53 «¡Tidida! Luchas con valor en el combate y superas en el consejo á los de tu edad; ningún aquivo osará vituperar ni contradecir tu discurso, pero no has llegado hasta el fin. Eres aún joven—por tus años podrías ser mi hijo menor—y no obstante, dices cosas discretas á los reyes argivos y has hablado como se debe. Pero yo, que me vanaglorío de ser más viejo que tú, lo manifestaré y expondré todo; y nadie despreciará mis palabras, ni siquiera el rey Agamenón. Sin familia, sin ley y sin hogar debe de vivir quien apetece las horrendas luchas intestinas. Ahora obedezcamos á la negra noche: preparemos la cena y los guardias vigilen á orillas del cavado foso que corre al pie del muro. Á los jóvenes se lo encargo; y tú, oh Atrida, mándalo, pues eres el rey supremo. Ofrece después un banquete á los caudillos, que esto es lo que te conviene y lo digno de ti. Tus tiendas están llenas de vino que las naves aqueas traen continuamente de Tracia, dispones de cuanto se requiere para recibir á aquéllos, é imperas sobre muchos hombres. Una vez congregados, seguirás el parecer de quien te dé mejor consejo; pues de uno bueno y prudente tienen necesidad los aqueos, ahora que el enemigo enciende tal número de hogueras junto á las naves. ¿Quién lo verá con alegría? Esta noche se decidirá la ruina ó la salvación del ejército.»

79 Tal dijo, y ellos le escucharon y obedecieron. Al punto se apresuraron á salir con armas, para encargarse de la guardia, Trasimedes Nestórida, pastor de hombres; Ascálafo y Yálmeno, hijos de Marte; Meriones, Afareo, Deípiro y el divino Licomedes, hijo de Creonte. Siete eran los capitanes, y cada uno mandaba cien mozos provistos de luengas picas. Situáronse entre el foso y la muralla, encendieron fuego, y todos sacaron su respectiva cena.

89 El Atrida llevó á su tienda á los príncipes aqueos, así que se hubieron reunido, y les dió un espléndido banquete. Ellos alargaron la diestra á los manjares que tenían delante, y cuando hubieron satisfecho el deseo de comer y de beber, el anciano Néstor, cuya opinión era considerada siempre como la mejor, empezó á aconsejarles; y arengándoles con benevolencia, les dijo:

96 «¡Gloriosísimo Atrida! ¡Rey de hombres Agamenón! Por ti empezaré y en ti acabaré; ya que reinas sobre muchos hombres y Júpiter te ha dado cetro y leyes para que mires por los súbditos. Por esto debes exponer tu opinión y oir la de los demás y aún llevarla á cumplimiento cuando cualquiera, siguiendo los impulsos de su ánimo, proponga algo bueno; que es atribución tuya ejecutar lo que se acuerde. Te diré lo que considero más conveniente y nadie concebirá una idea mejor que la que tuve y sigo teniendo, oh vástago de Júpiter, desde que, contra mi parecer, te llevaste la joven Briseida de la tienda del enojado Aquiles. Gran empeño puse en disuadirte, pero venció tu ánimo fogoso y menospreciaste á un fortísimo varón honrado por los dioses, arrebatándole la recompensa que todavía retienes. Veamos ahora si podríamos aplacarle con agradables presentes y dulces palabras.»

