310 Entonces gran estrago é irreparables males se hubieran producido, y los aqueos, dándose á la fuga, no habrían parado hasta las naves, si Ulises no hubiese exhortado á Diomedes Tidida:
313 «¡Tidida! ¿Por qué no mostramos nuestro impetuoso valor? Ea, ven aquí, amigo; ponte á mi lado. Vergonzoso fuera que Héctor, de tremolante casco, se apoderase de las naves.»
316 Respondióle el fuerte Diomedes: «Yo me quedaré y resistiré, aunque será poco el provecho que obtendremos; pues Júpiter, que amontona las nubes, quiere conceder la victoria á los teucros y no á nosotros.»
320 Dijo, y derribó del carro á Timbreo, envasándole la pica en la tetilla izquierda; mientras Ulises hería al escudero del mismo rey, á Molión, igual á un dios. Dejáronlos tan pronto como los pusieron fuera de combate, y penetrando por la turba causaron confusión y terror, como dos embravecidos jabalíes que acometen á perros de caza. Así, habiendo vuelto á combatir, mataban á los teucros; en tanto los aqueos, que huían de Héctor, pudieron respirar placenteramente.
328 Dieron también alcance á dos hombres que eran los más valientes de su pueblo y venían en un mismo carro, á los hijos de Mérope percosio: éste conocía como nadie el arte adivinatoria, y no quería que sus hijos fuesen á la homicida guerra; pero ellos no le obedecieron, impelidos por el hado que á la negra muerte los arrastraba. Diomedes Tidida, famoso por su lanza, les quitó la vida y les despojó de las magníficas armaduras. Ulises mató á Hipódamo y á Hipéroco.
336 Entonces el Saturnio, que desde el Ida contemplaba la batalla, igualó el combate en que teucros y aqueos se mataban. El hijo de Tideo dió una lanzada en la cadera al héroe Agástrofo Peónida, que por no tener cerca los corceles no pudo huir, y esta fué la causa de su desgracia: el escudero tenía el carro algo distante, y él se revolvía furioso entre los combatientes delanteros, hasta que perdió la vida. Atisbó Héctor á Ulises y á Diomedes, los arremetió gritando, y pronto siguieron tras él las falanges troyanas. Al verle, estremecióse el valeroso Diomedes, y dijo á Ulises, que estaba á su lado:
347 «Contra nosotros viene esa calamidad, el impetuoso Héctor. Ea, aguardémosle á pie firme y cerremos con él.»
349 Dijo; y apuntando á la cabeza de Héctor, blandió y arrojó la ingente lanza, que fué á dar en la cima del yelmo; pero el bronce rechazó al bronce, y la punta no llegó al hermoso cutis por impedírselo el casco de tres dobleces y agujeros á guisa de ojos, regalo de Febo Apolo. Héctor retrocedió un buen trecho, y penetrando por la turba, cayó de rodillas, apoyó la robusta mano en el suelo y obscura noche cubrió sus ojos. Mientras el Tidida atravesaba las primeras filas para recoger la lanza que en el suelo se clavara, Héctor tornó en su sentido, subió de un salto al carro, y dirigiéndolo por en medio de la multitud, evitó la negra muerte. Y el fuerte Diomedes, que lanza en mano le perseguía, exclamó:
362 «¡Otra vez te has librado de la muerte, perro! Muy cerca tuviste la perdición, pero te salvó Febo Apolo, á quien debes de rogar cuando sales al campo antes de oir el estruendo de los dardos. Yo acabaré contigo si más tarde te encuentro y un dios me ayuda. Y ahora perseguiré á los demás que se me pongan al alcance.»
367 Dijo; y empezó á despojar el cadáver del Peónida, famoso por su lanza. Alejandro, esposo de Helena, la de hermosa cabellera, que se apoyaba en una columna del sepulcro del antiguo rey Ilo Dardánida, armó la ballesta y la asestó al hijo de Tideo, pastor de hombres. Y mientras éste quitaba al cadáver del valeroso Agástrofo la labrada coraza, el versátil escudo de debajo de la espalda, y el pesado casco, aquél disparó y el tiro no fué errado: la flecha atravesóle al héroe el empeine del pie derecho y se clavó en tierra. Alejandro salió de su escondite, y con grande y regocijada risa se gloriaba diciendo: