221 Fué Ifidamante Antenórida, valiente y alto de cuerpo, que se había criado en la fértil Tracia, madre de ovejas. Era todavía niño cuando su abuelo materno Ciseo, padre de Teano, la de hermosas mejillas, le acogió en su casa; y así que hubo llegado á la gloriosa edad juvenil, le conservó á su lado, dándole á su hija en matrimonio. Apenas casado, Ifidamante tuvo que dejar el tálamo para ir á guerrear contra los aqueos: llegó por mar hasta Percote, dejó allí las doce corvas naves que mandaba y se encaminó por tierra á Ilión. Tal era quien salió al encuentro de Agamenón Atrida. Cuando los dos héroes se hallaron frente á frente, acometiéronse, y el Atrida erró el tiro, porque la lanza se le desvió; Ifidamante dió con la pica un bote en la cintura de Agamenón, más abajo de la coraza, y aunque empujó el astil con toda la fuerza de su brazo, no logró atravesar el labrado tahalí, pues la punta al chocar con la lámina de plata se torció como plomo. Entonces el poderoso Agamenón asió de la pica, y tirando de ella con la furia de un león, la arrancó de las manos de Ifidamante, á quien hirió en el cuello con la espada, dejándole sin vigor los miembros. De este modo cayó el desventurado para dormir el sueño de bronce, mientras auxiliaba á los troyanos, lejos de su joven y legítima esposa, cuya gratitud no llegó á conocer después que tanto le diera: habíale regalado cien bueyes y prometido mil cabras y mil ovejas de las innumerables que sus pastores apacentaban. El Atrida Agamenón le quitó la magnífica armadura y se la llevó, abriéndose paso por entre los aqueos.

248 Advirtiólo Coón, varón preclaro é hijo primogénito de Antenor, y densa nube de pesar cubrió sus ojos por la muerte del hermano. Púsose al lado de Agamenón sin que éste lo notara, dióle una lanzada en medio del brazo, en el codo, y se lo atravesó con la punta de la reluciente pica. Estremecióse el rey de hombres Agamenón, mas no por esto dejó de luchar ni de combatir; sino que arremetió con la impetuosa lanza á Coón, el cual se apresuraba á retirar, asiéndole por el pie, el cadáver de Ifidamante, su hermano de padre, y á voces pedía auxilio á los más valientes. Mientras arrastraba el cadáver á través de la turba, cubriéndole con el abollonado escudo, Agamenón le envasó la broncínea lanza; dejó sin vigor sus miembros, y le cortó la cabeza sobre el mismo Ifidamante. Y ambos hijos de Antenor, cumpliéndose su destino, acabaron la vida á manos del Atrida y descendieron á la morada de Plutón.

264 Entróse luego Agamenón por las filas de otros guerreros, y combatió con la lanza, la espada y grandes piedras mientras la sangre caliente brotaba de la herida; mas así que ésta se secó y la sangre dejó de correr, agudos dolores debilitaron sus fuerzas. Como los dolores agudos y acerbos que á la parturiente envían las Ilitias, hijas de Júpiter, las cuales presiden los alumbramientos y disponen de los terribles dolores del parto; tales eran los agudos dolores que debilitaron las fuerzas del Atrida. De un salto subió al carro; con el corazón afligido mandó al auriga que le llevase á las cóncavas naves, y gritando fuerte dijo á los dánaos:

276 «¡Amigos, capitanes y príncipes de los argivos! Apartad vosotros de las naves, que atraviesan el ponto, el funesto combate; pues á mí el próvido Júpiter no me permite combatir todo el día con los teucros.»

280 Así dijo. El auriga picó con el látigo á los caballos de hermosas crines, dirigiéndolos á las cóncavas naves; ellos volaron gozosos, con el pecho cubierto de espuma, y envueltos en una nube de polvo sacaron del campo de la batalla al fatigado rey.

284 Héctor, al notar que Agamenón se ausentaba, con penetrantes gritos animó á los troyanos y á los licios:

286 «¡Troyanos, licios, dárdanos que cuerpo á cuerpo combatís! Sed hombres, amigos, y mostrad vuestro impetuoso valor. El guerrero más valiente se ha ido, y Jove Saturnio me concede una gran victoria. Pero dirigid los solípedos caballos hacia los fuertes dánaos y la gloria que alcanzaréis será mayor.»

291 Con estas palabras les excitó á todos el valor y la fuerza. Como un cazador azuza á los perros de blancos dientes contra un montaraz jabalí ó contra un león; así Héctor Priámida, igual á Marte, funesto á los mortales, incitaba á los magnánimos teucros contra los aqueos. Muy alentado, abrióse paso por los combatientes delanteros, y cayó en la batalla como tempestad que viene de lo alto y alborota el violáceo ponto.

299 ¿Cuál fué el primero, cuál el último de los que entonces mató Héctor Priámida cuando Júpiter le dió gloria?

301 Aseo, el primero, y después Autónoo, Opites, Dólope Clítida, Ofeltio, Agelao, Esimno, Oro y el bravo Hipónoo. Á tales caudillos dánaos dió muerte, y además á muchos hombres del pueblo. Como el Céfiro agita y se lleva en furioso torbellino las nubes que el veloz Noto reuniera, y gruesas olas se levantan y la espuma llega á lo alto por el soplo del errabundo viento; de esta manera caían ante Héctor muchas cabezas de hombres plebeyos.