114 Respondióle el rey de hombres Agamenón: «No has mentido, anciano, al enumerar mis faltas. Obré mal, no lo niego; vale por muchos el varón á quien Jove ama cordialmente; y ahora el dios, queriendo honrar á Aquiles, ha causado la derrota de los aqueos. Mas, ya que le falté, dejándome llevar por la funesta pasión, quiero aplacarle y le ofrezco la multitud de espléndidos presentes que voy á enumerar: Siete trípodes no puestos aún al fuego, diez talentos de oro, veinte calderas relucientes y doce corceles robustos, premiados, que en la carrera alcanzaron la victoria. No sería pobre ni carecería de precioso oro quien tuviera los premios que tales caballos lograron. Le daré también siete mujeres lesbias, hábiles en hacer primorosas labores, que yo mismo escogí cuando tomó la bien construída Lesbos y que en hermosura á las demás aventajaban. Con ellas le entregaré la hija de Brises que le he quitado, y juraré solemnemente que jamás subí á su lecho ni yací con la misma, como es costumbre entre hombres y mujeres. Todo esto se le presentará en seguida; mas si los dioses nos permiten destruir la gran ciudad de Príamo, entre en ella cuando los aqueos partamos el botín, cargue abundantemente de oro y de bronce su nave y elija las veinte troyanas que más hermosas sean después de la argiva Helena. Y si conseguimos volver á los fértiles campos de Argos de Acaya, será mi yerno y tendrá tantos honores como Orestes, mi hijo menor, que se cría con mucho regalo. De las tres hijas que dejé en el alcázar bien construído, Crisótemis, Laódice é Ifianasa, llévese la que quiera, sin dotarla, á la casa de Peleo; que yo la dotaré tan espléndidamente, como nadie haya dotado jamás á hija alguna: ofrezco darle siete populosas ciudades—Cardámila, Énope, la herbosa Hira, la divina Feras, Antea, la de los hermosos prados, la linda Epea y Pédaso, en viñas abundante,—situadas todas junto al mar, en los confines de la arenosa Pilos, y pobladas de hombres ricos en ganado y en bueyes, que le honrarán con ofrendas como á una deidad y pagarán, regidos por su cetro, crecidos tributos. Todo esto haría yo, con tal que depusiera la cólera. Que se deje ablandar, pues por ser implacable é inexorable es Plutón el dios más aborrecido de los mortales; y ceda á mi, que en poder y edad de aventajarle me glorío.»

162 Contestó Néstor, caballero gerenio: «¡Gloriosísimo Atrida! ¡Rey de hombres Agamenón! No son despreciables los regalos que ofreces al rey Aquiles. Ea, elijamos esclarecidos varones que vayan á la tienda del Pelida. Y si quieres, yo mismo los designaré y ellos obedezcan: Fénix, caro á Júpiter, que será el jefe, el gran Ayax y el divino Ulises, acompañados de los heraldos Odio y Euríbates. Dadnos agua á las manos é imponed silencio, para rogar al Saturnio Jove que se apiade de nosotros.»

173 Así dijo, y su discurso agradó á todos. Los heraldos dieron aguamanos á los caudillos, y en seguida los mancebos, llenando las crateras, distribuyeron el vino á todos los presentes después de haber ofrecido en copas las primicias. Luego que lo libaron y cada cual bebió cuanto quiso, salieron de la tienda de Agamenón Atrida. Y Néstor, caballero gerenio, fijando sucesivamente los ojos en cada uno de los elegidos, les recomendaba, y de un modo especial á Ulises, que procuraran persuadir al eximio Pelida.

182 Fuéronse éstos por la orilla del estruendoso mar y dirigían muchos ruegos á Neptuno, que ciñe la tierra, para que les resultara fácil llevar la persuasión al altivo espíritu del Eácida. Cuando hubieron llegado á las tiendas y naves de los mirmidones, hallaron al héroe deleitándose con una hermosa lira labrada, de argénteo puente, que cogiera de entre los despojos cuando destruyó la ciudad de Eetión; con ella recreaba su ánimo, cantando hazañas de los hombres. Enfrente, Patroclo, solo y callado, esperaba que el Eácida acabase de cantar. Entraron aquéllos, precedidos por Ulises, y se detuvieron delante del héroe; Aquiles, atónito, se alzó del asiento sin dejar la lira, y Patroclo al verlos se levantó también. Aquiles, el de los pies ligeros, tendióles la mano y dijo:

197 «¡Salud, amigos que llegáis! Grande debe de ser la necesidad cuando venís vosotros, que sois para mí, aunque esté irritado, los más queridos de los aqueos todos.»

199 En diciendo esto, el divino Aquiles les hizo sentar en sillas provistas de purpúreos tapetes, y habló á Patroclo que estaba cerca de él: