los consejos que el malogrado helenista Dr. D. José Balari, eximio catedrático que fué de esta Universidad, nos daba á los que tuvimos la suerte de ser sus discípulos, he traducido el poema literalmente, sin quitar nada, ni siquiera un epíteto, y sin añadir más que lo necesario para la recta inteligencia de la frase, dada la distinta índole de la lengua castellana con respecto á la griega. No he vacilado en emplear una palabra anticuada cuando con ella se expresaba bien la idea del vocablo original: por ejemplo, la voz escudado, que tiene el mismo valor de la griega ἀσπιστής. Como no conozco ninguna dicción española que equivalga á εὐρύοπα[12], epíteto de Jove, en su acepción más probable de el de amplia mirada, me atreví á formar el compuesto longividente, cuya segunda parte se usa en las voces omnividente y providente, y la primera fué empleada por el clásico Jarque en la palabra longispicio[13]. Algo perplejo me tuvo el substantivo ἀριστεία (ΔΙΟΜΗΔΟΥΣ ΑΡΙΣΤΕΙΑ, ΑΓΑΜΕΜΝΟΝΟΣ ΑΡΙΣΤΕΙΑ, ΜΕΝΕΛΑΟΥ ΑΡΙΣΤΕΙΑ), que significa la acción de descollar en algo, es decir, de excederse un guerrero á sí mismo, sobresaliendo entre los combatientes y ejecutando sus mayores hazañas[14]; y por fin adopté el vocablo principalía, cuyo valor etimológico es casi igual al de la voz latina, principatus, con que suele traducirse. Mayor indecisión sentí al verter el epíteto εἰλίπους, que Homero da á los bueyes, y significa, según el Lexicon de Ebeling, qui pedes oblique et in orbem fere tortos profert, y según el Thesaurus lo explica, flexipes, vertens et curvans pedes inter eundum: confieso que no he sabido hallar una palabra castellana que equivalga á la griega; pero he preferido interpretarla imperfectamente con los vocablos de tornátiles pies, á seguir el ejemplo de muchos traductores que la han suprimido por completo.

Ha servido de base para la traducción el texto griego de Dindorf-Hentze, publicado en la Bibliotheca scriptorum Graecorum et Romanorum Teubneriana[15]; que es, en mi humilde juicio, el más depurado de todos. Para precisar el significado de las voces griegas se han consultado varios diccionarios y especialmente el Thesaurus[16], el notable Lexicon Homericum, que editó Ebeling[17] y el importantísimo Dictionnaire des antiquités grecques et romaines d’après les textes et les monuments, que empezó á publicarse en 1877 bajo la dirección de MM. Ch. Daremberg y Edm. Saglio, y alcanza actualmente hasta la letra S. Para la interpretación de algunos pasajes se han tenido á la vista las traducciones latinas de C. G. Heyne y de la edición de Firmin Didot; las españolas de Lebrija[18], García Malo, Gómez Hermosilla y Roure; la portuguesa de Manoel Odorico Mendes; las italianas de Monti y Cesarotti; las francesas de Mme. Dacier, Bitaubé, Giguet y Leprévost; la alemana de Voss; las inglesas de Lord Derby y del célebre Pope, y la que en griego moderno ha publicado Pal-le[19]. Finalmente, para la fijación de regímenes dudosos, para determinar la acepción y uso de algunas palabras y frases, y para evitar, en lo posible, los barbarismos, hase acudido á la primera edición del Diccionario de la Real Academia Española, conocida con el nombre de Diccionario de Autoridades, y á las excelentes obras de Baralt, Cuervo, P. Mir, P. Nonell y Cortejón.

Y ahora, lector benévolo, que ya sabes por qué y cómo se ha hecho la presente versión, perdona sus faltas, parando mientes en lo difícil que es trasladar al romance una obra antiquísima de tanto valor literario é histórico, compuesta en la más hermosa de las lenguas y nacida en un medio ambiente muy distinto del actual. Si se podía decir en la época de Virgilio: Facilius esse Herculi clavam, quam Homero versum subripere, con más razón podríamos repetirlo nosotros que nos hallamos á mayor distancia de aquellos tiempos y hablamos idiomas de carácter analítico, muy diferentes de las inmortales lenguas clásicas.

Luis Segalá y Estalella.

NOTAS

[1] Recientemente, Mr. Bréal ha pretendido demostrar que la Ilíada fué compuesta en el siglo VII a. de J. C. (y no en el X ó XI, como suele creerse) y que su carácter de obra primitiva es efecto del arte. Véase: Michel Bréal, Pour mieux connaître Homère. París, Hachette, 1906.