202 «¡Hijo de Menetio! Saca la cratera mayor, llénala del vino más añejo y distribuye copas; pues están bajo mi techo los hombres que me son más caros.»

205 Así dijo, y Patroclo obedeció al compañero amado. En un tajón que acercó á la lumbre, puso los lomos de una oveja y de una pingüe cabra y la grasa espalda de un suculento jabalí. Automedonte sujetaba la carne; Aquiles, después de cortarla y dividirla, la clavaba en asadores; y el hijo de Menetio, varón igual á un dios, encendía un gran fuego; y luego, quemada la leña y muerta la llama, extendió las brasas, colocó encima los asadores asegurándolos con piedras y sazonó la carne con la divina sal. Cuando aquélla estuvo asada y servida en la mesa, Patroclo repartió pan en hermosas canastillas; y Aquiles distribuyó la carne, sentóse frente al divino Ulises, de espaldas á la pared, y ordenó á su amigo que hiciera la ofrenda á los dioses. Patroclo echó las primicias al fuego. Alargaron la diestra á los manjares que tenían delante, y cuando hubieron satisfecho el deseo de comer y de beber, Ayax hizo una seña á Fénix; y Ulises, al advertirlo, llenó su copa y brindó á Aquiles:

Entraron, precedidos por Ulises; y Aquiles, atónito, se levantó del asiento

(Canto IX, versos 192 á 194.)

225 «¡Salve, Aquiles! De igual festín hemos disfrutado en la tienda del Atrida Agamenón que ahora aquí, donde podríamos comer muchos y agradables manjares; pero los placeres del delicioso banquete no nos halagan porque tememos, oh alumno de Júpiter, que nos suceda una gran desgracia: dudamos si nos será dado salvar ó perder las naves de muchos bancos, si tú no te revistes de valor. Los orgullosos troyanos y sus auxiliares venidos de lejas tierras, acampan junto al muro y dicen que, como no podremos resistirles, asaltarán las negras naves; el Saturnio Jove relampaguea haciéndoles favorables señales, y Héctor, envanecido por su bravura y confiando en Júpiter, se muestra furioso, no respeta á hombres ni á dioses, está poseído de cruel rabia, y pide que aparezca pronto la divina Aurora, asegurando que ha de cortar nuestras elevadas popas, quemar las naves con ardiente fuego, y matar cerca de ellas á los aqueos aturdidos por el humo. Mucho teme mi alma que los dioses cumplan sus amenazas y el destino haya dispuesto que muramos en Troya, lejos de la Argólide, criadora de caballos. Ea, levántate si deseas, aunque tarde, salvar á los aqueos, que están acosados por los teucros. Á ti mismo te ha de pesar si no lo haces, y no puede repararse el mal una vez causado; piensa, pues, cómo librarás á los dánaos de tan funesto día. Amigo, tu padre Peleo te daba estos consejos el día en que desde Ptía te envió á Agamenón: ¡Hijo mío! La fortaleza, Minerva y Juno te la darán si quieren; tú refrena en el pecho el natural fogoso—la benevolencia es preferible—y abstente de perniciosas disputas para que seas más honrado por los argivos viejos y mozos. Así te amonestaba el anciano y tú lo olvidas. Cede ya y depón la funesta cólera; pues Agamenón te ofrece dignos presentes si renuncias á ella. Y si quieres, oye y te referiré cuanto Agamenón dijo en su tienda que te daría: Siete trípodes no puestos aún al fuego, diez talentos de oro, veinte calderas relucientes y doce corceles robustos, premiados, que alcanzaron la victoria en la carrera. No sería pobre ni carecería de precioso oro quien tuviera los premios que estos caballos de Agamenón con sus pies lograron. Te dará también siete mujeres lesbias, hábiles en hacer primorosas labores, que él mismo escogió cuando tomaste la bien construída Lesbos y que en hermosura á las demás aventajaban. Con ellas te entregará la hija de Brises, que te ha quitado, y jurará solemnemente que jamás subió á su lecho ni yació con la misma, como es costumbre, oh rey, entre hombres y mujeres. Todo esto se te presentará en seguida; mas si los dioses nos permiten destruir la gran ciudad de Príamo, entra en ella cuando los aqueos partamos el botín, carga abundantemente de oro y de bronce tu nave y elige las veinte troyanas que más hermosas sean después de Helena. Y si conseguimos volver á los fértiles campos de Argos de Acaya, serás su yerno y tendrás tantos honores como Orestes, su hijo menor, que se cría con mucho regalo. De las tres hijas que dejó en el palacio bien construído, Crisótemis, Laódice é Ifianasa, llévate la que quieras, sin dotarla, á la casa de Peleo, que él la dotará espléndidamente como nadie haya dotado jamás á hija alguna: ofrece darte siete populosas ciudades—Cardámila, Énope, la herbosa Hira, la divina Feras, Antea, la de los amenos prados, la linda Epea y Pédaso, en viñas abundante,—situadas todas junto al mar, en los confines de la arenosa Pilos, y pobladas de hombres ricos en ganado y en bueyes, que te honrarán con ofrendas como á un dios y pagarán, regidos por tu cetro, crecidos tributos. Todo esto haría, con tal que depusieras la cólera. Y si el Atrida y sus regalos te son odiosos, apiádate de los atribulados aqueos, que te venerarán como á un dios y conseguirás entre ellos inmensa gloria. Ahora podrías matar á Héctor, que llevado de su funesta rabia se acercará mucho á ti, pues dice que ninguno de los dánaos que trajeron las naves en valor le iguala.»

307 Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros: «¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos! Preciso es que os manifieste lo que pienso hacer para que dejéis de importunarme unos por un lado y otros por el opuesto. Me es tan odioso como las puertas del Orco quien piensa una cosa y manifiesta otra. Diré, pues, lo que me parece mejor. Creo que ni el Atrida Agamenón ni los dánaos lograrán convencerme, ya que para nada se agradece el combatir siempre y sin descanso contra el enemigo. La misma recompensa obtiene el que se queda en su tienda, que el que pelea con bizarría; en igual consideración son tenidos el cobarde y el valiente; y así muere el holgazán como el laborioso. Ninguna ventaja me ha proporcionado sufrir tantos pesares y exponer mi vida en el combate. Como el ave lleva á los implumes hijuelos la comida que coge, privándose de ella, así yo pasé largas noches sin dormir y días enteros entregado á la cruenta lucha con hombres que combatían por sus esposas. Conquisté doce ciudades por mar y once por tierra en la fértil región troyana; de todas saqué abundantes y preciosos despojos que dí al Atrida, y éste, que se quedaba en las veleras naves, recibiólos, repartió unos pocos y se guardó los restantes. Mas las recompensas que Agamenón concediera á los reyes y caudillos siguen en poder de éstos; y á mí, solo entre los aqueos, me quitó la dulce esposa y la retiene aún: que goce durmiendo con ella. ¿Por qué los argivos han tenido que mover guerra á los teucros? ¿Por qué el Atrida ha juntado y traído el ejército? ¿No es por Helena, la de hermosa cabellera? Pues ¿acaso son los Atridas los únicos hombres, de voz articulada, que aman á sus esposas? Todo hombre bueno y sensato quiere y cuida á la suya, y yo apreciaba cordialmente á la mía, aunque la había adquirido por medio de la lanza. Ya que me defraudó, arrebatándome de las manos la recompensa, no me tiente; le conozco y no me persuadirá. Delibere contigo, Ulises, y con los demás reyes cómo podrá librar á las naves del fuego enemigo. Muchas cosas ha hecho ya sin mi ayuda, pues construyó un muro, abriendo á su pie ancho y profundo foso que defiende una empalizada; mas ni con esto puede contener el arrojo de Héctor, matador de hombres. Mientras combatí por los aqueos, jamás quiso Héctor que la pelea se trabara lejos de la muralla; sólo llegaba á las puertas Esceas y á la encina; y una vez que allí me aguardó, costóle trabajo salvarse de mi acometida. Y puesto que ya no deseo guerrear contra el divino Héctor, mañana, después de ofrecer sacrificios á Júpiter y á los demás dioses, botaré al mar los cargados bajeles, y verás, si quieres y te interesa, mis naves surcando el Helesponto, en peces abundoso, y en ellas hombres que remarán gustosos; y si el glorioso Neptuno me concede una feliz navegación, al tercer día llegaré á la fértil Ptía. En ella dejé muchas cosas cuando en mal hora vine, y de aquí me llevaré oro, rojizo bronce, mujeres de hermosa cintura y luciente hierro, que por suerte me tocaron; ya que el rey Agamenón Atrida, insultándome, me ha quitado la recompensa que él mismo me diera. Decídselo públicamente, os lo encargo, para que los aqueos se indignen, si con su habitual impudencia pretendiese engañar á algún otro dánao. No se atrevería, por desvergonzado que sea, á mirarme cara á cara; con él no deliberaré ni haré cosa alguna, y si me engañó y ofendió, ya no me embaucará más con sus palabras; séale esto bastante y corra tranquilo á su perdición, puesto que el próvido Júpiter le ha quitado el juicio. Sus presentes me son odiosos, y hago tanto caso de él como de un cabello. Aunque me diera diez ó veinte veces más de lo que posee ó de lo que á poseer llegare, ó cuanto entra en Orcómeno, ó en Tebas de Egipto, cuyas casas guardan muchas riquezas—cien puertas dan ingreso á la ciudad y por cada una pasan diariamente doscientos hombres con caballos y carros,—ó tanto, cuantas son las arenas ó los granos de polvo, ni aun así