380 «Herido estás; no se perdió el tiro. Ojalá que, acertándote en un ijar, te hubiese quitado la vida. Así los teucros tendrían un respiro en sus males, pues te temen como al león las baladoras cabras.»

384 Sin turbarse le respondió el fuerte Diomedes: «¡Flechero, insolente, únicamente experto en manejar el arco, mirón de doncellas! Si frente á frente midieras conmigo las armas, no te valdría la ballesta ni las abundantes flechas. Ahora te alabas sin motivo, pues sólo me rasguñaste el empeine del pie. Tanto me cuido de la herida como si una mujer ó un insipiente niño me la hubiese causado, que poco duele la flecha de un hombre vil y cobarde. De otra clase es el agudo dardo que yo arrojo: por poco que penetre deja exánime al que lo recibe, y la mujer del muerto desgarra sus mejillas, sus hijos quedan huérfanos, y el cadáver se pudre enrojeciendo con su sangre la tierra y teniendo á su alrededor más aves de rapiña que mujeres.»

396 Así dijo. Ulises, famoso por su lanza, acudió y se le puso delante. Diomedes se sentó, arrancó del pie la aguda flecha y un dolor terrible recorrió su cuerpo. Entonces subió al carro y con el corazón afligido mandó al auriga que le llevase á las cóncavas naves.

401 Ulises, famoso por su lanza, se quedó solo; ningún aqueo permaneció á su lado, porque el terror los poseía á todos. Y gimiendo, á su magnánimo espíritu así le hablaba:

404 «¡Ay de mí! ¿Qué me ocurrirá? Muy malo es huir, temiendo á la muchedumbre, y peor aún que me cojan, quedándome solo, pues á los demás dánaos el Saturnio los puso en fuga. Mas ¿por qué en tales cosas me hace pensar el corazón? Sé que los cobardes huyen del combate, y quien se descuella en la batalla debe mantenerse firme, ya sea herido, ya á otro hiera.»

411 Mientras revolvía tales pensamientos en su mente y en su corazón, llegaron las huestes de los escudados teucros, y rodeándole, su propio mal entre ellos encerraron. Como los perros y los florecientes mozos cercan y embisten á un jabalí que sale de la espesa selva aguzando en sus corvas mandíbulas los blancos colmillos, y aunque la fiera cruja los dientes y aparezca terrible resisten firmemente; así los teucros acometían entonces por todos lados á Ulises, caro á Júpiter. Mas él dió un salto y clavó la aguda pica en un hombro del eximio Deyopites; mató luego á Toón y Eunomo; alanceó en el ombligo por debajo del cóncavo escudo á Quersidamante que se apeaba del carro y cayó en el polvo y cogió el suelo con las manos; y dejándolos á todos, envasó la lanza á Cárope Hipásida, hermano carnal del noble Soco. Éste, que parecía un dios, vino á defenderle, y deteniéndose cerca de Ulises, hablóle de este modo:

430 «¡Célebre Ulises, varón incansable en urdir engaños y en trabajar! Hoy ó podrás gloriarte de haber muerto y despojado de las armas á ambos Hipásidas, ó perderás la vida, herido por mi lanza.»

434 Cuando esto hubo dicho, le dió un bote en el liso escudo: la fornida lanza atravesó la luciente rodela, clavóse en la labrada coraza y levantó la piel del costado; pero Palas Minerva no permitió que llegara á las entrañas del héroe. Comprendió Ulises que por el sitio la herida no era mortal, y retrocediendo dijo á Soco estas palabras:

441 «¡Ah infortunado! Grande es la desgracia que sobre ti ha caído. Lograste que cesara de luchar con los teucros, pero yo te digo que la perdición y la negra muerte te alcanzarán hoy, y vencido por mi lanza me darás gloria, y á Plutón, el de los famosos corceles, el alma.»

446 Dijo; y como Soco se volviera para huir, clavóle la lanza en el dorso, entre los hombros, y le atravesó el pecho. El guerrero cayó con estrépito, y el divino Ulises se jactó de su obra: