103 Esto dicho, empezó á ponerse la magnífica armadura. Entonces, oh Menelao, hubieras acabado la vida en manos de Héctor, cuya fuerza era muy superior, si los reyes aqueos no se hubiesen apresurado á detenerte. El mismo Agamenón Atrida, el de vasto poder, asióle de la diestra exclamando:
109 «¡Deliras, Menelao, alumno de Júpiter! Nada te fuerza á cometer tal locura. Domínate, aunque estés afligido, y no quieras luchar por despique con un hombre más fuerte que tú, con Héctor Priámida, que á todos amedrenta y cuyo encuentro en la batalla, donde los varones adquieren gloria, causaba horror al mismo Aquiles que tanto en bravura te aventaja. Vuelve á juntarte con tus compañeros, siéntate, y los aqueos harán que se levante un campeón tal, que, aunque aquél sea intrépido é incansable en la pelea, con gusto, creo, se entregará al descanso si consigue escapar de tan fiero combate, de tan terrible lucha.»
120 Dijo; y el héroe cambió la mente de su hermano con la oportuna exhortación. Menelao obedeció; y sus servidores, alegres, quitáronle la armadura de los hombros. Entonces levantóse Néstor, y arengó á los argivos diciendo:
124 «¡Oh dioses! ¡Qué motivo de pesar tan grande para la tierra aquea! ¡Cuánto gemiría el anciano jinete Peleo, ilustre consejero y arengador de los mirmidones, que en su palacio se gozaba con preguntarme por la prosapia y la descendencia de los argivos todos! Si supiera que éstos tiemblan ante Héctor, alzaría las manos á los inmortales para que su alma, separándose del cuerpo, bajara á la morada de Plutón. Ojalá, ¡padre Júpiter, Minerva, Apolo!, fuese yo tan joven como cuando, encontrándose los pilios con los belicosos arcadios al pie de las murallas de Fea, cerca de la corriente del Jardano, trabaron el combate á orillas del impetuoso Celadonte. Entre los arcadios aparecía en primera línea Ereutalión, varón igual á un dios, que llevaba la armadura del rey Areitoo; del divino Areitoo, á quien por sobrenombre llamaban el macero así los hombres como las mujeres de hermosa cintura, porque no peleaba con el arco y la formidable lanza, sino que rompía las falanges con la férrea maza. Al rey Areitoo matóle Licurgo, valiéndose no de la fuerza, sino de la astucia, en un camino estrecho, donde la férrea clava no podía librarle de la muerte: Licurgo se le adelantó, envasóle la lanza en medio del cuerpo, tumbóle de espaldas, y despojóle de la armadura, regalo del férreo Marte, que llevaba en las batallas. Cuando Licurgo envejeció en el palacio, entregó dicha armadura á Ereutalión, su escudero querido, para que la usara; y éste, con tales armas, desafiaba entonces á los más valientes. Todos estaban amedrentados y temblando, y nadie se atrevía á aceptar el reto; pero mi ardido corazón me impulsó á pelear con aquel presuntuoso—era yo el más joven de todos—y combatí con él y Minerva me dió gloria, pues logré matar á aquel hombre gigantesco y fortísimo que tendido en el suelo ocupaba un gran espacio. Ojalá me rejuveneciera tanto y mis fuerzas conservaran su robustez. ¡Cuán pronto Héctor, de tremolante casco, tendría combate! ¡Pero ni los que sois los más valientes de los aqueos todos, ni siquiera vosotros, estáis dispuestos á hacer campo contra Héctor!»
161 De esta manera los increpó el anciano, y nueve en junto se levantaron. Levantóse, mucho antes que los otros, el rey de hombres Agamenón; luego el fuerte Diomedes Tidida; después, ambos Ayaces, revestidos de impetuoso valor; tras ellos, Idomeneo y su escudero Meriones, que al homicida Marte igualaba; en seguida Eurípilo, hijo ilustre de Evemón; y, finalmente, Toante Andremónida y el divino Ulises: todos éstos querían pelear con el ilustre Héctor. Y Néstor, caballero gerenio, les dijo:
171 «Echad suertes, y aquel á quien le toque alegrará á los aqueos, de hermosas grebas, y sentirá regocijo en el corazón si logra escapar del fiero combate, de la terrible lucha.»
175 Tal fué lo que propuso. Los nueve señalaron sus respectivas tarjas, y seguidamente las metieron en el casco de Agamenón Atrida. Los guerreros oraban y alzaban las manos á los dioses. Y algunos exclamaron, mirando al anchuroso cielo:
179 «¡Padre Júpiter! Haz que le caiga la suerte á Ayax, al hijo de Tideo, ó al mismo rey de Micenas, rica en oro.»
181 Así decían. Néstor, caballero gerenio, meneaba el casco, hasta que por fin saltó la tarja que ellos querían, la de Ayax. Un heraldo llevóla por el concurso y, empezando por la derecha, la enseñaba á los próceres aqueos, quienes, al no reconocerla, negaban que fuese la suya; pero cuando llegó al que la había marcado y echado en el casco, al ilustre Ayax, éste tendió la mano, y aquel se detuvo y le entregó la contraseña. El héroe la reconoció, con gran júbilo de su corazón, y tirándola al suelo, á sus pies, exclamó:
191 «¡Oh amigos! Mi tarja es, y me alegro en el alma porque espero vencer al divino Héctor. ¡Ea! Mientras visto la bélica armadura, orad al soberano Jove Saturnio, mentalmente, para que no lo oigan los teucros; ó en alta voz, pues á nadie tememos. No habrá quien, valiéndose de la fuerza ó de la astucia, me ponga en fuga contra mi voluntad; porque no creo que naciera y me criara en Salamina, tan inhábil para la lucha.»