aplacaría Agamenón mi enojo, si antes no me pagaba la dolorosa afrenta. No me casaré con la hija de Agamenón Atrida, aunque en hermosura rivalice con la dorada Venus y en labores compita con Minerva; ni siendo así me desposaré con ella; elija aquel otro aqueo que le convenga y sea rey más poderoso. Si salvándome los dioses, vuelvo á mi casa, el mismo Peleo me buscará consorte. Gran número de aqueas hay en la Hélade y en Ptía, hijas de príncipes que gobiernan las ciudades; la que yo quiera, será mi mujer. Mucho me aconseja mi corazón varonil que tome legítima esposa, digna cónyuge mía, y goce allá de las riquezas adquiridas por el anciano Peleo; pues no creo que valga lo que la vida ni cuanto dicen que se encerraba en la populosa ciudad de Ilión en tiempo de paz, antes que vinieran los aqueos, ni cuanto contiene el lapídeo templo del flechador Apolo en la rocosa Pito. Se pueden apresar los bueyes y las pingües ovejas, se pueden adquirir los trípodes y los tostados alazanes; pero no es posible prender ni coger el alma humana para que vuelva, una vez ha salvado la barrera que forman los dientes. Mi madre, la diosa Tetis, de argentados pies, dice que el hado ha dispuesto que mi vida acabe de una de estas dos maneras: Si me quedo á combatir en torno de la ciudad troyana, no volveré á la patria, pero mi gloria será inmortal; si regreso, perderé la ínclita fama, pero mi vida será larga, pues la muerte no me sorprenderá tan pronto. Yo aconsejo que todos se embarquen y vuelvan á sus hogares, porque ya no conseguiréis arruinar la excelsa Ilión: el longividente Júpiter extendió el brazo sobre ella y sus hombres están llenos de confianza. Vosotros llevad la respuesta á los príncipes aqueos—que esta es la misión de los legados,—á fin de que busquen otro medio de salvar las naves y á los aqueos que hay á su alrededor, pues aquel en que pensaron no puede emplearse mientras subsista mi enojo. Y Fénix quédese con nosotros, acuéstese y mañana volverá conmigo á la patria tierra, si así lo desea, que no he de llevarle á viva fuerza.»

430 Dió fin á su habla, y todos enmudecieron, asombrados de oirle; pues fué mucha la vehemencia con que se negara. Y el anciano jinete Fénix, que sentía gran temor por las naves aqueas, dijo después de un buen rato y saltándole las lágrimas:

434 «Si piensas en el regreso, preclaro Aquiles, y te niegas en absoluto á defender del voraz fuego las veleras naves, porque la ira anidó en tu corazón, ¿cómo podría quedarme solo y sin ti, hijo querido? El anciano jinete Peleo quiso que yo te acompañase cuando te envió desde Ptía á Agamenón, todavía niño y sin experiencia de la funesta guerra ni de las juntas donde los varones se hacen ilustres; y me mandó que te enseñara á hablar bien y á realizar grandes hechos. Por esto, hijo querido, no querría verme abandonado de ti, aunque un dios en persona me prometiera rasparme la vejez y dejarme tan joven como cuando salí de la Hélade, de lindas mujeres, huyendo de las imprecaciones de Amíntor Orménida, mi padre, que se irritó conmigo por una concubina de hermosa cabellera, á quien amaba con ofensa de su esposa y madre mía. Ésta me suplicaba continuamente, abrazando mis rodillas, que yaciera con la concubina para que aborreciese al anciano. Quise obedecerla y lo hice; mi padre, que no tardó en conocerlo, me maldijo repetidas veces, pidió á las horrendas Furias que jamás pudiera sentarse en sus rodillas un hijo mío, y el Júpiter del infierno y la terrible Proserpina ratificaron sus imprecaciones. Estuve por matar á mi padre con el agudo bronce; mas algún inmortal calmó mi cólera, haciéndome pensar en la fama y en los reproches de los hombres, á fin de que no fuese llamado parricida por los aqueos. Pero ya no tenía ánimo para vivir en el palacio con mi padre enojado. Amigos y deudos querían retenerme allí y me dirigían insistentes súplicas: degollaron gran copia de pingües ovejas y de bueyes de tornátiles pies y curvas astas; pusieron á asar muchos puercos grasos