17 Cuando Minerva, la diosa de los brillantes ojos, vió que aquéllos mataban á muchos argivos en el duro combate, descendiendo en raudo vuelo de las cumbres del Olimpo, se encaminó á la sagrada Ilión. Pero, al advertirlo Apolo desde Pérgamo, fué á oponérsele, porque deseaba que los teucros ganaran la victoria. Encontráronse ambas deidades en la encina; y el soberano Apolo, hijo de Júpiter, habló diciendo:
24 «¿Por qué, enardecida nuevamente, oh hija del gran Júpiter, vienes del Olimpo? ¿Qué poderoso afecto te mueve? ¿Acaso quieres dar á los aqueos la indecisa victoria? Porque de los teucros no te compadecerías, aunque estuviesen pereciendo. Si quieres condescender con mi deseo,—y sería lo mejor—suspenderemos por hoy el combate y la pelea; y luego volverán á batallar hasta que logren arruinar á Ilión, ya que os place á las diosas destruir esta ciudad.»
33 Respondióle Minerva, la diosa de los brillantes ojos: «Sea así, Flechador; con este propósito vine del Olimpo al campo de los teucros y de los aquivos. Mas ¿por qué medio has pensado suspender la batalla?»
37 Contestó el soberano Apolo, hijo de Júpiter: «Hagamos que Héctor, de corazón fuerte, domador de caballos, provoque á los dánaos á pelear con él en terrible y singular combate; é indignados los aqueos, de hermosas grebas, susciten á alguien que mida sus armas con el divino Héctor.»
43 Así dijo; y Minerva, la diosa de los brillantes ojos, no se opuso. Heleno, hijo amado de Príamo, comprendió al punto lo que era grato á los dioses que conversaban, y llegándose á Héctor, le dirigió estas palabras:
47 «¡Héctor, hijo de Príamo, igual en prudencia á Júpiter! ¿Querrás hacer lo que te diga yo, que soy tu hermano? Manda que suspendan la pelea los teucros y los aqueos todos, y reta al más valiente de éstos á luchar contigo en terrible combate, pues aún no ha dispuesto el hado que mueras y llegues al término fatal de tu vida. He oído que así lo decían los sempiternos dioses.»
54 En tales términos habló. Oyóle Héctor con intenso placer, y corriendo al centro de ambos ejércitos con la lanza cogida por el medio, detuvo las falanges troyanas, que al momento se quedaron quietas. Agamenón contuvo á los aqueos, de hermosas grebas; y Minerva y Apolo, el del arco de plata, transfigurados en buitres, se posaron en la alta encina del padre Júpiter, que lleva la égida, y se deleitaban en contemplar á los guerreros cuyas densas filas aparecían erizadas de escudos, cascos y lanzas. Como el Céfiro, cayendo sobre el mar, encrespa las olas, y el ponto negrea; de semejante modo sentáronse en la llanura las hileras de aquivos y teucros. Y Héctor, puesto entre unos y otros, dijo:
67 «¡Oídme, teucros y aqueos, de hermosas grebas, y os diré lo que en el pecho mi corazón me dicta! El excelso Saturnio no ratificó nuestros juramentos, y seguirá causándonos males á unos y á otros, hasta que toméis la torreada Ilión ó sucumbáis junto á las naves, que atraviesan el ponto. Entre vosotros se hallan los más valientes aqueos; aquel á quien el ánimo incite á combatir conmigo, adelántese y será campeón con el divino Héctor. Propongo lo siguiente y Júpiter sea testigo: Si aquél con su bronce de larga punta consigue quitarme la vida, despójeme de las armas, lléveselas á las cóncavas naves, y entregue mi cuerpo á los míos para que los troyanos y sus esposas lo suban á la pira; y si yo le matare á él, por concederme Apolo tal gloria, me llevaré sus armas á la sagrada Ilión, las colgaré en el templo del flechador Apolo, y enviaré el cadáver á los navíos, de muchos bancos, para que los aqueos, de larga cabellera, le hagan exequias y le erijan un túmulo á orillas del espacioso Helesponto. Y dirá alguno de los futuros hombres, atravesando el vinoso mar en un bajel de muchos órdenes de remos: Ésa es la tumba de un varón que peleaba valerosamente y fué muerto en edad remota por el esclarecido Héctor. Así hablará, y mi gloria será eterna.»
92 De tal modo se expresó. Todos enmudecieron y quedaron silenciosos, pues por vergüenza no rehusaban el desafío y por miedo no se decidían á aceptarlo. Al fin levantóse Menelao, con el corazón afligidísimo, y los apostrofó de esta manera:
96 «¡Ay de mí, hombres jactanciosos; aqueas, que no aqueos! Grande y horrible será nuestro oprobio si no sale ningún dánao al encuentro de Héctor. Ojalá os volvierais agua y tierra ahí mismo donde estáis sentados, hombres sin corazón y sin honor. Yo seré quien se arme y luche con aquél, pues la victoria la conceden desde lo alto los inmortales dioses.»