620 Dijo, y ordenó á Patroclo, haciéndole con las cejas silenciosa señal, que dispusiera una mullida cama para Fénix, á fin de que los demás pensaran en salir cuanto antes de la tienda. Y Ayax Telamónida, igual á un dios, habló diciendo:
624 «¡Laertíada, del linaje de Jove! ¡Ulises, fecundo en recursos! ¡Vámonos! No espero lograr nuestro propósito por este camino, y hemos de anunciar la respuesta, aunque sea desfavorable, á los dánaos que están aguardando. Aquiles tiene en su pecho un corazón orgulloso y salvaje. ¡Cruel! En nada aprecia la amistad de sus compañeros, con la cual le honrábamos en el campamento más que á otro alguno. ¡Despiadado! Por la muerte del hermano ó del hijo se recibe una compensación; y una vez pagada, el matador se queda en el pueblo, y el corazón y el ánimo airado del ofendido se apaciguan; y á ti los dioses te han llenado el pecho de implacable y feroz rencor por una sola joven. Siete excelentes te ofrecemos hoy y otras muchas cosas; séanos tu corazón propicio y respeta tu morada, pues estamos bajo tu techo enviados por el ejército dánao, y anhelamos ser para ti los más apreciados y los más amigos de los aqueos todos.»
643 Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros: «¡Ayax Telamonio, de jovial linaje, príncipe de hombres! Creo que has dicho lo que sientes, pero mi corazón se enciende en ira cuando me acuerdo del menosprecio con que el Atrida me trató ante los argivos, cual si yo fuera un miserable advenedizo. Id y publicad mi respuesta: No me ocuparé en la cruenta guerra hasta que el hijo del aguerrido Príamo, Héctor divino, llegue matando argivos á las tiendas y naves de los mirmidones y las incendie. Creo que Héctor, aunque esté enardecido, se abstendrá de combatir tan pronto como se acerque á mi tienda y á mi negra nave.»
656 Así dijo. Cada uno tomó una copa doble; y hecha la libación, los enviados, con Ulises á su frente, regresaron á las naves. Patroclo ordenó á sus compañeros y á las esclavas que aderezaran al momento una mullida cama para Fénix; y ellas, obedeciendo el mandato, hiciéronla con pieles de oveja, teñida colcha y finísima cubierta del mejor lino. Allí descansó el viejo, aguardando la divina Aurora. Aquiles durmió en lo más retirado de la sólida tienda con una mujer que trajera de Lesbos: con Diomeda, hija de Forbante, la de hermosas mejillas. Y Patroclo se acostó junto á la pared opuesta, teniendo á su lado á Ifis, la de bella cintura, que le regalara Aquiles al tomar la excelsa Esciro, ciudad de Enieo.
669 Cuando los enviados llegaron á la tienda del Atrida, los aqueos, puestos en pie, les presentaban áureas copas y les hacían preguntas. Y el rey de hombres Agamenón les interrogó diciendo:
673 «¡Ea! Dime, célebre Ulises, gloria insigne de los aqueos. ¿Quiere librar á las naves del fuego enemigo, ó se niega porque su corazón soberbio se halla aún dominado por la cólera?»
676 Contestó el paciente divino Ulises: «¡Gloriosísimo Atrida, rey de hombres Agamenón! No quiere aquél deponer la cólera, sino que en ira más se enciende. Te desprecia á ti y tus dones. Manda que deliberes con los argivos cómo podrás salvar las naves y al pueblo aqueo, dice en son de amenaza que botará al mar sus corvos bajeles, de muchos bancos, al descubrirse la nueva aurora, y aconseja que los demás se embarquen y vuelvan á sus hogares, porque ya no conseguiréis arruinar la excelsa Ilión: el longividente Júpiter extendió el brazo sobre ella, y sus hombres están llenos de confianza. Así dijo, como pueden referirlo éstos que fueron conmigo: Ayax y los dos prudentes heraldos. El anciano Fénix se acostó allí por orden de aquél, para que mañana vuelva á la patria tierra, si así lo desea, porque no ha de llevarle á viva fuerza.»
693 Así habló, y todos callaron, asombrados de sus palabras, pues era muy grave lo que acababa de decir. Largo rato duró el silencio de los afligidos aqueos; mas al fin exclamó Diomedes, valiente en el combate:
697 «¡Gloriosísimo Atrida, rey de hombres Agamenón! No debiste rogar al eximio Pelida, ni ofrecerle innumerables regalos; ya era altivo, y ahora has dado pábulo á su soberbia. Pero dejémosle, ya se vaya, ya se quede: volverá á combatir cuando el corazón que tiene en el pecho se lo ordene, ó un dios le incite. Ea, obremos todos como voy á decir. Acostaos después de satisfacer los deseos de vuestro corazón comiendo y bebiendo vino, pues esto da fuerza y vigor. Y cuando aparezca la bella Aurora de rosados dedos, haz que se reunan junto á las naves los hombres y los carros, exhorta á la tropa y pelea en primera fila.»
710 Tales fueron sus palabras, que todos los reyes aplaudieron, admirados del discurso de Diomedes, domador de caballos. Y hechas las libaciones, volvieron á sus respectivas tiendas, acostáronse y el don del sueño recibieron.