sobre la llama de Vulcano; bebióse buena parte del vino que las tinajas del anciano contenían; y nueve noches seguidas durmieron aquéllos á mi lado, vigilándome por turno y teniendo encendidas dos hogueras, una en el pórtico del bien cercado patio y otra en el vestíbulo ante la puerta de la habitación. Al llegar por décima vez la tenebrosa noche, salí del aposento rompiendo las tablas fuertemente unidas de la puerta; salté con facilidad el muro del patio, sin que mis guardianes ni las sirvientas lo advirtieran, y huyendo por la espaciosa Hélade, llegué á la fértil Ptía, madre de ovejas. El rey Peleo me acogió benévolo; me amó como debe de amar un padre al hijo unigénito que tenga en la vejez, viviendo en la opulencia; enriquecióme y púsome al frente de numeroso pueblo, y desde entonces viví en un confín de la Ptía, reinando sobre los dólopes. Y te crié hasta hacerte cual eres, oh Aquiles semejante á los dioses, con cordial cariño; y tú ni querías ir con otro al banquete, ni comer en el palacio, hasta que, sentándote en mis rodillas, te saciaba de carne cortada en pedacitos y te acercaba el vino. ¡Cuántas veces durante la molesta infancia me manchaste la túnica en el pecho con el vino que devolvías! Mucho padecí y trabajé por tu causa, y considerando que los dioses no me habían dado descendencia, te adopté por hijo para que un día me librases del cruel infortunio. Pero, Aquiles, refrena tu ánimo fogoso; no conviene que tengas un corazón despiadado, cuando los dioses mismos se dejan aplacar, no obstante su mayor virtud, dignidad y poder. Con sacrificios, votos agradables, libaciones y vapor de grasa quemada, los desenojan cuantos infringieron su ley y pecaron. Pues las Súplicas son hijas del gran Jove y aunque cojas, arrugadas y bizcas, cuidan de ir tras de Ate: ésta es robusta, de pies ligeros, y por lo mismo se adelanta, y recorriendo la tierra, ofende á los hombres: y aquéllas reparan luego el daño causado. Quien acata á las hijas de Júpiter cuando se le presentan, consigue gran provecho y es por ellas atendido si alguna vez tiene que invocarlas. Mas si alguien las desatiende y se obstina en rechazarlas, se dirigen á Jove y le piden que Ate acompañe siempre á aquél para que con el daño sufra la pena. Concede tú también á las hijas de Júpiter, oh Aquiles, la debida consideración, por la cual el espíritu de otros valientes se aplacó. Si el Atrida no te brindara esos presentes, ni te hiciera otros ofrecimientos para lo futuro, y conservara pertinazmente su cólera, no te exhortaría á que, deponiendo la ira, socorrieras á los argivos, aunque es grande la necesidad en que se hallan. Pero te da muchas cosas, te promete más y te envía, para que por él rueguen, varones excelentes, escogiendo en el ejército aqueo los argivos que te son más caros. No desprecies las palabras de éstos, ni dejes sin efecto su venida, ya que no se te puede reprochar que antes estuvieras irritado. Todos hemos oído contar hazañas de los héroes de antaño, y sabemos que cuando estaban poseídos de feroz cólera eran placables con dones y exorables á los ruegos. Recuerdo lo que pasó en cierto caso, no reciente, sino antiguo, y os lo voy á referir, amigos míos. Curetes y bravos etolos combatían en torno de Calidón y unos á otros se mataban, defendiendo aquéllos su hermosa ciudad y deseando éstos asolarla por medio de las armas. Había promovido esta contienda Diana, la de áureo trono, enojada porque Eneo no le dedicó los sacrificios de la siega en el fértil campo: los otros dioses regaláronse con las hecatombes, y sólo á la hija del gran Júpiter dejó aquél de ofrecerlas, por olvido ó por inadvertencia, cometiendo una gran falta. Airada la deidad que se complace en tirar flechas, hizo aparecer un jabalí, de albos dientes, que causó gran destrozo en el campo de Eneo, desarraigando altísimos árboles y echándolos por tierra cuando ya con la flor prometían el fruto. Al fin lo mató Meleagro, hijo de Eneo, ayudado por cazadores y perros de muchas