283 Respondióle Ayax Telamonio: «¡Ideo! Ordenad á Héctor que lo disponga, pues fué él quien retó á los más valientes. Sea el primero en desistir; que yo obedeceré, si él lo hiciere.»

287 Díjole el gran Héctor, de tremolante casco: «¡Ayax! Puesto que los dioses te han dado corpulencia, valor y cordura, y en el manejo de la lanza descuellas entre los aqueos, suspendamos por hoy el combate y la lucha, y otro día volveremos á pelear hasta que una deidad nos separe, después de otorgar la victoria á quien quisiere. La noche comienza ya, y será bueno obedecerla. Así tú regocijarás, en las naves, á todos los aqueos y especialmente á tus amigos y compañeros; y yo alegraré, en la gran ciudad del rey Príamo, á los troyanos y á las troyanas, de rozagantes peplos, que habrán ido á los sagrados templos á orar por mí. ¡Ea! Hagámonos magníficos regalos, para que digan aqueos y teucros: Combatieron con roedor encono, y se separaron por la amistad unidos

303 Cuando esto hubo dicho, entregó á Ayax una espada guarnecida con argénteos clavos, ofreciéndosela con la vaina y el bien cortado ceñidor; y Ayax regaló á Héctor un vistoso tahalí teñido de púrpura. Separáronse luego, volviendo el uno á las tropas aqueas y el otro al ejército de los teucros. Éstos se alegraron al ver á Héctor vivo, y que regresaba incólume, libre de la fuerza y de las invictas manos de Ayax, cuando ya desesperaban de que se salvara; y le acompañaron á la ciudad. Por su parte, los aqueos, de hermosas grebas, llevaron á Ayax, ufano de la victoria, á la tienda del divino Agamenón.

313 Así que estuvieron en ella, Agamenón Atrida, rey de hombres, sacrificó al prepotente Saturnio un buey de cinco años. Tan pronto como lo hubieron desollado y preparado, lo descuartizaron hábilmente y cogiendo con pinchos los pedazos, los asaron con el cuidado debido y los retiraron del fuego. Terminada la faena y dispuesto el festín, comieron sin que nadie careciese de su respectiva porción; y el poderoso héroe Agamenón Atrida obsequió á Ayax con el ancho lomo. Cuando hubieron satisfecho el deseo de comer y de beber, el anciano Néstor, cuya opinión era considerada siempre como la mejor, comenzó á darles un consejo. Y arengándolos con benevolencia, así les dijo:

327 «¡Atrida y demás príncipes de los aqueos todos! Ya que han muerto tantos aquivos, de larga cabellera, cuya sangre esparció el cruel Marte por la ribera del Escamandro de límpida corriente y cuyas almas descendieron al Orco, conviene que suspendas los combates; y mañana, reunidos todos al comenzar del día, traeremos los cadáveres en carros tirados por bueyes y mulos, y los quemaremos cerca de los bajeles para llevar sus cenizas á los hijos de los difuntos cuando regresemos á la patria. Erijamos luego con tierra de la llanura, amontonada en torno de la pira, un túmulo común; edifiquemos á partir del mismo una muralla con altas torres que sea un reparo para las naves y para nosotros mismos; dejemos puertas, que se cierren con bien ajustadas tablas, para que pasen los carros, y cavemos al pie del muro un profundo foso, que detenga á los hombres y á los caballos si algún día no podemos resistir la acometida de los altivos teucros.»

344 Así habló, y los demás reyes aplaudieron. Reuniéronse los teucros en la acrópolis de Ilión, cerca del palacio de Príamo; y la junta fué agitada y turbulenta. El prudente Antenor comenzó á arengarles de esta manera:

348 «¡Oídme, troyanos, dárdanos y aliados, y os manifestaré lo que en el pecho mi corazón me dicta! Ea, restituyamos la argiva Helena con sus riquezas y que los Atridas se la lleven. Ahora combatimos después de quebrar la fe ofrecida en los juramentos, y no espero que alcancemos éxito alguno mientras no hagamos lo que propongo.»

354 Dijo, y se sentó. Levantóse el divino Alejandro, esposo de Helena, la de hermosa cabellera, y dirigiéndose á aquél pronunció estas aladas palabras:

357 «¡Antenor! No me place lo que propones, y podías haber pensado algo mejor. Si realmente hablas con seriedad, los mismos dioses te han hecho perder el juicio. Y á los troyanos, domadores de caballos, les diré lo siguiente: Paladinamente lo declaro, no devolveré la esposa; pero sí quiero dar cuantas riquezas traje de Argos y aun otras que añadiré de mi casa

365 Dijo, y se sentó. Levantóse Príamo Dardánida, consejero igual á los dioses, y les arengó con benevolencia diciendo: