503 Paris no demoró en el alto palacio; pues así que hubo vestido las magníficas armas de labrado bronce, atravesó presuroso la ciudad haciendo gala de sus pies ligeros. Como el corcel avezado á bañarse en la cristalina corriente de un río, cuando se ve atado en el establo, come la cebada del pesebre y rompiendo el ronzal sale trotando por la llanura, yergue orgulloso la cerviz, ondean las crines sobre su cuello, y ufano de su lozanía mueve ligero las rodillas encaminándose al sitio donde los caballos pacen; de aquel modo, Paris, hijo de Príamo, cuya armadura brillaba como un sol, descendía gozoso de la excelsa Pérgamo por sus ágiles pies llevado. El deiforme Alejandro alcanzó á Héctor cuando regresaba del lugar en que había pasado el coloquio con su esposa, y así le dijo:
518 «¡Mi buen hermano! Mucho te hice esperar y estarás impaciente, porque no vine con la prontitud que ordenaste.»
520 Respondióle Héctor, de tremolante casco: «¡Hermano querido! Nadie que sea justo reprochará tu faena en el combate, pues eres valiente; pero á veces te abandonas y no quieres pelear, y mi corazón se aflige cuando oigo murmurar á los troyanos que tantos trabajos por ti soportan. Pero vayamos y luego lo arreglaremos todo, si Júpiter nos permite ofrecer en nuestro palacio la copa de la libertad á los celestes sempiternos dioses, por haber echado de Troya á los aqueos de hermosas grebas.»
Los heraldos Taltibio é Ideo suspenden el combate singular de Héctor y Ayax
CANTO VII
COMBATE SINGULAR DE HÉCTOR Y AYAX.—LEVANTAMIENTO DE LOS CADÁVERES
1 Dichas estas palabras, el esclarecido Héctor y su hermano Alejandro traspusieron las puertas, con el ánimo impaciente por combatir y pelear. Como cuando un dios envía próspero viento á navegantes que lo anhelan porque están cansados de romper las olas, batiendo los pulidos remos, y tienen lasos los miembros á causa de la fatiga; así, tan deseados, aparecieron aquéllos á los teucros.
8 Paris mató á Menestio, que vivía en Arna y era hijo del rey Areitoo, famoso por su clava, y de Filomedusa, la de los grandes ojos; y Héctor con la puntiaguda lanza tiró á Eyoneo un bote en la cerviz, debajo del casco de bronce, y dejóle sin vigor los miembros. Glauco, hijo de Hipóloco y príncipe de los licios, arrojó en la reñida pelea un dardo á Ifínoo Dexíada cuando subía al carro de corredoras yeguas, y le acertó en la espalda: Ifínoo cayó al suelo y sus miembros se relajaron.