ciudades—pues no era posible vencerle con poca gente, ¡tan corpulento era!, y ya á muchos los había hecho subir á la triste pira,—y la diosa suscitó entonces una clamorosa contienda entre los curetes y los magnánimos aqueos por la cabeza y la hirsuta piel del jabalí. Mientras Meleagro, caro á Marte, combatió, les fué mal á los curetes, que no podían, á pesar de ser tantos, acercarse á los muros. Pero el héroe, irritado con su madre Altea, se dejó dominar por la cólera que perturba la mente de los más cuerdos y se quedó en el palacio con su linda esposa Cleopatra, hija de Marpesa Evenina, la de hermosos pies, y de Idas, el más fuerte de los hombres que entonces poblaban la tierra. (Atrevióse Idas á armar el arco contra Febo Apolo, para recobrar la esposa que el dios le robara; y desde entonces pusiéronle á Cleopatra sus padres el sobrenombre de Alcione, porque la venerable madre, sufriendo la triste suerte de Alción, deshacíase en lágrimas mientras el flechador Febo Apolo se la llevaba.) Retirado, pues, con su esposa, devoraba Meleagro la acerba cólera que le causaran las imprecaciones de su madre; la cual, acongojada por la muerte violenta de un hermano, oraba á los dioses, y puesta de rodillas y con el seno bañado en lágrimas, golpeaba el fértil suelo invocando á Plutón y á la terrible Proserpina para que dieran muerte á su hijo. La Furia, que vaga en las tinieblas y tiene un corazón inexorable, la oyó desde el Érebo, y en seguida creció el tumulto y la gritería ante las puertas de la ciudad, las torres fueron atacadas y los etolos ancianos enviaron á los eximios sacerdotes de los dioses para que suplicaran á Meleagro que saliera á defenderlos, ofreciéndole un rico presente: donde el suelo de la amena Calidón fuera más fértil, escogería él mismo un hermoso campo de cincuenta yugadas, mitad viña y mitad tierra labrantía. Presentóse también en el umbral del alto aposento el anciano jinete Eneo; y llamando á la puerta, dirigió á su hijo muchas súplicas. Rogáronle asimismo sus hermanas y su venerable madre. Pero él se negaba cada vez más. Acudieron sus mejores y más caros amigos, y tampoco consiguieron mover su corazón, ni persuadirle á que no aguardara, para salir del cuarto, á que llegaran hasta él los enemigos. Y los curetes escalaron las torres y empezaron á pegar fuego á la gran ciudad. Entonces la esposa, de bella cintura, instó á Meleagro llorando y refiriéndole las desgracias que padecen los hombres, cuya ciudad sucumbe: Matan á los varones, le decía; el fuego destruye la ciudad, y son reducidos á la esclavitud los niños y las mujeres de estrecha cintura. Meleagro, al oir estas palabras, sintió que se le conmovía el corazón; y dejándose llevar por su ánimo, vistió las lucientes armas y libró del funesto día á los etolos; pero ya no le dieron los muchos y hermosos presentes, á pesar de haberlos salvado de la ruina. Y ahora tú, amigo, no pienses de igual manera, ni un dios te induzca á obrar así; será peor que difieras el socorro para cuando las naves sean incendiadas; ve, pues, por los presentes, y los aqueos te venerarán como á un dios, porque si intervinieres en la homicida guerra cuando ya no te ofrezcan dones, no alcanzarás tanta honra aunque rechaces á los enemigos.»

606 Respondióle Aquiles, ligero de pies: «¡Fénix, anciano padre, alumno de Jove! Para nada necesito tal honor; y espero que si Júpiter quiere, seré honrado en las cóncavas naves mientras la respiración no falte á mi pecho y mis rodillas se muevan. Otra cosa voy á decirte, que grabarás en tu memoria: No me conturbes el ánimo con llanto y gemidos para complacer al héroe Atrida, á quien no debes querer si deseas que el afecto que te profeso no se convierta en odio; mejor es que aflijas conmigo á quien me aflige. Ejerce el mando conmigo y comparte mis honores. Esos llevarán la respuesta, tú quédate y acuéstate en blanda cama, y al despuntar la aurora determinaremos si nos conviene regresar á nuestros hogares ó quedarnos aquí todavía.»