368 «¡Oídme, troyanos, dárdanos y aliados, y os manifestaré lo que en el pecho mi corazón me dicta! Cenad en la ciudad, como siempre; acordaos de la guardia, y vigilad todos; al romper el alba vaya Ideo á las cóncavas naves, anuncie á los Atridas, Agamenón y Menelao, la proposición de Alejandro, por quien se suscitó la contienda, y hágales esta prudente consulta: Si quieren que se suspenda el horrísono combate para quemar los cadáveres, y luego volveremos á pelear hasta que una deidad nos separe y otorgue la victoria á quien le plazca.»
379 De esta suerte habló; ellos le escucharon y obedecieron, tomando la cena en el campo sin romper las filas; y apenas comenzó á alborear, encaminóse Ideo á las cóncavas naves y halló á los dánaos, ministros de Marte, reunidos en junta cerca del bajel de Agamenón. El heraldo de voz sonora, puesto en medio, les dijo:
385 «¡Atrida y demás príncipes de los aqueos todos! Mándanme Príamo y los ilustres troyanos que os participe, y ojalá os fuera acepta y grata, la proposición de Alejandro, por quien se suscitó la contienda. Ofrece dar cuantas riquezas trajo á Ilión en las cóncavas naves—¡así hubiese perecido antes!—y aun añadir otras de su casa; pero se niega á devolver la legítima esposa del glorioso Menelao, á pesar de que los troyanos se lo aconsejan. Me han ordenado también que os haga esta consulta: Si queréis que se suspenda el horrísono combate para quemar los cadáveres, y luego volveremos á pelear hasta que una deidad nos separe y otorgue la victoria á quien le plazca.»
398 Así habló. Todos enmudecieron y quedaron silenciosos. Pero al fin Diomedes, valiente en la pelea, dijo:
400 «No se acepten ni las riquezas de Alejandro, ni á Helena tampoco; pues es evidente, hasta para el más simple, que la ruina pende sobre los troyanos.»
403 Así se expresó; y todos los aqueos aplaudieron, admirados del discurso de Diomedes, domador de caballos. Y el rey Agamenón dijo entonces á Ideo:
406 «¡Ideo! Tú mismo oyes las palabras con que te responden los aqueos; ellas son de mi agrado. En cuanto á los cadáveres, no me opongo á que sean quemados, pues ha de ahorrarse toda dilación para satisfacer prontamente á los que murieron, entregando sus cuerpos á las llamas. Júpiter tonante, esposo de Juno, reciba el juramento.»
412 Dicho esto, alzó el cetro á todos los dioses; é Ideo regresó á la sagrada Troya, donde le esperaban, reunidos en junta, troyanos y dárdanos. El heraldo, puesto en medio, dijo la respuesta. En seguida dispusiéronse unos á recoger los cadáveres, y otros á ir por leña. Á su vez, los argivos salieron de las naves de numerosos bancos; unos, para recoger los cadáveres, y otros, para cortar leña.
421 Ya el sol hería con sus rayos los campos, subiendo al cielo desde la plácida corriente del profundo Océano, cuando aqueos y teucros se mezclaron unos con otros en la llanura. Difícil era reconocer á cada varón; pero lavaban con agua las manchas de sangre de los cadáveres y, derramando ardientes lágrimas, los subían á los carros. El gran Príamo no permitía que los teucros lloraran: éstos, en silencio y con el corazón afligido, hacinaron los cadáveres sobre la pira, los quemaron y volvieron á la sacra Ilión. Del mismo modo, los aqueos, de hermosas grebas, hacinaron los cadáveres sobre la pira, los quemaron y volvieron á las cóncavas naves.
433 Cuando aún no despuntaba la aurora, pero ya la luz del alba aparecía, un grupo escogido de aqueos se reunió en torno de la pira. Erigieron con tierra de la llanura un túmulo común; construyeron á partir del mismo una muralla con altas torres, que sirviese de reparo á las naves y á ellos mismos; dejaron puertas, que se cerraban con bien ajustadas tablas, para que pudieran pasarlos carros, y cavaron al pie del muro un gran foso profundo y ancho que defendieron con estacas. De tal suerte trabajaban los aqueos, de larga cabellera.