131 «Haznos prisioneros, hijo de Atreo, y recibirás digno rescate. Muchas cosas de valor tiene en su casa Antímaco: bronce, oro, hierro labrado; con ellas nuestro padre te pagaría inmenso rescate, si supiera que estamos vivos en las naves aqueas.»
136 Con tan dulces palabras y llorando, hablaban al rey; pero fué amarga la respuesta que escucharon:
138 «Pues si sois hijos del aguerrido Antímaco, que aconsejaba en la junta de los troyanos matar á Menelao y no dejarle volver á los aqueos, cuando vino á título de embajador con el deiforme Ulises, ahora pagaréis la insolente injuria que nos infirió vuestro padre.»
143 Dijo, y derribó del carro á Pisandro: dióle una lanzada en el pecho y le tumbó de espaldas. De un salto apeóse Hipóloco, y ya en tierra, Agamenón le cercenó con la espada los brazos y la cabeza, que tiró, haciéndola rodar como un mortero, por entre las filas. El Atrida dejó á éstos, y seguido de otros aqueos, de hermosas grebas, fuése derecho al sitio donde más falanges, mezclándose en montón confuso, combatían. Los infantes mataban á los infantes, que se veían obligados á huir; los que combatían desde el carro hacían perecer con el bronce á los enemigos que así peleaban, y á todos los envolvía la polvareda que en la llanura levantaban con sus sonoras pisadas los caballos. Y el rey Agamenón iba siempre adelante, matando teucros y animando á los argivos. Como al estallar voraz incendio en un boscaje, el viento hace oscilar las llamas y lo propaga por todas partes, y los arbustos ceden á la violencia del fuego y caen con sus mismas raíces; de igual manera caían las cabezas de los teucros puestos en fuga por Agamenón Atrida, y muchos caballos de erguido cuello arrastraban con estrépito por el campo los carros vacíos y echaban de menos á los eximios conductores; pero éstos, tendidos en tierra, eran ya más gratos á los buitres que á sus propias esposas.
163 Á Héctor, Júpiter le sustrajo de los tiros, el polvo, la matanza, la sangre y el tumulto; y el Atrida iba adelante, exhortando vehementemente á los dánaos. Los teucros corrían por la llanura, deseosos de refugiarse en la ciudad, y ya habían dejado á su espalda el sepulcro del antiguo Ilo Dardánida y el cabrahigo; y el Atrida les seguía el alcance, vociferando, con las invictas manos llenas de polvo y sangre. Los que primero llegaron á las puertas Esceas y á la encina, detuviéronse para aguardar á sus compañeros, los cuales huían por la llanura como vacas aterrorizadas por un león que, presentándose en la obscuridad de la noche, da cruel muerte á una de ellas, rompiendo su cerviz con los fuertes dientes y tragando su sangre y sus entrañas; del mismo modo el rey Agamenón Atrida perseguía á los teucros, matando al que se rezagaba, y ellos huían espantados. El Atrida, manejando la lanza con gran furia, hizo caer á muchos, ya de pechos, ya de espaldas, de sus respectivos carros. Mas cuando le faltaba poco para llegar al alto muro de la ciudad, el padre de los hombres y de los dioses bajó del cielo con el relámpago en la mano, se sentó en una de las cumbres, y llamó á Iris, la de doradas alas, para que le sirviese de mensajera:
186 «¡Anda, ve, rápida Iris! Dile á Héctor estas palabras: Mientras vea que Agamenón, pastor de hombres, se agita entre los combatientes delanteros y destroza filas de hombres, retírese y ordene al pueblo que combata con los enemigos en la sangrienta batalla. Mas así que aquél, herido de lanza ó de flecha, suba al carro, les daré fuerzas para matar enemigos hasta que llegue á las naves de muchos bancos, se ponga el sol y comience la sagrada noche.»
195 Dijo, y la veloz Iris, de pies ligeros como el viento, no dejó de obedecerle. Descendió de los montes ideos á la sagrada Ilión, y hallando al divino Héctor, hijo del belicoso Príamo, de pie en el sólido carro, se detuvo á su lado, y le habló de esta manera:
200 «¡Héctor, hijo de Príamo, que en prudencia igualas á Júpiter! El padre Jove me manda para que te diga lo siguiente: Mientras veas que Agamenón, pastor de hombres, se agita entre los combatientes delanteros y destroza sus filas, retírate de la lucha y ordena al pueblo que combata con los enemigos en la sangrienta batalla. Mas así que aquél, herido de lanza ó de flecha, suba al carro, te dará fuerzas para matar enemigos hasta que llegues á las naves de muchos bancos, se ponga el sol y comience la sagrada noche.»
210 Cuando Iris, la de los pies ligeros, hubo dicho esto, se fué. Héctor saltó del carro al suelo sin dejar las armas; y blandiendo afiladas picas, recorrió el ejército, animóle á luchar y promovió una terrible pelea. Los teucros volvieron la cara á los aqueos para embestirlos; los argivos cerraron las filas de las falanges; reanudóse el combate, y Agamenón acometió el primero, porque deseaba adelantarse á todos en la batalla.
218 Decidme ahora, Musas, que poseéis olímpicos palacios, cuál fué el primer troyano ó aliado ilustre que á Agamenón se opuso.